Publicado en Apuntes de aprendiz

3 cosas que un taller sobre plantas me enseñó sobre la vida


Las mujeres en mi familia siempre han sido expertas en plantas: mi abuela, mi mamá, mis tías… hasta que yo rompí la tradición 🤦🏻‍♀️ (siempre está la divergente, ¿cierto?) Resulté ser una analfabeta en botánica y jardinería. De hecho, ostento el récord Guinness familiar de la mayor cantidad de plantas secadas. Pero, este fin de semana me arrojó un rayo de esperanza.

Como ayer Naru iba a aprender sobre plantas empezó a llover, obviamente. Todo el escenario confabuló para cancelar, seguir durmiendo y aceptar mi destino poco promisorio. Aún así, junto a una amiga nos trasladamos hasta un vivero especializado en plantas raras, tropicales, suculentas y cactus, en las afueras de la ciudad. Asistimos a un taller organizado por Plants Alive! (especialistas desde 1975 en USA). Esta experiencia no sólo me ayudó a reconstruir mi demolida autoestima 😅 y me brindó orientaciones prácticas, sino que también me hizo ver con claridad tres lecciones de vida.

Es posible recuperarse de una difícil temporada

Al igual que las plantas, todos atravesamos periodos donde no recibimos los nutrientes y elementos esenciales de nuestro entorno. Algunos de maneras más bruscas y prolongadas que otros, lo que agrava la situación.

Nuestra raíz –oculta a la vista– muere un poquito cada día en silencio, hasta que se hace notorio ante todos: perdemos nuestro color, se nos caen las hojas y nuestra vitalidad se apaga.

En mi experiencia, cada vez que veía a una planta secarse me entristecía saber que llegaba su final. Sin embargo, con el taller aprendí que si aplicamos las medidas curativas correctas las plantas se pueden recuperar, porque su raíz es más fuerte de lo que creemos.

Aunque la superficie nos diga “Esto está muerto”, una planta puede ser increíblemente resiliente, y un ser humano sin dudar. Puede que la mejoría lleve unos días, semanas, meses o más, aún así es temporal, no el veredicto final. Esa vida sanará.

El lugar de origen da pistas sobre lo que nos hará bien

Estábamos en una rondita grupal dentro del espacioso vivero escuchando al instructor Jeff Kushner ilustrarnos sobre los principios de transplantar, sobre nutrientes, fertilizantes, fotosíntesis, ósmosis, etc., en compañía de participantes experimentados, cuando de pronto me miró y me preguntó sobre mi planta.

*Silencio seguido por leve pánico escénico*

Como absoluta principiante quise enterrarme de la vergüenza. Pero, alentada por mi amiga (genia en plantas) me asinceré y le confesé a Jeff que tenía una Snake Plant (conocida también como “lengua de suegra” 👅) y le pedí que me oriente en “Cómo no matar mi planta”. Jeff sonrió por mi expresión y, con sabiduría y aplomo por sus décadas de experiencia, me respondió: “Cuando quieres entender qué le hará mejor a una planta pregúntate sobre su origen. ¿De dónde es la Snake Plant? Es de hábitats tropicales, por ejemplo en Aruba crecen en la playa, a sol pleno”.

Obviamente estaba esperando una respuesta bien práctica como “Riégala tantos días al mes y no la expongas directo al sol”, pero no eso que me dijo. Inmediatamente pensé en cuando los seres humanos somos “transplantados” a nuevos entornos y nos quitan de «nuestra maceta», lejos de nuestra esencia y de la luz y los estímulos que necesitamos (como en mi caso que me mudé de país a principios de año).

Para recuperarnos cabe preguntarnos: “¿En qué tipo de ambiente florezco? ¿Y en cuáles me marchito? ¿Qué me nutre para estar saludable y fructífera?”. Nuestro lugar de origen es clave para entender lo que nos hace revivir.

¿Qué te hace sentir vivo/a? ¿Qué pistas hay en tu lugar de origen?

Es instinto, no matemáticas

Me he manejado con fórmulas, reglas y sistemas gran parte de mi vida. Al igual que una receta de comida donde sabés la medida exacta de ingredientes, pensé que con las plantas sería igual: regar “x” cantidad, un día y horario específicos, y ponerlo en un lugar preciso. Sin embargo, al tratarse de un ser vivo y dinámico no funciona exactamente así. No es un cuidado matemático y cabal, sino más bien instintivo, donde tomás decisiones basadas en señales y en observaciones.

Cuando buscás ayudar a una persona no lo hacés como algo mecánico, con un checklist genérico bajo la manga. Lo hacés prestando cuidadosa atención, entrando en contacto y tocando su tierra. Ningún ser humano es igual a otro, así como ninguna planta es repetida en serie como en una fábrica de ensamblaje. Estamos hablando de una creación original.

Como con una planta, no invadís; no la ahogás con agua, no la quitás abruptamente al sol; la respetás, a veces la dejás tranquila y en paz por semanas porque necesita espacio para recuperarse de los eventos traumáticos que ha atravesado; pero a la vez sabés cuándo acercarte, darle asistencia y delicado cariño.

En suma, sería ingenuo de mi parte pensar que llegaré algún día al nivel de sapiencia botánica de mi linaje familiar. De lo que sí estoy segura es que de ahora en más asumiré los siguientes compromisos: no me rendiré tan fácilmente porque sé que hay una raíz que puede resistir; crearé un microclima donde mis plantas y seres queridos se sientan “en casa”; y dejaré mis fórmulas artificiales de lado para abrir paso a una conexión mucho más empática y natural.

Publicado en Apuntes de aprendiz

Paciencia, es la primera vez


“Nadie hace algo perfecto la primera vez”, le dijo el abuelo Nishi a la niña Shizuku con respecto al cuento que ella había escrito. Como niña sin experiencia, su texto tenía errores. Quedaba todavía un arduo trabajo de edición para que sus palabras llegasen a su mejor versión, así que el anciano la alentó a no darse por vencida.

Recuerdo haber visto esa escena en “Susurros del corazón” [耳をすませば], una película japonesa producida por el Studio Ghibli, con guion del gran Hayao Miyazaki.

Como todo artista, Miyazaki deja huellas personales en sus creaciones. De hecho, un documental de NHK ha captado su proceso creativo al dibujar storyboards y dar vida a sus ideas. Hace trazos, borra, redibuja, pinta, escribe diálogos, los corrige, arruga los papeles y los tira al suelo; vuelva a empezar, borra, escribe de vuelta, coloca sus dibujos en la pared, los contempla, suspira, sale a pasear, retorna a su estudio, dibuja más, se arrepiente, borra, empieza de nuevo, encuentra la idea, la pule una y otra vez, escena por escena, hasta que termina con magia plasmada en un papel.

Muchos no se enteran de los entretelones, sólo de la obra maestra que llega a la gran pantalla.

La verdad es que la primera vez es difícil. Sea con una actividad o con el desarrollo de una idea. Nos adentramos a terreno desconocido. Oscilamos entre la inseguridad y la valentía. Cuando finalmente nos arriesgamos y ponemos «ahí afuera» el proyecto o ejecutamos el movimiento nos damos cuenta de que tiene fallas.

Lo peor es que muchas veces nos toca «fracasar en público». Nos tienta renunciar y escondernos. Tomamos las falencias temporales propias del amateur como una identidad permanente.

Lo que a mí me ayuda en mi proceso de aprendiz es el siguiente pensamiento:

«La primera vez que haga algo probablemente me saldrá mal. No debo descorazonarme. Me voy a equivocar y me van a criticar por eso. Aún así, debo regresar, porque es en la segunda, tercera y cuarta vez que la magia surge y la excelencia se abre paso».

La primera vez nos raspamos la rodilla, nos perdemos, titulamos mal, somos aburridos, copiamos a otros por inseguros, tocamos la tecla equivocada, somos lentos, tartamudeamos, erramos el tiro, y quemamos la comida.

Paciencia. Igual que Miyazaki, colguemos el storyboard en la pared y miremos qué podemos pulir. Seamos abiertos a los buenos consejeros. Escuchemos sobre nuestros puntos ciegos. Volvamos al lugar y al archivo del error, no para practicar una autopsia condenatoria, sino para tomar una decisión que devuelva la vida al proceso.

El raspón sanará, el error se corregirá, la experiencia nos fortalecerá, la comida tendrá sabor, nuestra creación se llenará de color. Pero para ver eso necesitamos regresar a lo que al inicio nos generó vergüenza y dolor. Porque es en la corrección y la edición donde se forja lo mejor. Ánimo, «nadie hace algo perfecto la primera vez”.

Publicado en Apuntes de aprendiz

Avanzar un nivel a la vez para ganar


Hay lecciones que los juegos nos pueden enseñar, que si las aplicamos nos van a potenciar. 

Para empezar: en la vida debemos trazarnos NIVELES o nos vamos a desmotivar. No se salta del paso 1 al 20 así nada más. Si nos ponemos una meta muy ambiciosa corremos el riesgo de fallar y sentir que nos golpeamos contra una barrera imposible de atravesar. Entonces definir niveles y avances constantes es lo ideal. 

La experiencia a veces puede abrumar. Tanto por aprender, resolver y descifrar, a un ritmo de shinkansen a 300 km/h (sin parar).

Sin embargo, no debo perder de vista que para ganar hay que ARRIESGAR, y eso implica que capaz no todo salga acorde al plan. Pero es allí donde aprendemos a desarrollar creatividad, soluciones diferentes y conocimientos que la pérdida nos ayudará a vislumbrar. Paciencia. No se crece en un mes lo que lleva un año desarrollar.

Subir de nivel no se da gratis, no es fruto del azar. Detrás hay luchadores esforzados, que fueron forjados en los días de rechazo.

Pero un día vendrá donde subiremos de nivel y el músculo estará fuerte para avanzar. Cuando eso ocurra nos debemos RECOMPENSAR, porque no sólo vale la medalla en el pecho sino todas las victorias previas que nos permitieron llegar. 

Tendremos logros bien públicos que las personas aplaudirán, pero no nos olvidemos que la matriz de eso estuvo en esos días que respiramos hondo y dijimos: «Voy a intentar, una vez más».

Por último, juguemos A GANAR. No dejemos que las distracciones del camino nos hagan perder de vista la meta real. Vencer nuestros miedos. Pelear contra el mal. Y saber que cada nivel es una oportunidad para servir a los demás.

Vamos por niveles, vamos celebrando los avances y enfocados hasta el final. 

Publicado en Apuntes de aprendiz, Películas

Ese peligroso sofá


¿Estás cansado/a? Todos necesitamos tiempo de respiro y quietud, donde escapemos de la constante demanda por producir resultados con fechas límites. Es sano que tras temporadas exigentes necesitemos parar.

Pero nos empezamos a deslizar en un terreno peligroso cuando transcurrido un buen tiempo recurrimos una y otra vez “al sofá”; cuando nuestra mente busca más la comodidad que la aventura; cuando queremos reducir al mínimo los desafíos para desparramarnos entre almohadones de seguridad y confort. 

Lo más dañino a veces no termina siendo lo que hacemos desde ese sofá, sino lo que dejamos de hacer. John Ortberg, en su libro “Cuando el juego termina todo regresa a la caja”, tiene las palabras exactas para describirlo:

Se trata de lo que uno no hace, las relaciones que nunca se profundizan, las personas necesitadas a las que nunca servimos… nunca llegamos a verlas siquiera. Son las oraciones maravillosas que nunca elevamos, los pensamientos nobles que nunca pensamos, las aventuras que nunca emprendimos. Son las carreras que nunca corremos y las batallas que nunca peleamos, las risas que no reímos y las lágrimas que no derramamos. 

Ese sofá puede matar nuestro potencial. Todo cambio implica acción y mucha movilidad.  Es fácil esperar que las cosas se hagan y solucionen por nosotros, cuando en realidad se podrían realizar por medio de nosotros. No estamos llamados a vegetar y aceptar pasivamente “el destino”. Tenemos agencia para generar pequeñas y grandes revoluciones en nuestros hogares, empresas, organizaciones y espacios de liderazgo.  

En mi descanso de vacaciones volví a ver la trilogía de “El Hobbit”, cuya historia parte de los libros del fantástico J.R.R. Tolkien. En esta historia se describe la vida aparentemente perfecta de Bilbo Bolsón. Allí estaba él, en su hogar [el agujero-hobbit], cómodo, próspero y tranquilo, rodeado de prados en la Comarca. Con su té y sus panes, su chimenea, su rutina inalterable y “su sofá”. Hasta que llega el mago Gandalf con una misión que daría vuelta su mundo: acompañar a un grupo de enanos e ir en busca del tesoro custodiado por el temible dragón Smaug en la Montaña Solitaria.

El argumento de Gandalf para convencer a Bilbo es impresionante: “En esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra. Las espadas están aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes; y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos”.  

Eso despierta algo en Bilbo (su potencial dormido), y se embarca al desafío que transformaría su historia (y el de la Tierra Media).

Sad The Lord Of The Rings GIF - Find & Share on GIPHY

¿Qué se deja de hacer cuando nos recostamos en el sofá? ¿Qué se apaga? ¿Qué se entierra? ¿Qué se deja de decir? ¿Qué se pierde? Descansemos si nos encontramos agotados, pero una vez que recobremos fuerzas saltemos de ese sofá para ser activos protagonistas donde más se nos necesite. 

Publicado en Apuntes de aprendiz

Modo contrastado de vivir


Son días de altos contrastes. Mientras en ciertos lugares se celebra una recuperación, en otros se llora una muerte. Vemos héroes y también traidores. Hay donaciones y hay robos. Están las manos que ayudan en casa y están los puños que golpean. Es un tiempo de obediencia y desacato. 

Abunda el desempleo y también la sobrecarga de trabajo. Algunos tenemos hambre y otros sobrepeso. Triunfa el amor o se apodera el odio. Hay rapidez y una desesperante lentitud. Algunos estamos en compañía y otros en soledad. Se revela la sabiduría y también la estupidez humana.  

En 1859 Charles Dickens en su novela Historia de dos ciudades, escribió una de las introducciones más famosas de la literatura, que bien podría retratar nuestra situación actual: 

“Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada…”.  

¿No abrís los ojos algunas mañanas profundamente agradecido, y otros con angustia? ¿No sentís abundancia y pérdida en la misma jornada? Somos un vaivén de emociones. Algunos de nuestros días transcurren con una calma similar a la de una piedra que reposa en el fondo de un arroyo; otros se sienten como una catarata de preocupación. Un tweet nos da tranquilidad y al día siguiente otro nos provoca insomnio. 

La crisis sólo hace que la brecha sea aún más grande. ¿Cómo navegamos en medio de ello? Tendremos que aprender a convivir con estos contrastes. Nos abrirán los ojos como nunca antes. En diseño gráfico el contraste es muy importante, y se produce cuando juntamos dos elementos bien diferentes. Mientras mayor sea esa diferencia mayor será el contraste. ¿Para qué sirve esto? Para dar claridad a nuestro diseño y orientar hacia el foco de la composición, que es donde se supone que debemos mirar.

El contraste nos dará claridad para saber dónde poner nuestro enfoque. Experimentaremos dolor y será tan agudo pero hará que la alegría sea aún más anhelada. Aprenderemos lo que es ser obedientes cuando la tentación por incumplir sea enorme. Forjaremos valentía cuando todo nuestro ser quiera salir corriendo. Conoceremos lo fuertes que somos al soportar cargas que preferiríamos nunca llevar. Respiraremos profundo cuando seamos conscientes de que el oxígeno nos puede faltar. Valoraremos la familia cuando no haya nadie que nos pueda cuidar. En la quiebra sabremos que el emprender se trata de perseverar, no de empezar.  

 “Teníamos todo. Hoy no tenemos nada”. ¿Qué se puede gestar entre medio de la luz y la oscuridad? ¿Entre la fe y la incredulidad? ¿Qué vamos a mirar, Paraguay? ¿Dónde nos vamos a enfocar? La pregunta que quiero dejarte retumbando es: en días de altos contrastes, ¿qué elemento va a dominar?  

Publicado en Apuntes de aprendiz

Una chispa


Un gran caballo va adonde queramos con tan sólo un freno en su boca. Un enorme barco cambia su rumbo cuando el capitán da un giro desde su timón. De igual manera las palabras que salen de nuestra lengua pueden dominar destinos. 

Si pensamos en proporciones, una brida es insignificante considerando la anatomía de un caballo. Un timón es diminuto al lado de la infraestructura de un barco. Y la lengua apenas es un miembro de 10 centímetros en el cuerpo humano. Todos de medidas ínfimas pero de GRAN INFLUENCIA.  

Las palabras que salen de nuestra lengua pesan. Podemos arruinar nuestra reputación y la de alguien más. Podemos movilizar con un discurso a millones de personas para el bien, o enfurecerlas. Podemos destrozar a alguien y ni siquiera estar en la misma habitación; o levantarle de su desánimo sin necesidad de tocarle. Todo eso usando nuestra lengua. 

Dice Santiago 3:5-6 que “… una sola chispa puede incendiar todo un bosque. Y la lengua es una llama de fuego”.

Somos poderosos. Muy poderosos. A veces podemos hacer más daño con la lengua que con cualquier otra parte de nuestro cuerpo. A un colega, a un hijo, a un padre o una madre, a un hermano, a un compatriota, a un prójimo, a miles.

Es irónico cómo el ser humano logró dominar prácticamente todo, menos su lengua. Nos cuesta tanto. Cientos de siglos atrás Santiago sabía esto, así que además de advertir sobre el poder de la lengua (amplificado en el siglo XXI por las redes sociales), dejó un consejo corto y contundente: “Sean rápido para escuchar y lentos para hablar”. Ahí está el antídoto. Esa es la forma de prevenir la catástrofe: 

Rápidos para escuchar… lentos para hablar.

Rápidos para escuchar… l e n t o s  p a r a  h a b l a r.

Rápidos para escuchar… l  e  n  t  o  s   p  a  r  a   h  a  b  l  a  r. 

El contexto que atravesamos (estrés, agotamiento acumulado y malestar) es el caldo de cultivo ideal no sólo para tirar una cerilla sino para quitar nuestro lanzallamas, pero seamos conscientes de las consecuencias en quienes nos escuchan y observan, directa e indirectamente. No podremos apagarlo después. Se extiende sin piedad y arrasa a gran velocidad todo lo que hay alrededor. 

Varias de las confusiones, polarizaciones y peleas que causamos en nuestras oficinas, hogares y plataformas de comunicación tienen su raíz en esto: subestimamos el poder de una pequeña chispa.  

Publicado en Apuntes de aprendiz

Espalda con espalda


Un principio mencionado a menudo es: “No vayas a la guerra sin estrategia”. Bueno, lo más cerca que estuve de “ir a la guerra” fue cuando mi hermano me invitó a jugar Airsoft, una actividad deportiva de simulación militar. 

Estando en medio de un caluroso bosque en Areguá, cubriendo la posición asignada por mi líder de misión, escondida detrás de un árbol con mi atuendo y réplica cargada, reflexioné en cómo se habrán sentido los soldados en situaciones reales.

Como el lugar era vasto estuve sola e incomunicada casi una hora, con algún que otro balín cruzado con líneas enemigas, hasta que llegó un compañero y se situó detrás de un tronco. Me miró para chequear si estaba bien, a lo que asentí, e inmediatamente me sentí mejor por su compañía. Luego llegaron otros, incluido el líder. Entonces recibimos la instrucción de que debíamos capturar un maletín ubicado en un pantano para ganar la mayoría de los puntos.  

A pesar de ser debutante en el juego, y de que el enemigo tenía flanqueada esa zona, me ofrecí a hacerlo. No fue una misión suicida, sino que la mayoría del equipo se posicionó detrás de mí y sólo ante la frase de “Tranquila, te cubrimos” fue que me adentré entre camalotes y lodo a quitar el maletín. En segundos que parecieron eternos, todos dispararon sus balines y el rival hizo lo suyo también. Lo que parecía imposible, se logró: la novata capturó el maletín. Ganamos. 

Esta experiencia me recordó a la estrategia que da Eclesiastés 4:12 ante situaciones de riesgo: “Alguien que está solo puede ser atacado y vencido, pero si son dos, se ponen de espalda con espalda y vencen”. 

Todos estos meses se sintieron como un campo de batalla. Cada día fue una resistencia ante embates sin tregua. Si no fue el COVID-19, fueron los cortes de luz o de agua, la sequía, la quiebra, el desempleo, el trabajo 24/7, el aislamiento, el luto, los problemas familiares o de salud mental,… y la lista puede continuar. Con todo, salimos osadamente cuerpo a tierra a recuperar el maletín por el equipo.  

Ese domingo en Areguá me enseñó esto: a la guerra no hay que ir solos, o seremos presa fácil. Necesitamos un pelotón confiable que cubra nuestras espaldas y que nos extienda una mano al caer. 

Necesitamos hablar. Solicitar refuerzo. No hay premio para el que lo contiene todo. ¿Qué mejor que un colega para comprender a otro colega? Esas son conexiones vitales para continuar. Alguna secuela sufrimos y sólo el vínculo con otros nos puede volver a levantar. 

Eclesiastés 4:9-10 sintetiza el mensaje: “Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas”. 

Publicado en Apuntes de aprendiz, Trabajo

Mientras esto termine


Planificamos el 2020 a lo grande, porque no lo vimos venir. No apareció en la matriz de riesgos de ninguna planificación estratégica. Cual ninja sigiloso, entró en nuestro país, en nuestras ciudades, empresas y hogares… hasta que mató planes, uno a uno. Y también vidas. El Covid-19 sigue dejando lecciones a su paso, entre ellas que nuestro futuro es incierto.

“No te jactes del mañana, ya que no sabes lo que el día traerá”, dice Proverbios 27:1. Cuánta sabiduría. Ahora que estamos en pandemia, continuamos diciendo: “Cuando esto termine…”. ¿Tenemos acaso el futuro asegurado? En vez de “cuando esto termine…”, probemos vivir bajo el “mientras esto termine…”. Es todo lo que tenemos. El hoy, 24 horas. Una vuelta de la tierra alrededor de su eje.

“Mañana”, respondemos de vuelta. Entonces empieza la postergación. En Santiago 4:13 encontramos otra exhortación hacia este tipo de mentalidad: “¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma”. 

“Mañana me voy a cuidar”. “Mañana voy a llamar”. “Mañana voy a hacer”. Es bueno ser previsores, tratar de anticipar escenarios y planificar. Pero pretender que tenemos asegurado el futuro es ser necios. Alardear de logros venideros es ser jactanciosos. Y tarde o temprano la vida sabe darnos una lección de humildad (por no decir humillación).

Santiago remata su advertencia y dice: “Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo”. ¿Pensamos que solo la acción ocasiona daños? No. La omisión también. La procrastinación, la demora, el aplazamiento, la tardanza, son todas decisiones a evitar. 

¿Cuántas veces dijimos “mañana lo hago” y pasaron 5, 10, y hasta 20 años? Así funciona la dilación: da la falsa sensación de que tu futuro está asegurado, cuando lo que verdaderamente hace es darle sepulcro a las oportunidades. Muchos de los escenarios que vemos hoy son el resultado de la postergación de años, de cientos de excusas apilonadas bajo la carpeta del “algún día”. 

Problemas externos hay, incluido un virus persistente. Sin embargo, la batalla más importante se pelea internamente. El éxito aterriza en los hogares y las empresas de aquellos que hacen hoy lo que otros están pensando hacer mañana. Son los que escogen como narrativa el “mientras esto termine” y abrazan la humildad, la tenacidad y el sentido de urgencia. 

Es hoy. El cuidado es hoy. No cuando las cosas empeoren. Hacer lo correcto y lo bueno es para este día, no para cuando la pandemia acabe. Aquello que podamos controlar, hagámoslo. Sin retrasos, sin excusas. Si necesitamos reconciliarnos con familiares, si necesitamos darle una vuelta de timón a nuestro emprendimiento, si nuestro cuerpo necesita ser mejor alimentado, si debemos tomar precauciones… entonces es este el día. El mañana no está garantizado. No nos jactemos. Somos niebla.