Quinto curso de la secundaria, clase densa de filosofía y dos palabras que no se borrarán de mi mente: “Situaciones límites”.
Acorde a mi profesor, las situaciones límites [como una enfermedad terminal, un accidente grave, la muerte de un ser querido, una catástrofe, etc.] llevan a la persona a un profundo análisis de su vida, a un replanteamiento de sus prioridades y de sus relaciones, a un sinfin de preguntas existenciales.
Fui a ver la película nominada al Oscar 127 horas. Obviando detalles, la historia es dramática: una feroz roca deja atrapada la mano del montañista Aron Ralston y lo obliga a pasar 5 días en medio de un cañón solitario en Utah [con poquísima agua en su cantimplora]. Pasaban los minutos y la frase seguía siendo la misma en mi mente: “SITUACIÓN LÍMITE. SITUACIÓN LÍMITE”. Realmente fue predecible la trama, aunque bastante interesante. Teniendo a la muerte respirándole la nuca y a una pequeña grabadora como única testigo de sus potenciales últimas horas, Aron decide auto-grabarse y dejar un mensaje.
¿A QUIÉN?
A personas. Amadas. Anheladas.
Esa fue su situación límite. Esa fue su reorganización de prioridades. Ese fue su despertador extremo. La verdad que no todos necesitamos pasar por algo dramático para mirar con otros ojos la vida. Algunos ya somos conscientes de que cada día es un regalo. Pero en algún momento eso se tuvo que haber incubado.
No puedo evitar pensar en ¿qué grabaríamos nosotros? Sospecho que la respuesta a esa interrogante nos dará la pista para vivir de ahora en más con un fuerte propósito.
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