Se encontraban en plena escena del crimen [a lo C.S.I.], cuando Sherlock Holmes miró al Dr. Watson y le dijo «Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de la camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado. Que semejantes elementos, puestos en conjunto, no iluminen al inquisidor competente sobre el caso más difícil, resulta sin más, inconcebible».
Parecía una cátedra no premeditada sobre la ciencia de la deducción. A medida que revisaron la habitación, más consejos salieron de la boca de nuestro investigador: «Cuando un hombre escribe sobre una pared, alarga la mano, por instinto, a la altura de sus ojos», dando a entender que esta es una estrategia para deducir la altura de una persona.
Luego de varias horas, los policías se sentían impotentes ya que todavía no lograban siquiera bosquejar un perfil físico y psicológico del asesino, puesto que el mismo fue aparentemente impecable en su crimen. No dejó evidencias ni huellas tras sí. Pero, para la sorpresa de los agentes del orden y del mismo Dr. Watson, Sherlock Holmes terminó hallando numerosas pistas.
«¿Cómo hace para ver lo que nadie más ve?», se preguntaban. Sencillo: él desarrolló con el tiempo una «infinita sensibilidad para el detalle».
Entre paréntesis, les recomiendo el libro «Estudio en Escarlata», de Sir Conan Doyle, para enterarse todo sobre la historia en mención.
Bueno, continuemos con lo nuestro. Esa frase «infinita sensibilidad para el detalle» me dio vueltas la cabeza. Tantas evidencias y pistas se pasean frente a nuestras narices a diario y simplemente no las percibimos. La mirada, las manos, el contacto físico, los gestos, el silencio, la elección de la vestimenta, el tono de voz… todos son canales para conocer qué pasa dentro de alguien. Augusto Roa Bastos dijo en una entrevista:
“Todos somos libros, solamente que nos faltan lectores.”
Necesitamos prestar atención a las personas que nos rodean. Hay que ser lectores de humanos, hojear cada página. Dios nos libre del desinterés. No hay peor trato para el ser humano que pasarlos por alto, como si fuesen invisibles e intocables. El psicólogo W. James escribió:
Si quisiéramos castigar muy severamente a alguien no podríamos pensar nada peor que, si fuera físicamente posible, dejarle frecuentar libremente la sociedad sin que nadie le hiciese caso. Si al entrar en cualquier parte nadie jamás volviera la cabeza, si nadie contestara nunca a sus preguntas, si nadie prestara atención a su conducta, si todo el mundo lo tratara como si sólo fuese aire y se condujeran con él o ella como si no existiese. Enseguida se levantaría rápidamente en su alma una cólera y una desesperación impotentes, ante las que quedarían pálidos los más crueles martirios corporales.
Quizá este ejemplo sea extremo, pero ocurre. Hay personas que pasan desapercibidas, nadie les presta atención, nadie las lee. Y eso les duele. Hay que contrarrestar este pesar considerándolas, dándoles tu tiempo, aplaudiéndolas, respetándolas, reconociéndolas en los pasillos, invitándolas a ser parte. Deberíamos comportarnos más sherlockholmesmente. Ya saben, con «infinita sensibilidad para el detalle».
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