¿Quién no forma parte de esa circulación diaria de personas y vehículos por las calles y principales arterias de la ciudad? ¿Quién no experimentó inhalación de humo de colectivos chatarras, el paso de un motoqueiro escurridizo y veloz, las idas y venidas de peatones distraídos, de conductores de auto que bocinean al nanosegundo de haberse puesto verde el semáforo, de choferes que te pasan de largo justo cuando no ves la hora de estar en casa?
Llámese auto, moto, bici u ómnibus, todos usufructuamos un medio de transporte para llegar a nuestros lugares de rutina. Mi pregunta es: ¿qué hacemos durante ese periodo de traslación?
Hay quienes pegan su cara por el vidrio y contemplan la caótica hora pico, musicalizando ese momento gracias a sus MP3’s o celulares. Otros se echan a dormir porque su trayecto es más largo que ver “Lo que el viento se llevó”; otros nunca encuentran asiento libre en el ómnibus y se la pasan colgados, con varios vaivenes. Los que conducen auto reflexionan sobre la vida durante el rojo de los semáforos y se desestresan escuchando música o, por el contrario, se sulfuran con el tráfico y gritan de vez en tanto: “Mujeeeeeeeer tenía que seeeer” [admito que ya utilicé esa frase varias veces también, jaja]. Otros aprovechan para sintonizar una estación de AM o FM y mantenerse al día con las noticias y novedades. ¿No te suena famosa la frase: “escuché por la radio cuando me iba manejando”?
Los motoqueiros, por su parte, no pueden darse el lujo de filosofar porque siempre están maquinando por dónde inmiscuirse para quitar ventaja, pendientes de que nadie les choque y con el cerebro congelado en días de frío [casco mediante y todo]. Y afirmo esto con conocimiento de causa, como ex motoqueira, jaja.
Y ni hablar de ser peatón, es todo un desafío en estos días. Cruzar la calle implica mirar a los cuatro costados y estar listos -por las dudas- para dar un salto de gato sobre el capot de alguien.
Interesada por saber en qué piensa la gente “durante el tránsito”, hice una pequeña encuesta entre amigos y me llevé gratas sorpresas. El testimonio que más me llamó la atención fue el de Alf, quien por motivos laborales debe conducir constantemente al Chaco paraguayo. Me comentó que son prácticamente 8 horas al volante. A él le da tiempo para hacer una maratón filosófica de la vida [ida y vuelta], jajaja.
La conclusión a la que llegué luego de recoger estos testimonios, es que:
Si bien puede haber una atmósfera con ciertas condiciones, cada uno puede crear su propio microclima.
¿A qué me refiero? Pese a lo que experimentemos día a día en nuestro recorrido por las calles, somos capaces de dar características distintas a las de la zona donde nos encontramos. Podemos elegir reflexionar en medio del ruido, cantar nuestro playlist favorito durante la hora pico, no bocinear todo el tiempo o proferir insultos ante cada error de conducción, no dejar que se consuman los minutos/horas como si fuesen tiempo MUERTO.
Esta sección de nuestro día debería convertirse en tiempo bien aprovechado, bien invertido. Quizá sea esa pausa cotidiana que necesitás para ordenar tus ideas, o el pequeño oasis para relajarte; o quizá sea un espacio diario para orar y ser agradecidos con Dios, de entablar una conversación con un extraño o con tu copiloto, una oportunidad para escuchar informaciones útiles o música que edifica, o un momento propicio para la evaluación.
En medio de todo, depende de nosotros crear nuestro microclima. En Arquitectura lo definen como “tener tu propio clima, distinto del clima de la zona”. Así que aunque toda la zona confabule para que la «temperatura-humedad-precipitación-nubosidad-viento-presión atmosférica-vegetación-topografía» sean nocivos… siempre podemos generar “condiciones atmosféricas” muy diferentes 🙂
Cada uno crea su microclima.
Dejá una respuesta