Publicado en Viajes aleccionadores

La pieza del rompecabezas


“¡Mucho gusto! Mi nombre es Narumi Akita”

“¿Cómo?”

“Na – ru – mi”

“Aaah, ¿y de dónde es tu nombre?”

“Es japonés”.

“¿Y hablás japonés?”

“No, lastimosamente”.

“¿Y ya te fuiste a Japón?”

“No, tampoco”.

*Breve silencio, seguido de una sonrisa incómoda*

_________

Fueron años y años de responder de la misma manera cada vez que conocía a alguien por primera vez. Hasta llegué a la conclusión de que mi destino era ser puro nombre. Es que no es fácil tener un nombre oriental, ojos rasgados y no “hacerles justicia”.

Un poco de antecedentes…

Para quienes no me conocen, nací en Asunción; mi papá es japonés, mi mamá es paraguaya. Su matrimonio duró poco. Se separaron cuando yo cumplí 2. Me crié 100% con mi familia materna. Debido al difícil contexto que envolvió la separación de mis padres, no pude compartir con mi familia japonesa como lo hubiese deseado.

Además de eso, mi abuelo Kaoru falleció cuando yo tenía 4 años por lo que casi no compartí con él. Y si bien mi abuela Yuuki vivió hasta los 95 sólo tuve la oportunidad de verla en contadas ocasiones a través del tiempo. Aún así el amor de mi Obaachan me cautivó profundamente el corazón.

Dadas estas circunstancias, crecí sin una gran pieza en el rompecabezas de mi identidad; con muchas preguntas sin respuesta; con curiosidad por la historia de mi familia; con mucho amor acumulado y sin entregar; con vergüenza y timidez de involucrarme en la comunidad de descendientes japoneses; y extrañando algo que nunca tuve.

Hay quienes tienen bisabuelos, abuelos o padres de otras nacionalidades pero nunca sintieron la necesidad de hurgar más en su ascendencia. Ese no es mi caso. Yo siempre tuve interés y añoranza por Japón, sobre todo al ser una descendiente tan directa. Pero la vida me llevó por otro camino, donde me tocó mirar “desde la distancia”, sin conocer incluso los detalles básicos de cómo y por qué fue que décadas atrás mis abuelos, junto a mi papá y mi tío, cruzaron océanos en barco desde la Prefectura de Kochi hasta llegar a Paraguay.

La intranquilidad

Así crecí, criada y amada por mi familia paraguaya, con un anhelo silencioso por mi lado Akita-Yamawaki. Hasta que dos acontecimientos lo cambiaron todo: una visita y una frase.

La visita

Era el 2016 y ya habían pasado 15 años desde que yo no veía a mi abuela japonesa. Hay detalles que prefiero guardarlos, pero la cuestión es que sentí una intranquilidad del cielo en mi corazón que me decía: “Es tiempo, Naru. Tenés que visitar a tu abuela. Armate de valor, pasá por encima de toda incomodidad y llegá hasta ella para decirle cuánto la extrañaste todo este tiempo y que la amás. Esta puede ser tu última oportunidad”. Fue así que la visité en su casa en Paraguay, junto con mi hermano… y fue increíble. Si bien ya estaba muy anciana, su sonrisa y sus ojos de amor eran los mismos que recordaba. Sus primeras palabras fueron en japonés en medio de sollozos, y yo no las entendí pero sé que significaron algo especial.

Compartimos una tarde que atesoraré por siempre y que efectivamente fue mi última oportunidad

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La frase

En noviembre de 2017 una amiga me invitó a cenar en su casa por motivo del “Día de acción de gracias” [Thanksgiving], un feriado tradicionalmente americano que su familia tiene la genial costumbre de celebrar cada año, aunque estemos en Paraguay.

Intercambié una conversación con su padre, la cual inició previsiblemente:

“¿Y hablás japonés?”

“No, lastimosamente”.

“¿Y ya te fuiste a Japón?”

“No, tampoco”.

Y allí el Sr. Chihan me respondió de una forma que me sorprendió totalmente:

Cuando llegue el momento en el que bajes del avión y pongas un pie en Japón… tu sangre lo va a saber”.

Él -descendiente sirio- sabía de lo que me estaba hablando. Tuvo una experiencia personal que le daba la suficiente credibilidad para expresar con convicción esas palabras.

Esa frase me persiguió por meses y una vez más sentí una intranquilidad del cielo.

Para que no duela tanto

“No me permitiré sentir”: ese es el mecanismo de defensa que utilizamos sin darnos cuenta cuando hay temas que preferimos evadir, porque son dolorosos, enigmáticos o difíciles de abordar. Y eso representaba para mí el acercarme a mis raíces orientales.

No era sólo ponerme de meta hablar el idioma o conocer el país, sino destapar recuerdos de la niñez; tratar de comprender la mentalidad japonesa. Era también viajar al otro lado del mundo a una cultura tan diferente, sin saber lo que iba a generar en mí, construir mi confianza y dignidad como nikkei, y descubrir mi árbol genealógico con sus luces y sombras.

Pero esa visita a mi abuela y esa frase fueron la llave en mis manos para abrir una puerta transformadora para mi vida.

… tu sangre lo va a saber”.

Así empecé una reflexión interna con pensamientos como estos: “Tu sangre nunca te abandonó; tu sangre tiene memoria; tu sangre te da las credenciales. No existe tal cosa como ‘puro nombre’, esa es una invención de tu mente para alejarte de algo que hace años te está llamando. Por tus venas no sólo corre un líquido color rojo, corre un legado familiar. No naciste de casualidad siendo mestiza. No niegues tu sangre sólo porque te duele el pasado y te genera incertidumbre hacia el futuro. Una tierra ancestral te está esperando. No será fácil. Esta inquietud nunca se irá hasta que te animes a cruzar esos 18.000 kilómetros de distancia y descubrir qué tiene Japón por revelarte”.

Y me determiné…

Meses después de estar intranquila, supe que debía hacer algo al respecto. Mi primer paso fue empezar a estudiar japonés de forma particular con una maestra japonesa. Además del idioma con sus tres alfabetos (hiragana, katakana y kanji), las clases también incluyeron recetas de comidas, origami, historia y cultura. Y se fue despertando algo en mí que lo tenía anestesiado por años. Cada clase con mi profesora me revitalizaba más y me sentía desafiada. Hasta me puse de meta ir a las Olimpiadas de Tokyo 2020, con una determinación de fierro para ahorrar. 

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Entonces…

Un mes después de iniciadas las clases, me avisan sobre la apertura de postulación de una beca para nikkeis latinoamericanos por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón -a través de la Embajada de Japón en Paraguay- para un viaje de 10 días. El objetivo era conocer lo máximo posible sobre Japón para que a la vuelta a su país, cada nikkei difunda la cultura y los aprendizajes, a través de sus habilidades comunicacionales.

Soy comunicadora de profesión y nissei (segunda generación), así que reunía los requisitos fundamentales. Me postulé y presenté todos los documentos requeridos, entre ellos un ensayo titulado “Japón tiene una pieza de mi rompecabezas”, respondiendo a la pregunta de por qué me estaba postulando. Fue un escrito muy sincero y a la vez arriesgado. No obstante, si me elegían quería que sepan exactamente a qué nikkei le estaban dando la oportunidad de conocer Japón. 

El programa incluía visitas de cortesía al Palacio Imperial junto a los príncipes y reuniones con autoridades del gobierno japonés; reuniones informativas con representantes del Ministerio de Asuntos Exteriores; charlas con intelectuales externos; visitas a museos, sitios históricos y bellos por su naturaleza, varios templos, restaurantes típicos, prefecturas hacia el norte afectadas por el tsunami del 2011, una fábrica de sake, reuniones con voluntarios de JICA, entre otras actividades.

En medio de la ansiosa espera de saber si me elegían para la beca o no, a fines de agosto recibí la noticia de que mi Obaachan se nos fue.

Con tristeza fuimos a su funeral un día lunes junto con mi hermano. Y allí se dio algo que no esperaba: mi papá nos presentó a su primo -el sobrino de mi abuela- quien había venido de Japón por una semana. Su nombre: Toshifumi Yamawaki (el apellido de soltera de mi abuela). Intercambiamos una breve conversación y le comenté que de quedar seleccionada, dos semanas después, estaría viajando a Tokyo becada.

Como si fuese una montaña rusa de emociones, el miércoles de esa misma semana me llamaron desde el Consulado de la Embajada de Japón: “Hola Narumi. Tengo buenas noticias que darte…” decía la voz al otro lado del teléfono. 

Me habían seleccionado. A mí, ¡la puro nombre! De esa manera me uniría a otros 14 nikkeis de Latinoamérica, que habían competido entre cientos de postulantes.

No podía creerlo. A menos de dos meses de haberme determinado en aprender japonés e ir a Japón, todas las puertas se estaban abriendo. Pero aún quedaba una más por abrirse, una trascendental.

El domingo de esa misma semana fui a despedirle al tío Toshifumi al aeropuerto y acordamos que me quedaría 5 días más en Japón al terminar el programa, de modo a conocer más mis raíces familiares. Este hecho marcó la diferencia en mi viaje.

“Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana…”

Valiéndome de George Lucas y Star Wars, así parecía Japón para mí. A pesar de la globalización, de Internet y de la experiencia de haber viajado a más de 40 ciudades de América Latina, Europa y África, seguía pensando en que conocer la tierra de mis antepasados era una posibilidad “…muy, muy lejana”. Y a la vez tan fascinantemente diferente: en historia, en cultura, en comida, en geografía, en idioma, en religión, en vestimenta, en interacción social, en el trabajo. Lo más cerca de Japón que siempre estuve era cada vez que iba a almorzar o cenar en mi restaurante preferido Hiroshima.

Menciono eso para que puedan dimensionar que luego de tantos años de añoranza, mis pies finalmente iban a llegar al país del sol naciente. Y eso que comparado con otros nikkeis, soy relativamente joven. Hay quienes esperan viajar toda su vida. Así que eso me ayuda a valorar aún más la experiencia y no darla por sentado.

Muchas veces tuve que refregarme los ojos al mirar mi ticket de avión.

En mi casa celebraron la noticia y entendieron que se trataba de un proceso sumamente necesario para mí. Mi maestra de japonés esbozó la sonrisa más grande del mundo al enterarse. “Plan de Dios”, me dijo. “¿Por qué ahora sale todo junto?”, le pregunté, refiriéndome a estudiar el idioma, a la beca y el conocer al tío. Y me respondió:

Porque hay un propósito, Narumi-san”.

Cómo llegué

Transcurrieron las dos semanas luego del funeral de mi abuela y llegó la fecha del viaje. Fueron 40 horas entre conexiones y vuelos a São Paulo, Ámsterdam y luego Tokyo. Y me fui al futuro con 12 horas de diferencia con Paraguay.

Gracias a la tecnología hoy podemos ver en las pantallas frente a nuestros asientos el mapa de vuelo y saber cuánto tiempo y cuántas millas faltan para llegar a destino. En vez de ver alguna película, cada tanto yo miraba qué tan cerca ya estaba del archipiélago de islas. Y cuando finalmente descendimos para aterrizar en el aeropuerto internacional de Narita las piernas me temblaban. “Esto es real. Está sucediendo”, me decía a mí misma. Fue ahí que recordé una vez más la frase del padre de mi amiga: estaba llegando el momento en el que bajaría del avión y pondría los pies en Japón.

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Y lo hice.

Fueron 15 días absolutamente transformadores e inolvidables para mí, por lo que necesitaré de varios posteos para desglosarlos. Créanme, esta experiencia fue intensa, sorprendente y merece ser contada en detalles. Japón me enseñó demasiado. Por eso esta es apenas una introducción, un prólogo de mi historia.

Pero para no dejarles la intriga, les adelanto lo que sentí el día que emprendí el largo regreso a casa.

Cómo me despedí

Estaba sentada en mi asiento con el cinturón puesto. El avión a punto de despegar. En eso siento un nudo en la garganta y que mis ojos se empiezan a humedecer. El rompecabezas encastró y la imagen se completó.

Y, a la par, mientras nos movíamos en la pista, una parte de mi corazón se estaba quedando. Y las lágrimas empezaron a caer por mis cachetes sin poder contenerlas.

Japón ya no era una galaxia muy, muy lejana. Ya no me sentí puro nombre, ya no me sentí una intrusa, ya no me sentí descalificada. Me sentí completa. Me sentí hallada. Me sentí familia.

Continuará…

8 comentarios sobre “La pieza del rompecabezas

  1. Que lindo texto Narumi! Me vi em seus sentimentos quanto ao Japão! Hoje podemos nos considerar um pouco mais orientais e dizermos com alegria e orgulho que já fomos à terra de nossos ancestrais e inclusive conversamos com a família real!
    Foi um prazer lhe conhecer! Abs!!!

    1. ¡Gracias Carlos! Fui muy afortunada en tener unos compañeros tan geniales como ustedes. Eso hizo que la experiencia sea maravillosa e inolvidable. Compartimos mucho en común y hay recuerdos como los de la familia real que serán un hito para nuestras vidas. ¡Eres un ejemplo y un verdadero líder para nuestro grupo! Abrazo grande

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