Mientras esto termine


Planificamos el 2020 a lo grande, porque no lo vimos venir. No apareció en la matriz de riesgos de ninguna planificación estratégica. Cual ninja sigiloso, entró en nuestro país, en nuestras ciudades, empresas y hogares… hasta que mató planes, uno a uno. Y también vidas. El Covid-19 sigue dejando lecciones a su paso, entre ellas que nuestro futuro es incierto.

“No te jactes del mañana, ya que no sabes lo que el día traerá”, dice Proverbios 27:1. Cuánta sabiduría. Ahora que estamos en pandemia, continuamos diciendo: “Cuando esto termine…”. ¿Tenemos acaso el futuro asegurado? En vez de “cuando esto termine…”, probemos vivir bajo el “mientras esto termine…”. Es todo lo que tenemos. El hoy, 24 horas. Una vuelta de la tierra alrededor de su eje.

“Mañana”, respondemos de vuelta. Entonces empieza la postergación. En Santiago 4:13 encontramos otra exhortación hacia este tipo de mentalidad: “¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma”. 

“Mañana me voy a cuidar”. “Mañana voy a llamar”. “Mañana voy a hacer”. Es bueno ser previsores, tratar de anticipar escenarios y planificar. Pero pretender que tenemos asegurado el futuro es ser necios. Alardear de logros venideros es ser jactanciosos. Y tarde o temprano la vida sabe darnos una lección de humildad (por no decir humillación).

Santiago remata su advertencia y dice: “Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo”. ¿Pensamos que solo la acción ocasiona daños? No. La omisión también. La procrastinación, la demora, el aplazamiento, la tardanza, son todas decisiones a evitar. 

¿Cuántas veces dijimos “mañana lo hago” y pasaron 5, 10, y hasta 20 años? Así funciona la dilación: da la falsa sensación de que tu futuro está asegurado, cuando lo que verdaderamente hace es darle sepulcro a las oportunidades. Muchos de los escenarios que vemos hoy son el resultado de la postergación de años, de cientos de excusas apilonadas bajo la carpeta del “algún día”. 

Problemas externos hay, incluido un virus persistente. Sin embargo, la batalla más importante se pelea internamente. El éxito aterriza en los hogares y las empresas de aquellos que hacen hoy lo que otros están pensando hacer mañana. Son los que escogen como narrativa el “mientras esto termine” y abrazan la humildad, la tenacidad y el sentido de urgencia. 

Es hoy. El cuidado es hoy. No cuando las cosas empeoren. Hacer lo correcto y lo bueno es para este día, no para cuando la pandemia acabe. Aquello que podamos controlar, hagámoslo. Sin retrasos, sin excusas. Si necesitamos reconciliarnos con familiares, si necesitamos darle una vuelta de timón a nuestro emprendimiento, si nuestro cuerpo necesita ser mejor alimentado, si debemos tomar precauciones… entonces es este el día. El mañana no está garantizado. No nos jactemos. Somos niebla.

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Cuando las piezas encajan


Toda revolución parte de una pregunta.  

Consideremos el rompecabezas. Preguntar “¿Dónde encaja esta pieza?” o “¿Dónde está el resto que completa esta parte?”, nos empuja a buscar una resolución. Es así cómo se incuban las revoluciones personales y las de grandes escalas. Ya Julio Verne en su libro Viaje al centro de la tierra me lo enseñó cuando era adolescente

Una vez que el signo de pregunta ha surgido en el cerebro humano, debe encontrarse la respuesta, aunque tarde cien años. Mil años.

“¿Qué tiene Japón por revelarme?”, fue la pregunta que me hice en la primera parte de este relato, tras sentir que me faltaban respuestas sobre mi identidad como descendiente de japonés (nikkei), nacida en Paraguay. Esa parte de la historia ya la saben (si no, pueden leerla aquí). 

Ahora bien, ¿por qué era necesario el viaje? ¿Por qué no estudiar a Japón desde lejos? ¿Por qué no googlearlo? ¿Por qué debía pisar la tierra de mis ancestros? ¿Qué diferencia haría eso?

Hacer contacto

Observar desde la distancia o a través de una pantalla a veces nos lleva a equivocarnos, a hacer suposiciones, a tener miradas parciales, a forzar piezas en lugares que no corresponden o  simplemente a permanecer desconectados. 

Sabía que nunca entendería del todo mis raíces familiares y mi historia hasta hacer contacto con ellas. Hasta tocarlas, literalmente. En otras palabras, esto significaba llegar a Japón, olfatearlo, caminarlo, escucharlo, leerlo, degustarlo, observarlo, sentirlo… 

Un rompecabezas uno no lo arma mentalmente, sino que acerca las piezas para que se toquen, de modo a comprobar si encastran. Yo no conocí realmente al pueblo japonés hasta que hice contacto con ellos.     

Fue sólo estando allí que hablé su lenguaje, tan fascinante y difícil a la vez. Me regí por sus horarios estrictos y entendí por qué la impuntualidad les estresa tanto. 

Degusté sus deliciosas comidas. Vi la delicadez, belleza y orden en su presentación. Comí platillos finos en restaurantes renombrados hasta obento de los supermercados.  Me moví con su impecable y complejo transporte público, tan puntual, incluido su Shinkansen [tren bala] atravesando prefecturas a 320km/h de velocidad. 

Me divertí con su mundo mágico en Tokyo Disney Sea y sus innovadoras atracciones. Vi cómo se ríen los japoneses y lo eufóricos que pueden ponerse cuando algo les apasiona.

Me informé con sus noticieros y comprendí por qué la sección de meteorología es tan larga. Tomé otcha, sake y umeshu. Y no pude evitar gastar todas mis monedas en la máquina expendedora por una Calpis más. 

Me sorprendí por lo sobrecargado del diseño gráfico; por lo explícitos que son en los mangas y animés, y lo tímidos que pueden llegar a ser en persona. 

Ingresé a sus templos y santuarios antiguos. Vi escritos allí sus deseos. Los observé elevar una oración y quemar incienso. Me dormí y desperté en sus alojamientos. Caminé sus calles y recovecos con mi sombrilla transparente bajo la tenue lluvia de setiembre.  

Compartí con sus familias, sus trabajadores y sus gobernantes. Vi la jerarquía con la que se manejan y los códigos que imponen en las interacciones.  

Visité el Palacio Imperial y compartí con la familia del Emperador. Tuve reuniones con miembros del Gabinete del Ministro Shinzo Abe y con líderes del cuerpo diplomático. Aprendí que ni un detalle lo dejan al azar. Hasta quién sale en qué orden en la foto oficial. 

Experimenté su clima húmedo y hasta un tifón. Vi el gran despliegue de tecnología en el NEC Innovation World y en el Mori Building Digital Art Museum en Odaiba; donde el famoso teamLab Borderless se las ingenió para crear un paraíso artístico que despierta los sentidos como de verdad no me lo esperaba.   

Viví el contraste de caminar por el frenético cruce de Shibuya en Tokyo, y la paz de hacerlo por los frescos bosques antiguos de Hiraizumi en Iwate. 

Compré en sus konbini store de 24 horas y en sus súper-tiendas de varios pisos en los barrios más poblados de su capital. Vi la belleza de sus diversos paisajes; contemplé su fascinante arte; respeté sus protocolos y reglas.

Entré al metro en hora pico y sobreviví para contarlo. Vi campos de arroz, montañas y rascacielos. Conocí lo que es un onsen y el océano Pacífico desde el lado asiático.

Así también estuve en algunas de las zonas devastadas por el tsunami de 2011 y observé los vestigios de edificios y escuelas. Escuché relatos conmovedores sobre aquel día y la desesperación que provocó. Vi marcas en los cerros de hasta dónde llegó el agua. Contemplé las ofrendas florales y los homenajes que todavía yacen en los lugares afectados. Y me dolió. 

Tampoco pude quedarme indiferente cuando conversé con alguien en un café en la estación de Tokyo sobre cómo la depresión y la soledad es un gran problema en la población. 

Me llamó la atención ver personas trabajando en sus escritorios en los edificios a las 21:30. Recuerdo que casi pegué mi cachete a la ventana de la camioneta mientras volvía de Yokohama a Tokyo para ver esa escena. 

Trabajan hasta agotarse. Mis propios ojos vieron también a varios en tren a la noche exhaustos y durmiendo de pie o sentados. Una de las pasajeras incluso casi se desplomó sobre mí y tuve que sostenerla.  

“¿Todo eso en 15 días?”, se preguntarán. Hay más incluso. A veces la vida nos da la oportunidad de atravesar experiencias fugaces pero intensamente memorables. 

Hacer contacto… para conectarnos 

Ahora bien, la proximidad es vital pero hay una segunda fase fundamental: esforzarnos por hacer una conexión completa. Si bien cruzar fronteras geográficas puede ser parte del desafío, el proceso de completar nuestro rompecabezas personal también requiere, principalmente, que crucemos fronteras humanas. 

Estar físicamente en un lugar, próximo a una cultura, no significa que te conectarás a ella. Así fue que intenté meterme en la piel de un japonés y comprender las cosas desde su punto de vista. 

Si queremos conectarnos con personas diferentes a nosotros, debemos entrar en su territorio y entenderlos. Necesitamos descifrar los códigos que tocan su alma. Y esto no se da como resultado de una fórmula o de técnicas de comunicación, sino gracias a un interés genuino por escuchar y conocer sin prejuicios. Eso no significa dejar nuestras costumbres o nuestra autenticidad a un lado, sino vestirnos de respeto para ganarnos la confianza para que nos abran las fronteras humanas. Significa dejar el “Vos y el yo” con una línea de separación en el medio, y cambiarlo por el “Nosotros”, que nos acerca.

¿Saben cuál es mi teoría? Pese a las grandes diferencias en historia, idioma, comida, cultura, política, religión,… en nuestras partes más profundas estamos hechos de la misma esencia. Somos seres humanos en contacto con otros seres humanos. Siempre hay un lenguaje universal del corazón que nos permitirá conectarnos. Frederick Buechner escribió una vez:

La historia de cualquiera de nosotros es en alguna medida la historia de todos nosotros. 

¿Qué tenemos en común? Ese es el enigma que nos compete resolver. Además de la sangre, una vez que nos acercamos y generamos espacios de contacto varias piezas van encajando. 

Terminados los 10 días de programa de la beca por la que fui, me dirigí a la casa de mis parientes en Chiba, a 50 kilómetros de Tokyo. Allí compartí con mi familia por 5 días y fue tan aleccionador. 

Me pasó con mis primas mellizas japonesas, quienes no hablaban español ni inglés (mi japonés es muy básico todavía), que no teníamos forma de comunicarnos si la tía no hacía de intérprete. Pero, gracias a Google Translator y a mi curiosidad por conocer más sobre ellas, pude establecer puntos de contacto. Lo que empezó con una cena con diálogos muy breves y básicos en un restaurante, terminó con té y dulces japoneses en la sala de la casa de mis tíos hasta tarde en la noche, con historias sobre escalar el Monte Fuji, sobre el kimono, sobre nuestra pasión por los museos y la papelería corporativa, intercambio de regalos, entre otras anécdotas. ¡Y me reí muchísimo! Sin embargo, si hubiese tenido la actitud de “No hablo japonés y no creo que tengamos algo en común”, me hubiese perdido de una conexión fascinante.

Al conocer por primera vez a una de las mellizas nos hicimos reverencias mutuamente, pero 12 horas después me estaba despidiendo de ella con un abrazo (que no es tan usual en Japón) y acortamos la distancia. Una imagen inolvidable para mí fue cuando ella estuvo parada en la puerta de entrada a las 6:30 AM de un domingo diciéndome “chau” con sus manos, mientras diluviaba por culpa del tifón y yo me alejaba dentro del auto rumbo al aeropuerto de Narita para emprender el largo retorno a casa. Se quedó allí despidiéndose hasta que ya no estuve al alcance de su mirada. Increíble. ¿Qué hizo la diferencia? Con mucho respeto y cariño entré a su mundo.

Mi otra prima melliza me cumplió el sueño, junto con mi tía, de llevarme al Parque de Ueno de Tokyo para ver pandas. AMO LOS PANDAS desde que soy niña, así que se imaginarán mi nivel de expectativa. Ellas estuvieron 2 horas haciendo fila conmigo con sus paraguas (llovía incesantemente). Ese gesto fue como recibir 1000 abrazos juntos.

Mi tío, por su parte, me abrió las puertas de su casa para alojarme, me enseñó todo lo que nadie nunca me enseñó sobre mi ascendencia familiar. Elaboró un árbol genealógico de mi familia y me mostró un libro escrito sobre mi tío-abuelo que fue piloto kamikaze durante la Segunda Guerra Mundial.

Él me contó historias de la migración de mi familia y que hace 400 años tuvimos samurais en nuestra ascendencia, me contó sobre mi abuela Yuuki; compartimos varios almuerzos y cenas juntos, vimos la TV comiendo uvas; fuimos al supermercado a hacer compras (me compró mi postre preferido, el mochi); me preparó café porque como latina lo necesitaba para despertarme en la mañana (el desayuno japonés es bien distinto); me llevó y recogió de la estación de tren para que no camine mucho; fuimos juntos a Yokohama a visitar el cementerio donde están nuestros ancestros; me llevó a Kamakura a ver algunos templos famosos; se ocupó de cada detalle y que no me falte nada. Y en el medio de nuestras conversaciones, hasta sus silencios me comunicaron algo especial. Me despedí de él con un nudo en la garganta y aguantándome las lágrimas. Su nobleza, paciencia y cuidado me impactaron de una manera que no voy a olvidar jamás. 

Mi tía, la esposa de tío, siendo directora de un sanatorio y una médica muy ocupada, me brindó todo el tiempo libre que podía. Incluso me llevó a conocer su sanatorio, me mostró su rutina, me explicó varios aspectos de la vida japonesa; a pesar de su cansancio acumulado por las reuniones, consultas y cirugías me cocinó sukiyaki (mi comida preferida).

Ella me demostró a través de sus regalos cómo se preocupaba por mí; también me acompañó a varios lugares de Tokyo. En medio de un diluvio me llevó hasta el aeropuerto para despedirse y se tomó un café conmigo para esperar hasta que salga el vuelo, junto con otro de mis tíos. Dada la carga emocional que sentía estando en Japón (las emociones adormecidas y acumuladas desde la niñez se despiertan), ella fue una persona con la que pude expresar cómo me sentía. Recuerdo que en una ocasión casi no pude terminar de hablarle porque sentía que iba a llorar. Ella me miró y me dio el mejor consejo, fiel a su estilo pragmático:

Hay cosas del pasado que ya no se pueden cambiar, tenés que mirar adelante“. 

Si me estás leyendo: gracias tía. 

Así como yo entré al mundo de ellos, también ellos entraron al mío. Realmente hay un lenguaje universal del corazón. Les recuerdo que sólo conocí a mis tíos y supe de su existencia tres semanas antes de aterrizar en Japón. Ellos, si bien podrían saber la cantidad de hijos que tenía mi papá, no conocían mi historia. Y aún así abrieron su corazón.

Si leyeron la primera parte del relato, seguro van a comprender lo que diré a continuación: mi abuela japonesa falleció sólo semanas antes que yo viajase a Japón. Si ella no partía yo no iba a conocer al tío en su funeral ni iba a quedarme cinco días más a indagar en mi historia familiar. De alguna manera siento que fue un último regalo que ella me dio. Ver sus fotos de adolescente en Japón y conocer detalles de cómo se crió y lo mucho que nos amó me partió el corazón. Pero también me dio fuerzas para extender su legado, vivir honrando su apellido y su amor. 

Para que las piezas del rompecabezas encajen necesitamos dejar de forzar nuestro gusto personal, y permitir que los colores y la forma de dichas piezas nos muestren cuál es su lugar natural. 

Todo encaja a su tiempo. De verdad. Y no hay pieza que pueda reemplazar el lugar de otra original. A veces eso nos deja un vacío, y a veces la vida nos permite encontrar lo que faltaba para completar el mosaico que es nuestra vida al final. 

Hacer contacto para conectarnos… no para impresionar

Habían pasado ocho meses desde mi retorno de Japón. La experiencia personal fue transformadora, pero había algo más que debía lograr.

Llegué 10 minutos antes de la hora indicada. Me senté en la última fila. Miré a mi alrededor. Todos parecían conocerse por la forma en la que charlaban. Sentía las manos frías. Estaba ansiosa. Miré la carpeta que me entregaron al llegar, la cual tenía el título “Primer Simposio Nikkei – Paraguay 2019”.

En eso escuché que alguien me dijo: 

– ¿Akita-san?

Le miré sorprendida. 

– ¿Akita-san? – me volvió a preguntar. Era un señor japonés canoso, impecablemente trajeado. 

– Hai – alcancé a responderle. 

– Aderante. Purimera fira – me dijo con un español japonizado y me indicó que le siguiese.

“¿En la primera fila me voy a sentar?”, pensé mientras caminaba detrás de él. Algunas personas escucharon nuestra conversación por lo que sentí que sus miradas me seguían. Tragué saliva. Al llegar, me indicó con ambas manos dónde debía sentarme y me hizo una leve reverencia. “Arigatou gozaimasu”, le dije con una sonrisa nerviosa. Y me senté. Estaba en la fila de los que iban a disertar. 

Una hora después yo subía al escenario a compartir mi historia a un auditorio que incluía al Embajador del Japón en Paraguay Naohiro Ishida, líderes de las diferentes asociaciones y jóvenes nikkeis.

Agarré el micrófono. Ni siquiera saludé. Respiré profundo. Directamente empecé mi charla diciendo:

“Si hace un año atrás me decían que iba a hablar en un Simposio Nikkei, no les hubiese creído. Es más, hace un año atrás ni siquiera sabía escribir mi nombre en japonés. Cuando llegué me senté en la última fila y para mí es tan representativo que de allí me hayan invitado a pasar a los primeros lugares. Yo solía ser esa nikkei que sólo miraba de lejos. Pero hoy estoy aquí parada frente a ustedes para decirles que cuando alguien decide ser un puente de conexión el impacto que eso puede tener en los demás es increíble”.

Es que tras mi retorno de Japón me ocurrieron varias cosas realmente sorprendentes, considerando que era una absoluta outsider un año atrás: numerosas entrevistas en medios de comunicación, incluida una tapa de revista con otras mujeres nikkei destacadas; que una de las sensei referentes en Japón en el arte de vestir kimono (kitsuke) me haya enseñado y puesto mi primer kimono; ser secretaria de la Asociación de Ex Becarios Nikkei de Gaimusho; estrechar la mano del Ministro Abe y quitarme una foto  grupal con él tras su visita por primera vez al Paraguay; ser invitada a ceremonias en la Embajada del Japón; ser maestra de ceremonia del Kimono Show en presencia de un auditorio repleto en el Banco Central del Paraguay, entre otros detalles.

A medida que hablaba en ese escenario del Simposio Nikkei me acordaba de este pasaje en Lucas 14:10-11 (MSG): 

Cuando te inviten a cenar, ve y siéntate en el último lugar. Luego, cuando venga el anfitrión, puede decir: “Amigo, ven al frente”. ¡Eso les dará a los invitados algo de qué hablar!”

Definitivamente más de un nikkei en la comunidad habrá dicho: “¿Quién es esta chica y de dónde salió?”. Sí, puedo comprender eso. Porque fue una exposición meteórica. Siempre estuve atrás, modo ninja. Oculta. Pero cuando retorné de Japón comprendí que, al igual que yo, también habían varios nikkeis que de alguna manera podían relacionarse con mi historia, así que me animé a exponerme. Y es ahí cuando una sabe que se mueve por propósito, no por aplausos. 

Si me paré en un escenario, si posé para una foto de portada, si me expuse frente a un micrófono o incluso me senté horas a escribir, no es para “ir al frente”. Es para mostrar con mi testimonio que el que se sienta al fondo tiene igual de valor que el que se sienta enfrente, y que a todos nos llega la hora de ser promovidos para usar nuestra voz y generar un cambio. 

Ese “algo más que debía lograr” es la misión de animar a otros a buscar también la pieza de su rompecabezas; a mostrar que Japón tiene mucho por revelar, a unirnos no para competir sino para colaborar. A derribar muros y construir puentes para que otros también puedan cruzar. Lo que me mueve es que hay otra Naru ahí afuera que quiero ayudar.

La revolución empieza cuando nos animamos a preguntar:

“¿Dónde será que esta pieza encajará?”.

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Las cosas pequeñas


Imaginemos que un día nos despertamos en un Paraguay con todos los problemas de infraestructura y tecnología solucionados, con carreteras de primer mundo, electricidad confiable, Wifi omnipresente; luz y agua potable para todos; hospitales equipados; escuelas impecablemente construidas, parques públicos limpios; edificios y veredas accesibles; excelente transporte público, y la lista podría continuar. Imaginemos eso, con una condición: nosotros, los ciudadanos, amanecemos iguales. Mismos pensamientos, misma cultura. ¿Qué pasaría?

Creo que hay dos mentalidades: la que espera un mejor Paraguay para las personas, y la que prepara a las personas para tener un mejor Paraguay. Entender la diferencia nos lleva por dos caminos muy diferentes.

El país en sí mismo no alcanza la mejoría, quienes evolucionan son las personas. Podemos construir el entorno ideal y, sin embargo, si descuidamos preparar a los habitantes ese mismo contexto puede ser descuidado, destruido y mal administrado en un corto plazo. Seremos los mismos irresponsables sólo que en proporciones más grandes. 

Si no elevamos nuestra mentalidad, entonces seguiremos sucumbiendo diariamente a nuestra peor faceta: “Ahí nomás tirá”, “Nadie llega a hora”, “Que otro haga”, “Tenés que ser más vivo”, “No es tan ilegal”, “Agarrá, nadie se va a dar cuenta”, “¿Para qué formás fila?”, “¡A mí que me importa!”, “¿Para qué vas a denunciar? Ni la hora te van a dar”, “Dale una propinita y te va a acelerar las cosas”, “Me gusta tu vestido, mamita”, “A esos hay que arrearles”.

Muchas veces la crisis no es económica, ¡es de valores! Lo que terminaremos haciendo es sólo escalar la mediocridad. Ser violentos en casas más lindas; ser evasores con empresas más grandes; causar accidentes en estupendas autopistas; graduar a estudiantes con un nivel mediocre en instituciones de gran porte; disponer de hermosas bibliotecas públicas que se empolvan; tener 75% de la población sedentaria con gimnasios en cada esquina…

Ya lo dijo Jesús mucho tiempo atrás: “Si son fieles en las cosas pequeñas, serán fieles en las grandes; pero si son deshonestos en las cosas pequeñas no actuarán con honradez en las responsabilidades más grandes”. Contundente.

¿Qué clase de mentalidad se precisa? Una que ejecuta su tarea y posterga la gratificación; una entrenada en limpieza no como castigo sino como cultura de excelencia; una que piensa en el grupo y no sólo en su ego; una que fue instruida en no tocar lo que no es suyo; una que se enfoca en la prevención y no en la curación; una que fue educada en cuidar los recursos naturales y no en derrocharlos; una que fue estimulada a encontrar soluciones divergentes.

En suma, la próxima vez que digamos “Quiero un mejor Paraguay” examinemos en cómo vamos en la administración de las cosas pequeñas.

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Continuar, antes que empezar


¿Qué determina que tengamos el aguante necesario para concretar lo que nos proponemos? En la ciencia deportiva existe un término fascinante denominado stamina, que es la capacidad de resistir física o mentalmente durante largos periodos de tiempo. Es lo que caracteriza a los atletas de alto rendimiento. Sin stamina no hay aguante. Si la capacidad de sostener el esfuer­zo, sin decaer en el tiempo, es lo que marca la diferencia en el deporte, ¿será que el mismo principio aplica a cómo gerenciamos, lideramos y hasta enfrentamos desafíos como país?

Vivimos en una cultura donde el inicio es más aplaudido que la perseverancia de la mitad del camino. Pero un principio sin con­tinuación es una mentira; una inauguración sin un posterior cuidado es apenas una in­tención; una firma de convenio sin compro­miso por los resultados es un fingimiento; una pérdida de peso radical sin un régimen de mantenimiento es un cambio efímero; una boda rimbombante sin un matrimonio sólido es pura fachada; un discurso prome-tedor sin voluntad diaria de implementación es, coloquialmente hablando, vender humo.

A veces empezamos el camino con nobles intenciones, y lo que ocurre es que buscamos velocidad y no consistencia, novedad y no permanencia, entonces nos quedamos sin aire, sin fuerzas, sin stamina. Prestamos demasiada atención a los inicios, descuidando desarrollar el pulmón de la continuidad. Esa es una de las causas por la que mueren los proyec­tos y las empresas… no se enfocan en el aguante, no sostienen sus esfuerzos en el tiempo, no terminan lo que empiezan.

¿Cómo aumentamos nuestra stamina? El secreto radica en presentarse diariamente a entrenar, incluso cuando los músculos duelen o el ánimo está decaído. Nuestra resistencia determina la cantidad de tiempo que podremos estar inmersos en una tarea. Cuanto menos resistencia, más rápido nos rendimos. Es cierto que nos atrae lo novedoso, pero hoy cabe preguntarnos: ¿cuál es la tarea que deberíamos continuar?

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Escogé tu difícil


Cada tanto la vida nos pone ante situaciones difíciles, donde podemos o darnos por vencidos y deslizarnos en una agónica y lenta derrota, donde enterramos nuestro potencial, nos entregamos a la desazón y la frustración, donde ya no miramos al futuro como algo atrayente, y consideramos nuestros sueños como una ingenuidad o… podemos escoger otro difícil, ese que no es sencillo pero lo cambia todo:

El de seguir creyendo aunque las noticias golpeen, el de morder la toalla cuando todo tu ser la quiere tirar, el de quitar fuerzas de nuestras últimas reservas, el de aferrarnos a la fe, el de dejar de culpar y hacernos responsables, el de seguir braceando aunque la costa se ve lejos, el de estudiar con una sed de aprendiz inquieto, el de adquirir esas habilidades que nos faltan en vez de rendirnos ante nuestras limitaciones, el de leer-leer-leer hasta dormirnos del cansancio, el de trabajar en reinventarnos; el difícil de pulir nuestra actitud, el de practicar hasta que salga bien, el de aprender con humildad tanto de niños como de grandes; el de reflexionar en nuestros errores y querernos y perdonarnos; el de agradecer por lo poco y por lo mucho, el de identificar la oportunidad detrás del problema, el de confiar y dejar que otros nos ayuden, el de tener temple y sabiduría ante los ataques, el difícil de esperar con paciencia en un mundo ultra-rápido, el de buscar la excelencia en un contexto conformista, el de esforzarnos y ser íntegros aún cuando nadie nos vea. El difícil de plantar con lágrimas y dolor para cosechar con regocijo.

Porque llega el tiempo donde los resultados aparecen y te das cuenta de que cada decisión de levantarte te llevó hasta allí. No ocurre en un día, se gesta en una suma de días, semanas y a veces años.

Y te das cuenta ante esas situaciones difíciles que lo más importante en realidad fue en quién te convertiste en el proceso y cómo tu historia -a veces sin querer- puede cambiar la de alguien más. Otros se levantan porque te vieron hacerlo. Otros se animan porque vieron tu salto. Otros se encienden porque se acercaron al calor de tu pasión. Otros continúan porque vieron que tus heridas cicatrizaron. Otros salen de las trincheras porque te vieron valiente en el frente de batalla.

Cualquiera de las dos alternativas que escojamos será difícil, sí. Las dos involucran cavar: por un lado para enterrar un sueño o, por el otro, para enterrar una semilla.

“Cualquiera sabe cuántas semillas tiene una manzana, sólo Dios sabe cuántas manzanas tiene una semilla”, dice una frase anónima.

Mi aprendizaje es este: ¡cuánto poder hay en una semilla! Cuánta transformación viene detrás de una decisión.

Hoy tenemos una pala y algo vamos a enterrar: un sueño o una semilla.

Escojamos nuestro difícil.

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Esas pequeñas decisiones


Según una publicación de la agencia de comunicación BestRelations, hemos visto en los últimos años el surgimiento de la generación hit, “cuya forma de relacionarse con el contenido es de manera superficial, rápida y efímera, lo que les convierte en depredadores de vídeos, noticias, memes o tweets”.

Si bien esto refleja un comportamiento en cuanto al consumo de la información, cada vez más este hábito permea a otros ámbitos de nuestras vidas, haciéndonos perder interés por aquello que implique algo profundo, lento y permanente. Se nos hace cada vez más difícil aplicar el principio de la siembra y la cosecha, nos impacientan los procesos, echar raíces y todo aquello que implique tiempo, dolor, mucha atención y disciplina. Principalmente, nos cuesta estar quietos, escuchar y trabajar pensando en el largo plazo.

Se trate de una empresa, de un emprendimiento, de una relación, o de algún desafío que tengamos por delante, debemos comprender que los verdaderos cambios no son producto de un gran evento, de una conferencia o de una solución mágica, sino de una concatenación de pequeñas decisiones cotidianas.

Pasa que nos distraemos en el ímpetu inicial, en las fuertes emociones, en el “discurso de campaña”. Al igual que en un matrimonio, hay mucha atención al día de la boda, al corto plazo, a la luna de miel, al brindis, a los flashes; pero lo que verdaderamente importa son todos los días que vendrán después durante la convivencia, cuando nadie nos ve. Esos otros días en donde no hay glamour; esos días de disciplina, de decisión, de coraje, esos son los ladrillos que sustentan la casa. Lo más relevante es el proceso, allí debemos enfocar nuestra energía, porque de su matriz salen los más profundos cambios y hábitos para todo lo que emprendamos.

Ojo, no siempre encontraremos la adrenalina y el estímulo para perseverar en algo. La disciplina no es atractiva en sí misma. Pero como diría John Ortberg: “La vida no se trata de las emociones que sentimos, sino del carácter que cultivamos”.

La velocidad y el placer son dos aspectos ponderados de nuestros tiempos pero no son buenos amigos de los procesos y de la profundidad. La madurez no está lista con 1 minuto en el microondas. No queremos pasar por la etapa del dolor, pero es el dolor el que nos lleva a los beneficios del largo plazo. Como diría el genial Dr. Henry Cloud: “La disciplina antes que la fuerza y la inversión antes que el retorno”.

Vamos a ver auténticas transformaciones si entendemos el principio del largo plazo: es un día a la vez, una comida a la vez, una conversación a la vez, un tratamiento a la vez, un viaje a la vez, una reunión a la vez, un riesgo a la vez, un libro a la vez, una venta a la vez, un kilogramo a la vez, una batalla a la vez, un kilómetro a la vez.

No es un evento aislado, no es un atajo, no es una pastilla, ni una fórmula instantánea, es una suma de decisiones muy compenetradas en el tiempo las que nos llevarán a los cambios verdaderos que buscamos.

Pablo escribió en su carta a Timoteo en sus últimos días de vida: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel”. ¿Podremos nosotros decir lo mismo? ¿Hemos entregado todo cada día? ¿Hemos salido de las trincheras a pelear por algo que vale la pena? ¿Hemos perseverado hasta terminar algo? ¿Nos hemos mantenido fieles más allá de las circunstancias externas? ¿Hemos resistido la tentación de lo efímero y lo superficial? Son esas decisiones diarias las que determinan el curso de nuestras empresas… y sin darnos cuenta, de nuestras vidas mismas.

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Besando la suciedad


Una vez leí una historia sobre un colegio en Oregon que afrontó un problema bastante peculiar. Muchas de las estudiantes empezaron a usar lápiz labial, se lo ponían en el baño y luego de untárselo besaban el espejo dejando docenas de marcas de labios. Cansada de pedir que esta práctica se detuviera, la directora del colegio decidió reunir a las estudiantes en el baño junto con el encargado de limpieza. Les explicó a las alumnas lo mucho que le costaba a este señor limpiar todos los días los rastros de labial en el espejo. Para hacerlo más visible, pidió al encargado que hiciese la limpieza delante de ellas.

Hago un stop a la historia allí para resaltar un punto: lamentablemente cuando somos tentados no nos damos cuenta del potencial daño que podemos ocasionar en nosotros mismos y en terceros. Nos sentimos fuertemente atraídos, obnubilados y débiles frente a esta oportunidad que tenemos. Pensamos en el gran placer a corto plazo y no en la consecuencia que tendrá ni el perjuicio que vendrá.

Santiago 1:14 ya nos advierte: “La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran”.

Por eso es tan fácil sucumbir, porque la tentación conoce nuestra debilidad. Somos atraídos por algo que nos llama la atención, somos atacados en el área más débil, donde nuestra curiosidad es gigantesca.

No sucumbimos en áreas en la que somos seguros y fuertes. No. En esa guerra ganamos una medalla de honor. Pero cuando somos tentados el que está en el frente de batalla no es el mejor soldado, sino el más débil, al que le falta vigor, fuerza e inteligencia.

Por eso muchas batallas se pierden, familias se separan, empresas quiebran, la confianza se esfuma, o personas destruyen su propia salud. Subestimamos al enemigo, no somos conscientes de lo poderosa que es la seducción del mal que, por supuesto, nos muestra su cara más linda al comienzo.

El alma humana es similar a una estatua en este sentido, “… si bien algunas de sus partes serán tan fuertes como el hierro, otras serán tan débiles como el barro” (Daniel 2:42). Tenemos que admitir que hay áreas en las que somos débiles, somos barro y propensos a errar.

Nadie se salva de ser tentado. “… Las tentaciones son inevitables”, dice Mateo 18:7.

¿Qué hacemos entonces para defender nuestros valores y practicar verdaderamente una fe íntegra, que no se resquebraje ante la provocación del mal? ¿Cómo tener un blindaje? Dejemos que estas palabras calen hondo en nuestros corazones:

“Velen y oren para que no entren en tentación…”, Marcos 14:38. “¿Por qué duermen? -les preguntó- Levántense y oren para que no cedan ante la tentación”, Lucas 22:46. “Él da… fortaleza a los débiles”, Isaías 40:29. “Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad”, 2 Corintios 12:9. Jesús “…comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, sin embargo, él nunca pecó”, Hebreros 4:15. “… Cuando sean tentados, él les mostrará una salida, para que puedan resistir”, 1 Corintios 10:13.  “Dios bendice a los que soportan con paciencia las pruebas y las tentaciones, porque después de superarlas, recibirán la corona de vida que Dios ha prometido a quienes lo aman”, Santiago 1:12. Necesitamos reconocer dos cosas: que no podemos solos, Dios debe hacerse fuerte en nosotros, y que la tentación es atractiva pero su final es perjudicial.

Volviendo a la historia del inicio. La directora pidió al hombre que limpiara frente a las alumnas los rastros de labial que éstas habían dejado. El encargado de limpieza tomó un cepillo largo, lo introdujo en el agua del inodoro y luego restregó el espejo. Las alumnas miraron espantadas. Desde entonces nunca más se registró otro caso como éste en aquel colegio. ¿Moraleja? Si al sucumbir ante la tentación tan sólo pudiéramos ver la verdadera suciedad que estamos besando, no volveríamos a ceder nunca más.

Publicado en Apuntes de aprendiz

¿Creados para un edificio?


Génesis relata que el ser humano fue creado y puesto en un jardín, no para estar encerrado en un edificio. Su mayor deleite proviene de su contacto con la naturaleza, no de su altura en los rascacielos. La ciudad misma está diseñada acorde a la premisa de que “Todo se trata de nosotros”. La naturaleza, por su lado, grita “Todo es para Dios”, y hace añicos nuestro orgullo y aparente superioridad.

Mientras más “procesemos” los alimentos, las experiencias, los lugares de trabajo, las relaciones, más nos alejamos de su estado natural. A veces no nos damos cuenta pero estamos rodeados de plantas ficticias, luz artificial, aire acondicionado, comida chatarra, café de máquina, comunicaciones cibernéticas y paredes, muchas paredes. 

¿No será por eso que nos sentimos renovados cuando respiramos aire puro, cuando nos pega la luz del sol en el cachete, cuando fijamos nuestra mirada en el firmamento, cuando saboreamos comida casera, cuando alguien nos abraza?

Cada vez más edificios y más encerramiento. Más apuro, más tareas, más ruido, más soledad. Más enfermedades causadas por el estilo de vida y no por los genes. 

Ojo, esta no es una oda a dejar nuestras oficinas y vivir de mochileros contemplando el mundo; es simplemente una intención de buscar el equilibrio y de incubar la pregunta: ¿De qué nos estamos perdiendo cada día? 

No se trata de salir de vacaciones, se trata de un ejercicio diario de estar conscientes de la magnitud de Dios, de recargarnos de la belleza, de aliviar el estrés, la sobrecarga, las exigencias. Para los que vivimos en la ciudad, rodeados de concreto, esto puede ser agotante.Para los que viven rodeados de naturaleza, aprovéchenlo, porque es un privilegio. Por lo menos una vez al día, salgamos al aire libre. Y promovamos este tipo de espacios y actividades en nuestras empresas. Recordemos el Edén. Porque, lo admitamos o no, algo dentro de nosotros se apaga cada día cuando no nos renovamos ni acudimos a esa fuente original. Así que, busquemos espacios verdes, aire libre, actividad sana, conexiones y paisaje.

A veces miramos este planeta y parece estar tan arruinado, como si fuese que alguna vez fue algo perfecto del que ya quedan sólo vestigios. No obstante, esos mismos rastros todavía guían a la fuente. No renunciemos a lo trascendental por débiles sustitutos. Que lo primero del día sea abrir la ventana, no revisar el celular.

Es que tanto lo natural como lo sobrenatural pertenecen a Dios. Al séptimo día de la creación él descansó, vio todo lo que había creado y le pareció bueno, muy bueno.“Tendemos a confinar lo sagrado a un lugar cerrado”, escribe Philip Yancey. ¿Cómo podríamos hacer semejante separación? A través de la creación podemos dar un “Gloria a Dios”, no apartados de ella.

Hay Alguien a quien no podemos reducir, ni cuantificar, ni meterlo en una calculadora o una planilla Excel. Hay Alguien demasiado grande para entender de una vez. Somos expertos en saber cómo funcionan las cosas que él creó, pero no sabemos por qué. Estar ahí afuera, nos da pistas. “Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento despliega la destreza de sus manos. Día tras día no cesan de hablar; noche tras noche lo dan a conocer”, Salmo 19:1-2.

Abramos la ventana.