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El mundo es demasiado grande


Una de las escenas de la película “El hombre de acero” nos muestra a un Clark Kent de niño en un aula de clases. Su maestra está impartiendo una lección. Clark todavía no es conocido como Superman pero ya empieza a desarrollar sus poderes peculiares. 

De repente él se siente abrumado: escucha todo con mayor intensidad y nitidez, desde el contacto de la tiza en la pizarra, las voces de sus compañeros y compañeras, el golpeteo de lápices hasta las manecillas del reloj. Su maestra se percata que él da signos de estar asustado por lo que se aproxima y le pregunta “¿Estás bien, Clark?”. En ese momento él se da cuenta que tiene la visión de rayos X y puede ver los órganos y huesos de ella. Esto lo atemoriza en gran manera y sale corriendo del salón hacia el pasillo, tapándose los oídos en desesperación, como queriendo silenciar todo lo que está experimentando. 

Clark se mete a una pieza donde guardan los productos de limpieza y llavea la puerta. Su maestra y todos los estudiantes de su clase salen detrás de él -algunos por preocupación y otros por curiosidad-. La docente golpea la puerta e intenta disuadirlo para que salga, gira el picaporte constantemente y le dice “Llamé a tu mamá”, a lo que un enojado y agobiado Clark responde calentando el picaporte con su visión calorífica para que ella no vuelva a tocarlo. 

En eso llega corriendo Martha Kent (su mamá adoptiva y quien conoce el secreto de que Clark en realidad es Kal-El del planeta Krypton). “Estoy aquí. Clark, es mamá. ¿Abrirías la puerta?”. Clark ve a través de las paredes y escucha con perfección los susurros despectivos de los demás niños hacia él. Está sentado, llorando, con las manos todavía puestas sobre sus orejas. “Cariño, ¿cómo puedo ayudarte si no me dejas entrar?”, le dice Martha con una voz que sólo las madres poseen en un momento crítico. Clark reacciona diciéndole: “El mundo es demasiado grande, mamá”. Martha se arrodilla frente a la puerta y le susurra del otro lado: “Entonces hazlo más pequeño”.    

Es en ese diálogo de una historia ficticia que encontramos una profunda verdad sobre el liderazgo personal y empresarial: necesitamos hacer nuestro mundo más pequeño. Debemos editarlo, de lo contrario vamos a abrumarnos, a desgastarnos y terminar inefectivos en nuestros esfuerzos.  

Existen un sinfín de causas y de problemas en los que podríamos involucrarnos. Hay una larga fila de personas que demandan nuestro tiempo. El catálogo de libros, de capacitaciones, la cantidad de invitaciones, emails y notificaciones no para. ¿En qué y en quiénes nos enfocaremos? ¿Cuáles serán las batallas que elegiremos pelear? Si no reflexionamos en esto dispersaremos nuestra fuerza a todas las direcciones. 

Que nuestro mundo sea más pequeño no significa que convirtamos al resto en menos importante. Pero entendemos la diferencia entre estar ocupados y estar enfocados. 

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Modo contrastado de vivir


Son días de altos contrastes. Mientras en ciertos lugares se celebra una recuperación, en otros se llora una muerte. Vemos héroes y también traidores. Hay donaciones y hay robos. Están las manos que ayudan en casa y están los puños que golpean. Es un tiempo de obediencia y desacato. 

Abunda el desempleo y también la sobrecarga de trabajo. Algunos tenemos hambre y otros sobrepeso. Triunfa el amor o se apodera el odio. Hay rapidez y una desesperante lentitud. Algunos estamos en compañía y otros en soledad. Se revela la sabiduría y también la estupidez humana.  

En 1859 Charles Dickens en su novela Historia de dos ciudades, escribió una de las introducciones más famosas de la literatura, que bien podría retratar nuestra situación actual: 

“Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada…”.  

¿No abrís los ojos algunas mañanas profundamente agradecido, y otros con angustia? ¿No sentís abundancia y pérdida en la misma jornada? Somos un vaivén de emociones. Algunos de nuestros días transcurren con una calma similar a la de una piedra que reposa en el fondo de un arroyo; otros se sienten como una catarata de preocupación. Un tweet nos da tranquilidad y al día siguiente otro nos provoca insomnio. 

La crisis sólo hace que la brecha sea aún más grande. ¿Cómo navegamos en medio de ello? Tendremos que aprender a convivir con estos contrastes. Nos abrirán los ojos como nunca antes. En diseño gráfico el contraste es muy importante, y se produce cuando juntamos dos elementos bien diferentes. Mientras mayor sea esa diferencia mayor será el contraste. ¿Para qué sirve esto? Para dar claridad a nuestro diseño y orientar hacia el foco de la composición, que es donde se supone que debemos mirar.

El contraste nos dará claridad para saber dónde poner nuestro enfoque. Experimentaremos dolor y será tan agudo pero hará que la alegría sea aún más anhelada. Aprenderemos lo que es ser obedientes cuando la tentación por incumplir sea enorme. Forjaremos valentía cuando todo nuestro ser quiera salir corriendo. Conoceremos lo fuertes que somos al soportar cargas que preferiríamos nunca llevar. Respiraremos profundo cuando seamos conscientes de que el oxígeno nos puede faltar. Valoraremos la familia cuando no haya nadie que nos pueda cuidar. En la quiebra sabremos que el emprender se trata de perseverar, no de empezar.  

 “Teníamos todo. Hoy no tenemos nada”. ¿Qué se puede gestar entre medio de la luz y la oscuridad? ¿Entre la fe y la incredulidad? ¿Qué vamos a mirar, Paraguay? ¿Dónde nos vamos a enfocar? La pregunta que quiero dejarte retumbando es: en días de altos contrastes, ¿qué elemento va a dominar?  

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Una chispa


Un gran caballo va adonde queramos con tan sólo un freno en su boca. Un enorme barco cambia su rumbo cuando el capitán da un giro desde su timón. De igual manera las palabras que salen de nuestra lengua pueden dominar destinos. 

Si pensamos en proporciones, una brida es insignificante considerando la anatomía de un caballo. Un timón es diminuto al lado de la infraestructura de un barco. Y la lengua apenas es un miembro de 10 centímetros en el cuerpo humano. Todos de medidas ínfimas pero de GRAN INFLUENCIA.  

Las palabras que salen de nuestra lengua pesan. Podemos arruinar nuestra reputación y la de alguien más. Podemos movilizar con un discurso a millones de personas para el bien, o enfurecerlas. Podemos destrozar a alguien y ni siquiera estar en la misma habitación; o levantarle de su desánimo sin necesidad de tocarle. Todo eso usando nuestra lengua. 

Dice Santiago 3:5-6 que “… una sola chispa puede incendiar todo un bosque. Y la lengua es una llama de fuego”.

Somos poderosos. Muy poderosos. A veces podemos hacer más daño con la lengua que con cualquier otra parte de nuestro cuerpo. A un colega, a un hijo, a un padre o una madre, a un hermano, a un compatriota, a un prójimo, a miles.

Es irónico cómo el ser humano logró dominar prácticamente todo, menos su lengua. Nos cuesta tanto. Cientos de siglos atrás Santiago sabía esto, así que además de advertir sobre el poder de la lengua (amplificado en el siglo XXI por las redes sociales), dejó un consejo corto y contundente: “Sean rápido para escuchar y lentos para hablar”. Ahí está el antídoto. Esa es la forma de prevenir la catástrofe: 

Rápidos para escuchar… lentos para hablar.

Rápidos para escuchar… l e n t o s  p a r a  h a b l a r.

Rápidos para escuchar… l  e  n  t  o  s   p  a  r  a   h  a  b  l  a  r. 

El contexto que atravesamos (estrés, agotamiento acumulado y malestar) es el caldo de cultivo ideal no sólo para tirar una cerilla sino para quitar nuestro lanzallamas, pero seamos conscientes de las consecuencias en quienes nos escuchan y observan, directa e indirectamente. No podremos apagarlo después. Se extiende sin piedad y arrasa a gran velocidad todo lo que hay alrededor. 

Varias de las confusiones, polarizaciones y peleas que causamos en nuestras oficinas, hogares y plataformas de comunicación tienen su raíz en esto: subestimamos el poder de una pequeña chispa.  

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Espalda con espalda


Un principio mencionado a menudo es: “No vayas a la guerra sin estrategia”. Bueno, lo más cerca que estuve de “ir a la guerra” fue cuando mi hermano me invitó a jugar Airsoft, una actividad deportiva de simulación militar. 

Estando en medio de un caluroso bosque en Areguá, cubriendo la posición asignada por mi líder de misión, escondida detrás de un árbol con mi atuendo y réplica cargada, reflexioné en cómo se habrán sentido los soldados en situaciones reales.

Como el lugar era vasto estuve sola e incomunicada casi una hora, con algún que otro balín cruzado con líneas enemigas, hasta que llegó un compañero y se situó detrás de un tronco. Me miró para chequear si estaba bien, a lo que asentí, e inmediatamente me sentí mejor por su compañía. Luego llegaron otros, incluido el líder. Entonces recibimos la instrucción de que debíamos capturar un maletín ubicado en un pantano para ganar la mayoría de los puntos.  

A pesar de ser debutante en el juego, y de que el enemigo tenía flanqueada esa zona, me ofrecí a hacerlo. No fue una misión suicida, sino que la mayoría del equipo se posicionó detrás de mí y sólo ante la frase de “Tranquila, te cubrimos” fue que me adentré entre camalotes y lodo a quitar el maletín. En segundos que parecieron eternos, todos dispararon sus balines y el rival hizo lo suyo también. Lo que parecía imposible, se logró: la novata capturó el maletín. Ganamos. 

Esta experiencia me recordó a la estrategia que da Eclesiastés 4:12 ante situaciones de riesgo: “Alguien que está solo puede ser atacado y vencido, pero si son dos, se ponen de espalda con espalda y vencen”. 

Todos estos meses se sintieron como un campo de batalla. Cada día fue una resistencia ante embates sin tregua. Si no fue el COVID-19, fueron los cortes de luz o de agua, la sequía, la quiebra, el desempleo, el trabajo 24/7, el aislamiento, el luto, los problemas familiares o de salud mental,… y la lista puede continuar. Con todo, salimos osadamente cuerpo a tierra a recuperar el maletín por el equipo.  

Ese domingo en Areguá me enseñó esto: a la guerra no hay que ir solos, o seremos presa fácil. Necesitamos un pelotón confiable que cubra nuestras espaldas y que nos extienda una mano al caer. 

Necesitamos hablar. Solicitar refuerzo. No hay premio para el que lo contiene todo. ¿Qué mejor que un colega para comprender a otro colega? Esas son conexiones vitales para continuar. Alguna secuela sufrimos y sólo el vínculo con otros nos puede volver a levantar. 

Eclesiastés 4:9-10 sintetiza el mensaje: “Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas”. 

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Mientras esto termine


Planificamos el 2020 a lo grande, porque no lo vimos venir. No apareció en la matriz de riesgos de ninguna planificación estratégica. Cual ninja sigiloso, entró en nuestro país, en nuestras ciudades, empresas y hogares… hasta que mató planes, uno a uno. Y también vidas. El Covid-19 sigue dejando lecciones a su paso, entre ellas que nuestro futuro es incierto.

“No te jactes del mañana, ya que no sabes lo que el día traerá”, dice Proverbios 27:1. Cuánta sabiduría. Ahora que estamos en pandemia, continuamos diciendo: “Cuando esto termine…”. ¿Tenemos acaso el futuro asegurado? En vez de “cuando esto termine…”, probemos vivir bajo el “mientras esto termine…”. Es todo lo que tenemos. El hoy, 24 horas. Una vuelta de la tierra alrededor de su eje.

“Mañana”, respondemos de vuelta. Entonces empieza la postergación. En Santiago 4:13 encontramos otra exhortación hacia este tipo de mentalidad: “¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma”. 

“Mañana me voy a cuidar”. “Mañana voy a llamar”. “Mañana voy a hacer”. Es bueno ser previsores, tratar de anticipar escenarios y planificar. Pero pretender que tenemos asegurado el futuro es ser necios. Alardear de logros venideros es ser jactanciosos. Y tarde o temprano la vida sabe darnos una lección de humildad (por no decir humillación).

Santiago remata su advertencia y dice: “Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo”. ¿Pensamos que solo la acción ocasiona daños? No. La omisión también. La procrastinación, la demora, el aplazamiento, la tardanza, son todas decisiones a evitar. 

¿Cuántas veces dijimos “mañana lo hago” y pasaron 5, 10, y hasta 20 años? Así funciona la dilación: da la falsa sensación de que tu futuro está asegurado, cuando lo que verdaderamente hace es darle sepulcro a las oportunidades. Muchos de los escenarios que vemos hoy son el resultado de la postergación de años, de cientos de excusas apilonadas bajo la carpeta del “algún día”. 

Problemas externos hay, incluido un virus persistente. Sin embargo, la batalla más importante se pelea internamente. El éxito aterriza en los hogares y las empresas de aquellos que hacen hoy lo que otros están pensando hacer mañana. Son los que escogen como narrativa el “mientras esto termine” y abrazan la humildad, la tenacidad y el sentido de urgencia. 

Es hoy. El cuidado es hoy. No cuando las cosas empeoren. Hacer lo correcto y lo bueno es para este día, no para cuando la pandemia acabe. Aquello que podamos controlar, hagámoslo. Sin retrasos, sin excusas. Si necesitamos reconciliarnos con familiares, si necesitamos darle una vuelta de timón a nuestro emprendimiento, si nuestro cuerpo necesita ser mejor alimentado, si debemos tomar precauciones… entonces es este el día. El mañana no está garantizado. No nos jactemos. Somos niebla.

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Cuando las piezas encajan


Toda revolución parte de una pregunta.  

Consideremos el rompecabezas. Preguntar “¿Dónde encaja esta pieza?” o “¿Dónde está el resto que completa esta parte?”, nos empuja a buscar una resolución. Es así cómo se incuban las revoluciones personales y las de grandes escalas. Ya Julio Verne en su libro Viaje al centro de la tierra me lo enseñó cuando era adolescente

Una vez que el signo de pregunta ha surgido en el cerebro humano, debe encontrarse la respuesta, aunque tarde cien años. Mil años.

“¿Qué tiene Japón por revelarme?”, fue la pregunta que me hice en la primera parte de este relato, tras sentir que me faltaban respuestas sobre mi identidad como descendiente de japonés (nikkei), nacida en Paraguay. Esa parte de la historia ya la saben (si no, pueden leerla aquí). 

Ahora bien, ¿por qué era necesario el viaje? ¿Por qué no estudiar a Japón desde lejos? ¿Por qué no googlearlo? ¿Por qué debía pisar la tierra de mis ancestros? ¿Qué diferencia haría eso?

Hacer contacto

Observar desde la distancia o a través de una pantalla a veces nos lleva a equivocarnos, a hacer suposiciones, a tener miradas parciales, a forzar piezas en lugares que no corresponden o  simplemente a permanecer desconectados. 

Sabía que nunca entendería del todo mis raíces familiares y mi historia hasta hacer contacto con ellas. Hasta tocarlas, literalmente. En otras palabras, esto significaba llegar a Japón, olfatearlo, caminarlo, escucharlo, leerlo, degustarlo, observarlo, sentirlo… 

Un rompecabezas uno no lo arma mentalmente, sino que acerca las piezas para que se toquen, de modo a comprobar si encastran. Yo no conocí realmente al pueblo japonés hasta que hice contacto con ellos.     

Fue sólo estando allí que hablé su lenguaje, tan fascinante y difícil a la vez. Me regí por sus horarios estrictos y entendí por qué la impuntualidad les estresa tanto. 

Degusté sus deliciosas comidas. Vi la delicadez, belleza y orden en su presentación. Comí platillos finos en restaurantes renombrados hasta obento de los supermercados.  Me moví con su impecable y complejo transporte público, tan puntual, incluido su Shinkansen [tren bala] atravesando prefecturas a 320km/h de velocidad. 

Me divertí con su mundo mágico en Tokyo Disney Sea y sus innovadoras atracciones. Vi cómo se ríen los japoneses y lo eufóricos que pueden ponerse cuando algo les apasiona.

Me informé con sus noticieros y comprendí por qué la sección de meteorología es tan larga. Tomé otcha, sake y umeshu. Y no pude evitar gastar todas mis monedas en la máquina expendedora por una Calpis más. 

Me sorprendí por lo sobrecargado del diseño gráfico; por lo explícitos que son en los mangas y animés, y lo tímidos que pueden llegar a ser en persona. 

Ingresé a sus templos y santuarios antiguos. Vi escritos allí sus deseos. Los observé elevar una oración y quemar incienso. Me dormí y desperté en sus alojamientos. Caminé sus calles y recovecos con mi sombrilla transparente bajo la tenue lluvia de setiembre.  

Compartí con sus familias, sus trabajadores y sus gobernantes. Vi la jerarquía con la que se manejan y los códigos que imponen en las interacciones.  

Visité el Palacio Imperial y compartí con la familia del Emperador. Tuve reuniones con miembros del Gabinete del Ministro Shinzo Abe y con líderes del cuerpo diplomático. Aprendí que ni un detalle lo dejan al azar. Hasta quién sale en qué orden en la foto oficial. 

Experimenté su clima húmedo y hasta un tifón. Vi el gran despliegue de tecnología en el NEC Innovation World y en el Mori Building Digital Art Museum en Odaiba; donde el famoso teamLab Borderless se las ingenió para crear un paraíso artístico que despierta los sentidos como de verdad no me lo esperaba.   

Viví el contraste de caminar por el frenético cruce de Shibuya en Tokyo, y la paz de hacerlo por los frescos bosques antiguos de Hiraizumi en Iwate. 

Compré en sus konbini store de 24 horas y en sus súper-tiendas de varios pisos en los barrios más poblados de su capital. Vi la belleza de sus diversos paisajes; contemplé su fascinante arte; respeté sus protocolos y reglas.

Entré al metro en hora pico y sobreviví para contarlo. Vi campos de arroz, montañas y rascacielos. Conocí lo que es un onsen y el océano Pacífico desde el lado asiático.

Así también estuve en algunas de las zonas devastadas por el tsunami de 2011 y observé los vestigios de edificios y escuelas. Escuché relatos conmovedores sobre aquel día y la desesperación que provocó. Vi marcas en los cerros de hasta dónde llegó el agua. Contemplé las ofrendas florales y los homenajes que todavía yacen en los lugares afectados. Y me dolió. 

Tampoco pude quedarme indiferente cuando conversé con alguien en un café en la estación de Tokyo sobre cómo la depresión y la soledad es un gran problema en la población. 

Me llamó la atención ver personas trabajando en sus escritorios en los edificios a las 21:30. Recuerdo que casi pegué mi cachete a la ventana de la camioneta mientras volvía de Yokohama a Tokyo para ver esa escena. 

Trabajan hasta agotarse. Mis propios ojos vieron también a varios en tren a la noche exhaustos y durmiendo de pie o sentados. Una de las pasajeras incluso casi se desplomó sobre mí y tuve que sostenerla.  

“¿Todo eso en 15 días?”, se preguntarán. Hay más incluso. A veces la vida nos da la oportunidad de atravesar experiencias fugaces pero intensamente memorables. 

Hacer contacto… para conectarnos 

Ahora bien, la proximidad es vital pero hay una segunda fase fundamental: esforzarnos por hacer una conexión completa. Si bien cruzar fronteras geográficas puede ser parte del desafío, el proceso de completar nuestro rompecabezas personal también requiere, principalmente, que crucemos fronteras humanas. 

Estar físicamente en un lugar, próximo a una cultura, no significa que te conectarás a ella. Así fue que intenté meterme en la piel de un japonés y comprender las cosas desde su punto de vista. 

Si queremos conectarnos con personas diferentes a nosotros, debemos entrar en su territorio y entenderlos. Necesitamos descifrar los códigos que tocan su alma. Y esto no se da como resultado de una fórmula o de técnicas de comunicación, sino gracias a un interés genuino por escuchar y conocer sin prejuicios. Eso no significa dejar nuestras costumbres o nuestra autenticidad a un lado, sino vestirnos de respeto para ganarnos la confianza para que nos abran las fronteras humanas. Significa dejar el “Vos y el yo” con una línea de separación en el medio, y cambiarlo por el “Nosotros”, que nos acerca.

¿Saben cuál es mi teoría? Pese a las grandes diferencias en historia, idioma, comida, cultura, política, religión,… en nuestras partes más profundas estamos hechos de la misma esencia. Somos seres humanos en contacto con otros seres humanos. Siempre hay un lenguaje universal del corazón que nos permitirá conectarnos. Frederick Buechner escribió una vez:

La historia de cualquiera de nosotros es en alguna medida la historia de todos nosotros. 

¿Qué tenemos en común? Ese es el enigma que nos compete resolver. Además de la sangre, una vez que nos acercamos y generamos espacios de contacto varias piezas van encajando. 

Terminados los 10 días de programa de la beca por la que fui, me dirigí a la casa de mis parientes en Chiba, a 50 kilómetros de Tokyo. Allí compartí con mi familia por 5 días y fue tan aleccionador. 

Me pasó con mis primas mellizas japonesas, quienes no hablaban español ni inglés (mi japonés es muy básico todavía), que no teníamos forma de comunicarnos si la tía no hacía de intérprete. Pero, gracias a Google Translator y a mi curiosidad por conocer más sobre ellas, pude establecer puntos de contacto. Lo que empezó con una cena con diálogos muy breves y básicos en un restaurante, terminó con té y dulces japoneses en la sala de la casa de mis tíos hasta tarde en la noche, con historias sobre escalar el Monte Fuji, sobre el kimono, sobre nuestra pasión por los museos y la papelería corporativa, intercambio de regalos, entre otras anécdotas. ¡Y me reí muchísimo! Sin embargo, si hubiese tenido la actitud de “No hablo japonés y no creo que tengamos algo en común”, me hubiese perdido de una conexión fascinante.

Al conocer por primera vez a una de las mellizas nos hicimos reverencias mutuamente, pero 12 horas después me estaba despidiendo de ella con un abrazo (que no es tan usual en Japón) y acortamos la distancia. Una imagen inolvidable para mí fue cuando ella estuvo parada en la puerta de entrada a las 6:30 AM de un domingo diciéndome “chau” con sus manos, mientras diluviaba por culpa del tifón y yo me alejaba dentro del auto rumbo al aeropuerto de Narita para emprender el largo retorno a casa. Se quedó allí despidiéndose hasta que ya no estuve al alcance de su mirada. Increíble. ¿Qué hizo la diferencia? Con mucho respeto y cariño entré a su mundo.

Mi otra prima melliza me cumplió el sueño, junto con mi tía, de llevarme al Parque de Ueno de Tokyo para ver pandas. AMO LOS PANDAS desde que soy niña, así que se imaginarán mi nivel de expectativa. Ellas estuvieron 2 horas haciendo fila conmigo con sus paraguas (llovía incesantemente). Ese gesto fue como recibir 1000 abrazos juntos.

Mi tío, por su parte, me abrió las puertas de su casa para alojarme, me enseñó todo lo que nadie nunca me enseñó sobre mi ascendencia familiar. Elaboró un árbol genealógico de mi familia y me mostró un libro escrito sobre mi tío-abuelo que fue piloto kamikaze durante la Segunda Guerra Mundial.

Él me contó historias de la migración de mi familia y que hace 400 años tuvimos samurais en nuestra ascendencia, me contó sobre mi abuela Yuuki; compartimos varios almuerzos y cenas juntos, vimos la TV comiendo uvas; fuimos al supermercado a hacer compras (me compró mi postre preferido, el mochi); me preparó café porque como latina lo necesitaba para despertarme en la mañana (el desayuno japonés es bien distinto); me llevó y recogió de la estación de tren para que no camine mucho; fuimos juntos a Yokohama a visitar el cementerio donde están nuestros ancestros; me llevó a Kamakura a ver algunos templos famosos; se ocupó de cada detalle y que no me falte nada. Y en el medio de nuestras conversaciones, hasta sus silencios me comunicaron algo especial. Me despedí de él con un nudo en la garganta y aguantándome las lágrimas. Su nobleza, paciencia y cuidado me impactaron de una manera que no voy a olvidar jamás. 

Mi tía, la esposa de tío, siendo directora de un sanatorio y una médica muy ocupada, me brindó todo el tiempo libre que podía. Incluso me llevó a conocer su sanatorio, me mostró su rutina, me explicó varios aspectos de la vida japonesa; a pesar de su cansancio acumulado por las reuniones, consultas y cirugías me cocinó sukiyaki (mi comida preferida).

Ella me demostró a través de sus regalos cómo se preocupaba por mí; también me acompañó a varios lugares de Tokyo. En medio de un diluvio me llevó hasta el aeropuerto para despedirse y se tomó un café conmigo para esperar hasta que salga el vuelo, junto con otro de mis tíos. Dada la carga emocional que sentía estando en Japón (las emociones adormecidas y acumuladas desde la niñez se despiertan), ella fue una persona con la que pude expresar cómo me sentía. Recuerdo que en una ocasión casi no pude terminar de hablarle porque sentía que iba a llorar. Ella me miró y me dio el mejor consejo, fiel a su estilo pragmático:

Hay cosas del pasado que ya no se pueden cambiar, tenés que mirar adelante“. 

Si me estás leyendo: gracias tía. 

Así como yo entré al mundo de ellos, también ellos entraron al mío. Realmente hay un lenguaje universal del corazón. Les recuerdo que sólo conocí a mis tíos y supe de su existencia tres semanas antes de aterrizar en Japón. Ellos, si bien podrían saber la cantidad de hijos que tenía mi papá, no conocían mi historia. Y aún así abrieron su corazón.

Si leyeron la primera parte del relato, seguro van a comprender lo que diré a continuación: mi abuela japonesa falleció sólo semanas antes que yo viajase a Japón. Si ella no partía yo no iba a conocer al tío en su funeral ni iba a quedarme cinco días más a indagar en mi historia familiar. De alguna manera siento que fue un último regalo que ella me dio. Ver sus fotos de adolescente en Japón y conocer detalles de cómo se crió y lo mucho que nos amó me partió el corazón. Pero también me dio fuerzas para extender su legado, vivir honrando su apellido y su amor. 

Para que las piezas del rompecabezas encajen necesitamos dejar de forzar nuestro gusto personal, y permitir que los colores y la forma de dichas piezas nos muestren cuál es su lugar natural. 

Todo encaja a su tiempo. De verdad. Y no hay pieza que pueda reemplazar el lugar de otra original. A veces eso nos deja un vacío, y a veces la vida nos permite encontrar lo que faltaba para completar el mosaico que es nuestra vida al final. 

Hacer contacto para conectarnos… no para impresionar

Habían pasado ocho meses desde mi retorno de Japón. La experiencia personal fue transformadora, pero había algo más que debía lograr.

Llegué 10 minutos antes de la hora indicada. Me senté en la última fila. Miré a mi alrededor. Todos parecían conocerse por la forma en la que charlaban. Sentía las manos frías. Estaba ansiosa. Miré la carpeta que me entregaron al llegar, la cual tenía el título “Primer Simposio Nikkei – Paraguay 2019”.

En eso escuché que alguien me dijo: 

– ¿Akita-san?

Le miré sorprendida. 

– ¿Akita-san? – me volvió a preguntar. Era un señor japonés canoso, impecablemente trajeado. 

– Hai – alcancé a responderle. 

– Aderante. Purimera fira – me dijo con un español japonizado y me indicó que le siguiese.

“¿En la primera fila me voy a sentar?”, pensé mientras caminaba detrás de él. Algunas personas escucharon nuestra conversación por lo que sentí que sus miradas me seguían. Tragué saliva. Al llegar, me indicó con ambas manos dónde debía sentarme y me hizo una leve reverencia. “Arigatou gozaimasu”, le dije con una sonrisa nerviosa. Y me senté. Estaba en la fila de los que iban a disertar. 

Una hora después yo subía al escenario a compartir mi historia a un auditorio que incluía al Embajador del Japón en Paraguay Naohiro Ishida, líderes de las diferentes asociaciones y jóvenes nikkeis.

Agarré el micrófono. Ni siquiera saludé. Respiré profundo. Directamente empecé mi charla diciendo:

“Si hace un año atrás me decían que iba a hablar en un Simposio Nikkei, no les hubiese creído. Es más, hace un año atrás ni siquiera sabía escribir mi nombre en japonés. Cuando llegué me senté en la última fila y para mí es tan representativo que de allí me hayan invitado a pasar a los primeros lugares. Yo solía ser esa nikkei que sólo miraba de lejos. Pero hoy estoy aquí parada frente a ustedes para decirles que cuando alguien decide ser un puente de conexión el impacto que eso puede tener en los demás es increíble”.

Es que tras mi retorno de Japón me ocurrieron varias cosas realmente sorprendentes, considerando que era una absoluta outsider un año atrás: numerosas entrevistas en medios de comunicación, incluida una tapa de revista con otras mujeres nikkei destacadas; que una de las sensei referentes en Japón en el arte de vestir kimono (kitsuke) me haya enseñado y puesto mi primer kimono; ser secretaria de la Asociación de Ex Becarios Nikkei de Gaimusho; estrechar la mano del Ministro Abe y quitarme una foto  grupal con él tras su visita por primera vez al Paraguay; ser invitada a ceremonias en la Embajada del Japón; ser maestra de ceremonia del Kimono Show en presencia de un auditorio repleto en el Banco Central del Paraguay, entre otros detalles.

A medida que hablaba en ese escenario del Simposio Nikkei me acordaba de este pasaje en Lucas 14:10-11 (MSG): 

Cuando te inviten a cenar, ve y siéntate en el último lugar. Luego, cuando venga el anfitrión, puede decir: “Amigo, ven al frente”. ¡Eso les dará a los invitados algo de qué hablar!”

Definitivamente más de un nikkei en la comunidad habrá dicho: “¿Quién es esta chica y de dónde salió?”. Sí, puedo comprender eso. Porque fue una exposición meteórica. Siempre estuve atrás, modo ninja. Oculta. Pero cuando retorné de Japón comprendí que, al igual que yo, también habían varios nikkeis que de alguna manera podían relacionarse con mi historia, así que me animé a exponerme. Y es ahí cuando una sabe que se mueve por propósito, no por aplausos. 

Si me paré en un escenario, si posé para una foto de portada, si me expuse frente a un micrófono o incluso me senté horas a escribir, no es para “ir al frente”. Es para mostrar con mi testimonio que el que se sienta al fondo tiene igual de valor que el que se sienta enfrente, y que a todos nos llega la hora de ser promovidos para usar nuestra voz y generar un cambio. 

Ese “algo más que debía lograr” es la misión de animar a otros a buscar también la pieza de su rompecabezas; a mostrar que Japón tiene mucho por revelar, a unirnos no para competir sino para colaborar. A derribar muros y construir puentes para que otros también puedan cruzar. Lo que me mueve es que hay otra Naru ahí afuera que quiero ayudar.

La revolución empieza cuando nos animamos a preguntar:

“¿Dónde será que esta pieza encajará?”.

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Las cosas pequeñas


Imaginemos que un día nos despertamos en un Paraguay con todos los problemas de infraestructura y tecnología solucionados, con carreteras de primer mundo, electricidad confiable, Wifi omnipresente; luz y agua potable para todos; hospitales equipados; escuelas impecablemente construidas, parques públicos limpios; edificios y veredas accesibles; excelente transporte público, y la lista podría continuar. Imaginemos eso, con una condición: nosotros, los ciudadanos, amanecemos iguales. Mismos pensamientos, misma cultura. ¿Qué pasaría?

Creo que hay dos mentalidades: la que espera un mejor Paraguay para las personas, y la que prepara a las personas para tener un mejor Paraguay. Entender la diferencia nos lleva por dos caminos muy diferentes.

El país en sí mismo no alcanza la mejoría, quienes evolucionan son las personas. Podemos construir el entorno ideal y, sin embargo, si descuidamos preparar a los habitantes ese mismo contexto puede ser descuidado, destruido y mal administrado en un corto plazo. Seremos los mismos irresponsables sólo que en proporciones más grandes. 

Si no elevamos nuestra mentalidad, entonces seguiremos sucumbiendo diariamente a nuestra peor faceta: “Ahí nomás tirá”, “Nadie llega a hora”, “Que otro haga”, “Tenés que ser más vivo”, “No es tan ilegal”, “Agarrá, nadie se va a dar cuenta”, “¿Para qué formás fila?”, “¡A mí que me importa!”, “¿Para qué vas a denunciar? Ni la hora te van a dar”, “Dale una propinita y te va a acelerar las cosas”, “Me gusta tu vestido, mamita”, “A esos hay que arrearles”.

Muchas veces la crisis no es económica, ¡es de valores! Lo que terminaremos haciendo es sólo escalar la mediocridad. Ser violentos en casas más lindas; ser evasores con empresas más grandes; causar accidentes en estupendas autopistas; graduar a estudiantes con un nivel mediocre en instituciones de gran porte; disponer de hermosas bibliotecas públicas que se empolvan; tener 75% de la población sedentaria con gimnasios en cada esquina…

Ya lo dijo Jesús mucho tiempo atrás: “Si son fieles en las cosas pequeñas, serán fieles en las grandes; pero si son deshonestos en las cosas pequeñas no actuarán con honradez en las responsabilidades más grandes”. Contundente.

¿Qué clase de mentalidad se precisa? Una que ejecuta su tarea y posterga la gratificación; una entrenada en limpieza no como castigo sino como cultura de excelencia; una que piensa en el grupo y no sólo en su ego; una que fue instruida en no tocar lo que no es suyo; una que se enfoca en la prevención y no en la curación; una que fue educada en cuidar los recursos naturales y no en derrocharlos; una que fue estimulada a encontrar soluciones divergentes.

En suma, la próxima vez que digamos “Quiero un mejor Paraguay” examinemos en cómo vamos en la administración de las cosas pequeñas.

Publicado en Apuntes de aprendiz, Trabajo

Continuar, antes que empezar


¿Qué determina que tengamos el aguante necesario para concretar lo que nos proponemos? En la ciencia deportiva existe un término fascinante denominado stamina, que es la capacidad de resistir física o mentalmente durante largos periodos de tiempo. Es lo que caracteriza a los atletas de alto rendimiento. Sin stamina no hay aguante. Si la capacidad de sostener el esfuer­zo, sin decaer en el tiempo, es lo que marca la diferencia en el deporte, ¿será que el mismo principio aplica a cómo gerenciamos, lideramos y hasta enfrentamos desafíos como país?

Vivimos en una cultura donde el inicio es más aplaudido que la perseverancia de la mitad del camino. Pero un principio sin con­tinuación es una mentira; una inauguración sin un posterior cuidado es apenas una in­tención; una firma de convenio sin compro­miso por los resultados es un fingimiento; una pérdida de peso radical sin un régimen de mantenimiento es un cambio efímero; una boda rimbombante sin un matrimonio sólido es pura fachada; un discurso prome-tedor sin voluntad diaria de implementación es, coloquialmente hablando, vender humo.

A veces empezamos el camino con nobles intenciones, y lo que ocurre es que buscamos velocidad y no consistencia, novedad y no permanencia, entonces nos quedamos sin aire, sin fuerzas, sin stamina. Prestamos demasiada atención a los inicios, descuidando desarrollar el pulmón de la continuidad. Esa es una de las causas por la que mueren los proyec­tos y las empresas… no se enfocan en el aguante, no sostienen sus esfuerzos en el tiempo, no terminan lo que empiezan.

¿Cómo aumentamos nuestra stamina? El secreto radica en presentarse diariamente a entrenar, incluso cuando los músculos duelen o el ánimo está decaído. Nuestra resistencia determina la cantidad de tiempo que podremos estar inmersos en una tarea. Cuanto menos resistencia, más rápido nos rendimos. Es cierto que nos atrae lo novedoso, pero hoy cabe preguntarnos: ¿cuál es la tarea que deberíamos continuar?