Publicado en Apuntes de aprendiz

El día después de la pérdida


Este fin de semana que pasó murieron varios parientes de conocidos míos. Y no pude evitar pensar en ese duro proceso llamado duelo. Escribir sobre esto no es fácil [leerlo tampoco]. Se trata de esas noticias que «atropellan» de sorpresa, sin pre-aviso. Y que dejan secuelas.

Recibir una llamada de Emergencias es lo peor. Estar sentados en el pasillo de un sanatorio/hospital con impotencia también lo es. Y no entendemos por qué ocurre una tragedia. Es más «digerible» la pérdida cuando se van los abuelitos, pero cuando es un hijo, un amigo/a,  una mamá con hijos chicos, o un hermano menor, no se entiende. Todas las frases de «Dios necesitaba un ángel en el cielo» o «Le llegó su hora», parecen -con el perdón de la palabra- sinsentido. «¿Por qué Dios le necesitaría a mi hermano, a mi hijo, a mi amigo, o a mi mamá siendo que yo lo/a necesito más?», parecemos decir dentro de nosotros.

Empiezan las preguntas. Y muchas de ellas quedan sin respuesta. Mojamos la almohada por la noche con las lágrimas y el corazón pareciera no resistir extrañar tanto. Pero si algo aprendí con las pérdidas que he sufrido en mi vida es que:

En medio del nubarrón uno no entiende nada, pero llega un día donde sí.

A veces tarda semanas, a veces meses, a veces años. Mientras tanto, habrá altibajos. Algunos días dolerán más que otros. Es signo de que tu corazón nunca olvida a tu ser querido, sólo aprende a regañadientes a vivir con su ausencia.

Pasado un tiempo estarás en la encrucijada de continuar aferrado al dolor o dejar ir [que no es el equivalente de olvidar]. Es necesario rehacer la vida, con preguntas y dolor a cuestas.

¿Cómo se reacciona después del duelo? Algunos deciden odiar -a quien haya tenido la culpa de la muerte-; otros se vuelven adictos a painkillers o calmantes; otros evaden la realidad [lo que no es sano]; otros se deprimen literalmente; otros, sin embargo, enfrentan el dolor con la fuerza divina y se unen con su familia más que nunca.

A veces el dolor lleva a elecciones que no reflejan exactamente como la persona es, justamente porque se genera un desbalance emocional, físico y hasta a veces espiritual. Hay que postergar todo tipo de decisiones importantes en momentos como éste. La perspectiva y el apoyo de los amigos es fundamental.

Frente a todo esto, una realidad permanece: «life goes on» [la vida continúa]. Hay que apagar el despertador y poner nuevamente el pie sobre el piso frío cada mañana. Hay que trabajar, hay que estudiar, hay que amar de nuevo, hay que perdonar, hay que reír de vuelta, hay que salir adelante… ya sin una parte importante de tu vida.

Digámoslo de una vez: no se trata de evitar el dolor, porque el dolor es inevitable; se trata de escoger las consecuencias [Maurice Maeterlinck]

Después de la tragedia, resta aprender de ella y hacer que una flor brote de en medio del pesado concreto. Pero no estamos solos. Aquel a quien hacemos las preguntas del «por qué», está escuchando. Y encontrará la manera de hacerte saber que este mundo imperfecto -donde hay dolor- no es el que Él creó originalmente, pero aún así no te descuida, no te desatiende, no te abandona nunca.

“Porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste” el día después de la pérdida (Salmos 86:17)

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Derecho de piso


Se cree que el talento es el free pass para todo, no es así. Aquí va una anécdota: luego de una grave lesión de rodilla que tuve en el 2003, que ocasionó una cirugía y 2 años de fisioterapia, volví a jugar básquetbol en 1ra división pero mi nivel de juego se vio afectado evidentemente en lo físico y anímico. Entonces, llegó una de las lecciones más grandes de humildad que aprendí: estar sentada en el banco de suplentes. No estaba acostumbrada.

Muy dentro de mí sabía que mi talento estaba intacto, pero tenía obstáculos que superar. La sombra del derecho de piso apareció de vuelta. Si mi entrenador me llamaba para entrar en el partido y cometía dos o tres equivocaciones -resultado de mi temor por lesionarme nuevamente y la falta de ritmo- me volvía a quitar. Allí hay dos opciones: O le lanzás una mirada de pichada y te sentás. O, acatás la orden con la mejor actitud que tengas, le das una palmadita en el hombro a la compañera que te sustituye, y te sentás esperando de vuelta tu oportunidad.

Si hablamos de orgullo, ese era un trago amargo. Pero al mismo tiempo era una gran prueba de carácter. ¿Saben?, en el banco de suplentes realmente sabés quiénes son los jugadores que quieren que gane el equipo, y quienes tienen una agenda personal [que si no se cumple, se enojan].

En esa temporada, fui a cada entrenamiento, sudé la camiseta, como las hormiguitas perseverantes me puse mejor físicamente, NUNCA le reclamé a mi técnico el que no me metiera más minutos, traté de enfocarme en la meta grupal, pagué el derecho de piso. Me determiné a que daría lo mejor de mí, aún entrando desde el banco. Tanto fue así que ese año del torneo quedé en el equipo ideal de la CPB [como mejor suplente de todos los equipos]. Es increíble ahora que lo pienso, y hasta simpático.

Es fácil escoger el camino del plagueo, de la crítica, de la falta de respeto, del chisme, de la comparación, o de la pichadura. En algún momento caí en eso, pero decidí esforzarme, trabajar diligentemente, y saber que -tarde o temprano- una cosecha lo que siembra.

Mis amigos saben que en el 2010 tuve una gran temporada deportiva. Terminamos el año campeonas, gané la titularidad de vuelta y tuve el gran honor de ser capitana del equipo. El derecho de piso fue pagado. Pero así también, el carácter fue pulido. De todas las alegrías me quedo con esa. Miro en retrospectiva y me acuerdo de los peores momentos deportivos que pasé. Hasta llegué a considerar «colgar los botines», pero algo [o Alguien] me decía «Seguí adelante. No entierres tu talento. No te sientes en la gradería, ése no es tu lugar. Tirá las semillas, vas a cosechar».

Para todos los que se encuentren pagando derecho de piso, para los que no ven aparentemente el fruto del esfuerzo, les animo a que continúen por esa senda. A veces no estamos conscientes, pero esas autoridades nos están observando siempre [o le llegarán los comentarios sobre nosotros]. Se registra cada actitud [desde que cebás el tereré, hasta cómo actuás en el banco de suplentes]. Seamos honestos, nos gusta comer el postre, pero no los vegetales. Pero estos son necesarios. Son la escuela de la vida, son la antesala de lo que se viene. Y cuando llegue, vas a estar listo/a para las Grandes Ligas.

Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré [Mateo 25:23]

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¿Ojos cerrados?


Nunca me percaté -en toda su plenitud- de la importancia de la vista, hasta ahora. La razón por la que el blog se quedó un poco estático y empolvado en estas semanas es que tuve una cirugía de la vista para ser libre de los anteojos/lentes de contacto, y estoy atravesando un periodo post-operatorio bastante exigente y molestoso.

De hecho, escribo con un fuerte dolor de cabeza y todavía en un 60% de recuperación. Ya sé, se preguntarán «¿que hacés escribiendo entonces?». Soy caradura y espero que  mis amigos no le cuenten a mi madre que posteé algo nuevo [callaaaado nomás].

Sólo una breve reflexión respecto al ojo. Ya habrán escuchado la frase «Todo depende del cristal con que se mire», bueno, les diré que esta última semana mi cristal estuvo un tanto argel conmigo.

Estuve subordinada a mi ojo, este sentido corporal con el que se percibe el mundo. Veía nublado y me sentía frustrada. No podía salir a la luz del sol y me tenía que recluir a la oscuridad de mi habitación [suena muy a cárcel, pero no fue tanto así, jaja]. Me dolían los ojos por el corte de la cirugía, tenía que cerrarlos y eso me obligada a quedarme quieta. No me podía maquillar ni mojar la cara, tenía que ponerme gotas todo el tiempo y otra listita larga de tareas.

Todavía siento que mi cerebro se está acostumbrando a esta nueva graduación. Mi vista enfoca y desenfoca, como el lente de la cámara que busca la nitidez de la imagen. Llegué a la conclusión de que cuando no vemos bien, nuestra percepción de las cosas se altera. Hay que tener los ojos en buen estado. De lo contrario, todo nos parece borroso, nublado, doloroso, sin contorno y no ajustado a la realidad. Con esto me refiero a los ojos físicos y también a los ojos metafóricos del alma.

Y obligada a guardar reposo, tuve mucho tiempo para cerrar los ojos y pensar. No estuve al tanto de las noticias, ni acerqué mi nariz a la computadora -menos a Internet-, no salí, no trabajé, no escribí, no leí, y casi no atendí llamadas -menos mensajes-. Y en medio de toda esa pasividad y quietud, me di cuenta de que:

«No todos los ojos cerrados duermen, ni todos los ojos abiertos ven» Bill Cosby

Pude reflexionar bastante. Es increíble lo que el silencio [y el sonido de tu split] generan. Puse en pausa mis ojos físicos y le di «play» a los del alma. Tomé apuntes mentales. Hablé mucho con Dios.  Compuse como 5 temas en la guitarra [me sentí Andrea Bocelli por momentos, jaja], compartí con mi familia y disfruté de la comida casera como nunca. Me desintoxiqué de la información y de las presiones diarias y cerré los ojos. Ahora que volví al ruedo, admito que se siente bien ver con los ojos físicos, pero aprendí que mientras los tuve cerrados… también vi.

 

Publicado en Películas

Pretty woman?


¿Quién no recuerda la película «Pretty Woman«?  Es la que puso en el mapa de Hollywood a Julia Roberts y posicionó como galán a Richard Gere. Bueno, de eso se acuerda la mayoría. Pero yo quiero mirar un poquito más allá de lo evidente y leer entrelíneas.

El 1 de enero tuve la oportunidad de verla nuevamente, pero esta vez en formato VHS, gracias a una amiga que desempolvó literalmente los 200 videos que tenía en algún recoveco de su casa.

Si bien hay varios diálogos que te causan risa [incluyendo la extraña moda de los ’90], personalmente la película me deja este «dramático» mensaje:

A veces lo que vemos de una persona es tan solamente una fachada, sólo la portada, un paramento exterior, en ocasiones engañoso.

La trama es sobre una prostituta que conoce al amor de su vida y es vista por primera vez como la mujer que es y no como objeto de sexo por dinero. Los prejuicios, de a poco, van cayendo. Algunos dirán «Él se enamoró de ella cuando cambió sus botas de callejera por unos zapatos finos», «Obvio que la miró con otros ojos cuando ella cambió su vestido revelador por uno elegante y modesto; o su peinado a lo Madonna por el de una dama de sociedad». Pero en realidad, si prestan mucha atención, se darán cuenta de que la parte donde él la miró sostenidamente y fascinado fue cuando ella estaba en una larga bata de baño, con cara lavada, acostada sobre la alfombra, tomando helado, viendo una película clásica y lanzando risotadas espontáneas [como sólo Julia Roberts lo podría hacer]. Es decir, ahí se dio cuenta de que no se trataba sólo de una pretty woman a nivel físico, sino de una pretty woman del corazón. La vio transparente, vio más allá de su trabajo y dejó a un lado su opinión desfavorable previa-a-conocerla-de-verdad. La vio. Y se enamoró.

Si bien considero que en la película hay antivalores también, me quedo con esa enseñanza: hay mucho más allá de la fachada. Eso me lo mostró también la segunda película en VHS que vi, «Sister Act». Allí las monjas  se escandalizan cuando varios jóvenes con tatuajes, piercings y tachas empiezan a atravesar las puertas de la iglesia para escuchar un coro bastante moderno y afinado [encabezado por la Sister Mary Clarence, interpretado por Whoopi Goldberg]; jóvenes que luego las ayudarían en la recaudación de fondos para que el convento sobreviva. En fin… podrían catalogar a este post de ingenuo, ya que se basa en películas. Pero déjenme decirles que la realidad supera ampliamente a la ficción.

Detrás de toda esa maraña de comentarios dañinos de pasillo, de prejuicios y de desconfianza, podrías encontrarte con una bella persona. Seguramente le falta un diente y seguramente es imperfecta. Pero ¿no lo somos todos? ¿Y no merecemos todos una oportunidad?

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Barrer huesos y construir arcas


¿Cómo pasaron Navidad? Espero que bien. Recuerden que estas fechas festivas son ambivalentes porque para algunos es sinónimo de felicidad y para otros de nostalgia. Hace un año exactamente yo recibía las 12 en un sanatorio, acompañando a un ser querido. Después de eso tu perspectiva de la Navidad nunca vuelve a ser la misma, es como ver a la luna en toda su plenitud: su lado luminoso y su lado oscuro. Pero hay un sol que brinda su calidez cada año: el gozo por el milagro de un Dios Todopoderoso, e inmensurable, que se hizo un diminuto cigoto por amor a nosotros.

Ahora, queda una fecha más: Año Nuevo. Se va el 2010 y quedan huesos de sueños que barrer, como diría Doña Josefina Plá. Y sí, hay algunos que recibieron muy malas noticias este año, lastimosamente. Hubo gente amada que despedir [temporalmente, o para siempre]; hubo familias que se separaron; otros soportaron diagnósticos de enfermedades graves; otros no ingresaron tras largos periodos de estudio; a otros les rompieron el corazón; otros sobrellevaron stress y cansancio gran parte del año. Sí… son huesos de sueños que barrer. Son años de acíbar difíciles de tragar, donde no hay atajos para llegar más rápido al calendario siguiente. Hay que pasar únicamente «por el valle de sombra y de muerte» del que habla el Salmo 23. En medio del proceso surge la pregunta ¿así será mi año? ¿No hay enmiendas, ni fe de erratas?

Por otro lado, hay quienes tuvieron un año memorable, el mejor de todos. Fue el año en el que dieron el «Sí, acepto» al amor de sus vidas; o recibieron la confirmación del «Fuiste aceptado para la beca…» o «La editorial decidió publicar tu libro»; o finalmente el test dio rosadito y la ecografía lo respalda «Sí, están embarazados»; o los sorprendieron con el «Te vamos a ascender y aumentar el sueldo» 😉

Hay un tercer grupo, quienes tuvieron un mix de buenas y malas noticias y están indecisos en cómo catalogar a su año.  Allí aparecen dos típicas palabras, «balance y evaluación». Y es de sabios analizar los avances y retrocesos; las pérdidas y las ganancias; los crecimientos y los estancamientos.

Creo haberlo mencionado en algún post: mucho más allá de los logros y de los fracasos, evaluemos ¿EN QUIÉNES NOS HEMOS CONVERTIDO? ¿Nos ha dejado el 2010 como mejores personas?

Una vez que hayamos respondido esa pregunta, queda un imperativo más:

DEJAR DE MIRAR ATRÁS

Sí. Este año ya se va,  ya se fue. Se inaugura el capítulo 2011 en la historia de nuestras vidas. Hay cientos de páginas en blanco. Múltiples situaciones en potencia. Cuantiosos “regalos” del cielo no abiertos aún. Personas clave por conocer. Roles desafiantes por desempeñar. Riesgos a la espera. Lágrimas todavía dormidas. Risas aguardando a ser desatadas. Oraciones no verbalizadas. Sueños por concretarse. Lugares inimaginables a ser pisados. Viajes que saldrán.

Como Noé, por fe construyan un arca en plena tierra y verán la mano de Dios obrar.

A barrer huesos de sueños inconclusos en el 2010, y a construir el arca de la promesa en el 2011. Porque, créanme, van a llover malas noticias. Pero después… después siempre saldrá el arcoiris de las buenas nuevas.

Publicado en Apuntes de aprendiz

Lecciones de ballet


Todo empezó así: me regalaron una entrada para ir a ver un festival de ballet clásico y jazz. Al comienzo me rehusé, porque francamente me da roncha el tan sólo ver un tutú. Pero después dejé a un lado mi revanchismo contra el ballet y acepté ir.

Antes de sentarnos en el auditorio nos entregaron un programa medio gruesito. Tragué saliva. Íbamos a ver la obra “El Corsario” con ballet clásico y posteriormente un compendio “De película” con coreografías emblemáticas del cine, con baile jazz.

Gente, fueron tres horas y media.

Allí estaba yo, en medio de un mar de tutús. Me di cuenta de que el ballet clásico puede narrar toda una historia a través de movimientos [sin necesidad de diálogos], generarte un sentimiento fuerte, erizarte la piel o, simplemente hacerte bostezar. Tooodo depende de la entrega y del profesionalismo de los bailarines.

Realmente la academia entera se movía más o menos igual, pero el factor diferencial para mí era el feeling que le ponían los bailarines [lenguaje deportivo: la garra].

Quien me invitó fue una amiga ex-bailarina, y era la que me hacía los comentarios técnicos sobre el empeine, los brazos, los pies, la flexibilidad, o los fouettés en tournant [?], en fin, los truquitos esos. Gracias a su asesoramiento y a mi gusto personal como espectadora,  llegué a la conclusión de que la mejor bailarina de la noche conjugaba la técnica y la gracia. Cada vez que terminaba su escena, la gente le hacía una mini-ovación [me incluyo]. Ofició de bailarina principal en varios actos de la obra. Sus solos eran lo máximo. Otros, sin embargo, no desentonaron de la obra, pero sus interpretaciones no te tocaban ninguna fibra emocional. Ahí pues está el desafío: imprimir pasión y humildad a lo que uno hace. Cosa que todos deberíamos trasladar a nuestras realidades.

En el caso específico de las mujeres, el ballet te hace toda una lady. Aunque llevado al extremo, una lady engreída. Lo ideal es que emanes gracia y te conectes con el público. Que esos movimientos tan raros del ballet -que NUNCA harías en la vida real- luzcan extrañamente naturales.

Otro apunte de aprendiz más: pararse bien sobre la punta de los dedos es doloroso. Me contaron que a algunas hasta se les cae la uña, o les lesiona con el tiempo. Es que detrás de cada etendre, plier, relevé, tourner, glisser y enlancé [googleé todo eso] hay incontables entrenamientos. Ni qué hablar de la importancia de desarrollar oído musical para dar perfecto al ritmo de Tchaikovsky, Chopin o Debussy. Sumado a eso, debe haber una concentración tal que se domine el cuerpo entero. En síntesis, interminables sesiones en “la barra” esa que todos vemos siempre en las películas.

Luego de haber presenciado “El Corsario”, ahora ya quiero ver “La Bella Durmiente”, “El Lago de los Cisnes” y la favorita de todos: “El Cascanueces”. Y NO PUEDO CREER QUE ESTOY ESCRIBIENDO ESTO.

Finalmente, y sólo como algo anecdótico, me gustaría agregar que hay una verdad irrefutable de la vida: la mayoría de las mamás, llegada su hija a la edad de 8 años, pregunta: “¿qué harás, ballet o piano, mi’ja?”

Adivinen qué escogí 😉

Publicado en Iglesia emergente

En reparación


Cuando hablamos de desperfectos casi siempre lo acompañamos con la palabra «técnicos». Y los definimos como aquellos daños que impiden el correcto funcionamiento de las cosas. Pero, ¿será que existen también averías en las personas?

Y sí. Díganme, ¿quién no sufre de un defecto o falla de carácter que desvirtúa y deslustra quien es? No hace hace falta que otros nos muestren nuestro dark side, nosotros mismos lo identificamos. Se vuelve bastante evidente LUEGO de que lanzamos la palabra hiriente, LUEGO de la levantada de ceja, LUEGO de  la indiferencia pre-meditada, LUEGO del silencio-castigo, LUEGO de la erupción del «volcán», LUEGO de la impaciencia, LUEGO del juicio, LUEGO  del orgullo reacio a pedir perdón, LUEGO de la falta de gracia, LUEGO de las decisiones equivocadas, LUEGO de las reacciones inmaduras… LUEGO…

La mayoría tiende a actuar de alguna u otra manera porque su temperamento desde el nacimiento los determinó así. «Caracterciiiito tiene, eh?», solemos comentar sobre alguien. Mi pregunta es… ¿quién no? ¿Qué ser humano se puede jactar de ser perfecto, sin pecado? Perfecto sólo hay uno: Dios. Por eso lo necesito, por eso lo admiro, por eso lo sigo, por eso procuro imitarlo. Porque él tiene las respuestas, él creó el estado ideal de todo y me muestra el camino a la transformación, para arreglar lo que se rompió en mí desde el día en que nací.

Si tan sólo pudiésemos apretar un botón o ajustar una tuerca y solucionarlo. Pero esto de mejorar como personas no es mecánico. Es procesual, lento y volitivo. Es como el oro que pasa por el fuego para que las impurezas sean desprendidas. Requiere de que nos asinceremos, de que nos miremos desde afuera, de que aceptemos críticas constructivas, de que escuchemos, de que anhelemos metamorfosearnos en algo mejor. Necesitamos una buena dosis de inconformismo también. De sacudirnos del mito «así nací y así moriré». Necesitamos romper esa camisa de fuerza del determinismo.

No se imaginan las veces que me mordí la lengua, que «conté hasta 10», que tragué mi orgullo, que respiré profundo y ejercité la paciencia. Y no se imaginan las veces que no lo hice 😦

Lo que me consuela es que, a pesar de que estoy averiada, la gracia de Dios sigue obrando en mí. Philip Yancey no pudo describirlo de mejor manera: «No hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. No hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos». W-o-w. Él ya nos ama «así tal cual». Pero, nos ama tanto que no quiere dejarnos así, sino que quiere que seamos la mejor versión posible de nosotros mismos. Y entonces empieza su obra redentora.

Mientras tanto,

Estoy en reparación

 

Publicado en Apuntes de aprendiz

Papelitos arrugados


Mis respetos a Margarita, quien fue mi profesora de Castellano en la universidad. Le debo mucho: ella despertó en mí un ansia por la excelencia del lenguaje. Me enseñó a ser puntillosa, cuidadosa en los detalles al escribir, me mostró los errores comunes en los que incurrimos sin darnos cuenta, me dejó perpleja con varias clases de gramática densa al enseñarme al más puro estilo de Sócrates que «sólo sé, que no sé nada».

¿Su premisa?: «Es imperativo que el periodista tenga cultura general«. Por ello, estudiamos desde la mitología griega hasta Roa Bastos. La literatura era tratada como el arte supremo y el cincel  para los trazos era la palabra.

El primer año fue medio terrible para mi autoestima, jaja. A veces le entregaba trabajos que a mi ingenuo criterio estaban muy bien, pero recibía una levantada de ceja de ella. Era su forma de empujarme más y más hacia la calidad. Tanto así, que a veces me preguntaba a mí misma si realmente tenía madera para escribir [pregunta que continúa vigente] Practiqué, leí, escribí y escribí… me rodeé de cientos de papelitos arrugados, y finalmente, en segundo año, llegaron sus elogios. Y cuando llegaron fueron tan motivantes.

De ella aprendí la técnica, pero la pasión por la escritura se remonta a mi infancia. Recuerdo que mi primer cuaderno de apuntes ya lo tuve a los 3 años. Sí, ¡a los 3 años! Eran garabatos, casi-casi un sistema de escritura que le hacía la competencia a los jeroglíficos egipcios, jaja. Ni yo misma entendía qué rayos decía, ni había Piedra Rosetta para descifrar; era derroche de ganas por aprender a escribir. Si había una frase que me definía a esa edad era esta: una analfabeta apasionada por la letra. No veía la hora de leer también. Yo quería tomar mi Toddy con un diario, pues.

Cuando tuve la edad y las ideas para construir mi propio lugar de juego no me rodeé ni de Barbies ni de la cocinita ni tuve un pequeño atelier de vestiditos. No. Reutilicé un escritorio, le pedí a mi abuelo su antigua máquina de escribir y a mi mamá que me comprase un teléfono de juguete, y hurgando por ahí conseguí para mi agenda. Hoy, aaaaños después, el panorama se modernizó un poquito, pero es lo mismo: estoy sentada frente a mi computadora, con un teléfono a mi izquierda, una agenda y un escritorio pseudo-ordenado. Moraleja: en tu infancia están las pistas de tu profesión.

Desde ahí que no paro de escribir. Pasando por registros en diarios de vida, ensayos,  reseñas, artículos de opinión, cartas, trabajos prácticos, blog y derivados. Mi «primer periódico» lo creé a los 9 años. Se llamaba «El periódico de la Juventud», tenía 4 páginas y un solo lector: mi abuelo [ni con el target acerté, jaja]. Lastimosamente fue clausurado poco tiempo después. Capaz me faltó insertar publicidad para la sostenibilidad, jajaja. Buenos tiempos aquellos.

Hoy día, hasta cuando voy al cine me fijo con especial atención en el guión de la película. Allí encuentro la riqueza o la pobreza de una historia. Si tuviese unos efectos y una banda sonora alucinantes pero diálogos flojos, para mí la historia perdería fuerza y trascendencia.

LAS PALABRAS ME APASIONAN. Escribirlas, leerlas, escucharlas y decirlas.

¿Y dónde se aprende a escribir? «Escribir es un oficio que se aprende escribiendo», dijo Simone de Beauvoir. ¡Ahora sé que esos cientos de papelitos no fueron en vano!

Las ideas se le vienen a uno al escribir, durante el trabajo. Eso de tener ideas se puede conseguir con la práctica. Es, de verdad, una cuestión de entrenamiento. Quien no sabe tocar un piano se asombra de lo que es capaz un pianista. Pero el pianista tampoco lo ha sabido desde el principio, así, sin más. Se ha ejercitado muchos, muchos años. Con un escritor pasa lo mismo. [Michael Ende, escritor alemán]

Recuerdo que en secundaria hice un cartapacio lleno de citas, pensamientos y palabras raras del diccionario. Hasta ahora lo conservo. Lo acabo de desempolvar, jaja,  y al dar vuelta sus páginas me acordé de esa «época dorada» de tekoreísmo placentero.

Pienso nomás: ojalá todos pudiesen trabajar en lo que les gusta. Esa es una bendición. Una recontra bendición de la vida. Es esa sensación de decir: hago lo que amo y lo mejor de todo: ¡ME PAGAN POR ESTO!

Ay, sueño con estar rodeada de papelitos arrugados siempre.