Todavía tengo muy presente ese día en que obtuve el primer puesto en una competencia de bicis. Era la más pequeña entre todas las competidoras y, por primera vez, ganaba una medalla. No podía creer mi gran hazaña en medio de un frondoso bosque y de caminos embarrados.
Esto formó parte de un festival familiar que se extendió desde la mañana temprano hasta la tarde. Después, volvimos a la ciudad para merendar en la confitería llamada Chantilly. En ese entonces, ir ahí era un lujo para mi familia. De hecho, fue la primera vez que recuerdo haber puesto los pies en ese lugar. Nos acompañaron una pareja amiga de mi mamá y mi tía.
Desde chica aprendí a no pedir lo que deseaba para no incomodar ni molestar (de verdad). Y Chantilly estaba a punto de poner a prueba toda mi fuerza de voluntad. Era el paraíso de las masitas, las tortas y los dulces.
Si cierro los ojos, todavía puedo sentir el frescor del aire acondicionado al entrar, tan contrastado con el calor de la calle; y olfateo el aroma a chocolate caliente y torta recién horneada. Solo eso ya era un regalo.
No sé si me senté primero o si fui directo a la vitrina de las masitas, pero tengo este recuerdo de sentirme embelesada al mirar esa variedad de formas y tamaños. Cuando eso era más baja de estatura (tenía menos de 10 años), por lo que las masitas estaban exactamente frente a mí.
Tengo grabado un detalle: había conejitos de dulce de leche, de chocolate negro y de chocolate blanco. Decenas de ellos. Como había ganado mi medalla en la competencia, me tocaba elegir un 🐰. Así que tenía que pensarlo muy, muy bien. En eso se me acercó Jerry, el amigo de mi familia, y me preguntó:
¿Cuál querés?
Yo le respondí:
No sé, es que me gustan todos.
Me sentía abrumada ante tanta abundancia. Y entonces, Jerry hizo algo que quedó tatuado en mi memoria. Miró a la persona detrás del mostrador y dijo:
Dame uno de cada uno.
En ese instante, sentí pánico. “¡¿Uno de cada uno?!”. No era lo que yo quería provocaaaar. Pero Jerry me sonrió, con ese bigote tan de los noventa a lo Tom Selleck, y me dijo:
Tranquila, yo invito.
Vi cómo, una a una, la señorita del local iba acomodando las masitas en una bandeja blanca ENORME. Me tocaron todos los conejitos.
Dentro de mí se mezclaban la culpa, el asombro, la felicidad y, sobre todo, la gratitud. Mi mamá a lo lejos me sonrió cariñosamente y me dio una señal de “Hija, está bien, disfrutá”. Les confieso algo: hasta ese momento, ningún hombre -de mi familia sobre todo- había tenido un gesto siquiera cercano a ese conmigo.
Una vez en la mesa, pusimos la bandeja en el medio. Y todos merendamos la montaña de masitas. Porque la mejor felicidad es la compartida.
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Este año, después del bautismo de mis sobrinitos, los mellizos de mi prima, pasé por una confitería. No la frecuento, pero me quedaba de camino a casa. Al acercarme al mostrador, los vi. Décadas después. Ahí estaban: los conejitos, casi iguales a los que Jerry me regaló aquel día.
Y se me estrujó el corazón.
Me emocioné. Saqué una foto, como quien encuentra un tesoro, para no olvidar nunca esa sensación: la de que alguien que, sin esperar nada y sin tener mucho él mismo, te regale un “uno de cada uno”.
Gracias, Jerry.

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