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Hacer nuevos amigos


Cada 31 de diciembre a las 22.30 me siento en el escritorio durante 15 minutos para plasmar en una hoja de papel una evaluación sobre lo que fue y mis expectativas sobre lo que vendrá. Parecería que ese momento específico «tiene un algo» que me pone las cosas en perspectiva. [¿será el sonido del 3×3 en la calle?] Es la misma rutina: muerdo mi lápiz, me sueno los dedos y empiezo a escribir.

Hay una constante cada año en esa listita de metas y es la frase: «hacer nuevos amigos». Es raro establecerte eso como objetivo puesto que es algo que nos pasa y no algo que buscamos. Pero aprendí con el tiempo que Proverbios 18:24 encierra una verdad impresionante:  «el hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo…»

Interesante. Esto no se trata de dejar las amistades de siempre, sino de extender nuestra zona un poco más de su radar y mostrarnos afables con las personas. ¿Afables? Sí. Según la RAE: «Agradable, dulce, suave en la conversación y el trato». Porque, ¿quién no quiere estar con una persona así? Es más, ¿quién no quiere ser amiga de una persona así? Bueno, convengamos que no somos afables las 24 horas del día, a veces hay mucho de «argeles» en el medio, pero entienden mi punto, jaja.

Extender el alcance de nuestro radar habitual

Este 2010 todavía no termina pero puedo asegurarles que fue el año donde más nuevos amigos he cosechado en las distintas áreas en las que me desenvuelvo. ¿Pero por qué? No salí con cartelitos diciendo «Quiero ser tu amiga» con cara de puchero. Lo que hice fue practicar la afabilidad y empecé a hacer por otros lo que me gustaría que hagan por mí. Dejé de esperar pasivamente que me traten bien para devolverles la misma actitud. Fui proactiva, busqué ser afable primero, me arriesgué e inicié conversaciones,  a pesar de mi introversión domesticada y mi pirevaísmo del día.

¿El resultado? Conocí muy buena gente y compartí experiencias inolvidables.

Durante el rescate de los 33 mineros escuché decir a una psicóloga vía CNN que las tres claves para la felicidad son 1) hacer cosas que te den placer 2) establecer conexiones significativas con otros y 3) tener un propósito en la vida. Eso de establecer conexiones significativas con otros es muy, muy cierto. Fuimos creados con un fuerte sentido de la «sociabilidad», si cabe el término. Conectarnos con otros nos hace felices.

Hay quienes buscan arreglos transitorios y parches, o incluso aspirinas sociales para solucionar sus problemas agudos. Se aíslan. Pero en realidad, aparte de Dios, son las personas las que pueden ayudarnos y sostenernos a sobrellevar los malos momentos. A veces vemos el mundo no como es, sino como somos nosotros. Y los amigos nos ayudan a ver la realidad. «El ungüento y el perfume alegran el corazón, y el cordial consejo del amigo, al hombre», dice Proverbios 27:9.

Sencillamente «mejores son dos que uno […] Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante» Eclesiastés 4:9-10. Da guuuuuusto tener amigos y en todas las formas, tamaños y variedades 😉

Ahora entiendo por qué año tras año seguía estableciéndome la misma meta: el papel lo aguanta todo. Es fácil escribirlo, pero hacer algo para que ocurra es el desafío. La afabilidad fue una estrategia en ese sentido. Si me permiten, creo que agregaría algo a Proverbios 18:24:

el hombre que tiene [y quiere] amigos ha de mostrarse amigo [primero]«

 

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Sembrar con lágrimas


Dicen que no importa tanto cómo se empieza, sino cómo se termina. Hay una reflexión que quiero compartir con ustedes. Se trata del crecimiento progresivo, frente al express. Eso de «quemar etapas» es una ley de la vida que se quiere ignorar, pero pasa la factura tarde o temprano. Es que todo se quiere muy rápido…  y fácil.

Esta mañana temprano, recorriendo el jardín de mi casa, mi mamá me llamó para mostrarme orgullosa su planta de acerola y los pequeños frutos rojos que brotaron.

– ¿Y hace cuánto tiempo que está esta planta aquí? No me di cuenta- le dije.

– Desde hace 9 meses. Estuvo creciendo y ya empiezan a aparecer sus frutos- me respondió con una clara expresión de felicidad en su rostro.

Aparentemente no hay resultados visibles mientras uno se prepara; hay como una lentitud que desespera, ¡hasta en las mismas plantas! Pero esos son los momentos de siembra -los difíciles- pero necesarios. Lean atentamente lo que dice Salmos 126:5-6:

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.

Admitamos, no toda preparación es placentera. Nos tienta comer el postre antes que los vegetales. De niña yo sufría cuando mi abuela colocaba frente a mí la suculenta sopa de verduras [ponía cara de Mafalda]. Pero al presente no sólo veo los resultados de esa alimentación, sino que me encantan las verduras [ok, admito, menos la remolacha]. Hoy, la abuela ya no me puede exhortar a alimentarme bien. Es una mayordomía personal, soy responsable de mi propio bienestar. Es que el estar prestos, preparados, listos, capacitados depende de nuestra autodisciplina, depende de si queremos tirar la semilla y cuidar de que crezca.

Comparto una anécdota más. El otro día el preparador físico de nuestro equipo de básquetbol nos dijo en referencia a un rival en el torneo: «Ellos no van a lograr estado físico en una semana. Nuestro equipo le lleva ventaja de meses». Me vinieron a la mente todos los sacrificios, entrenamientos diarios en el club, descuereos casi-casi madrugadores en el Parque Ñu Guazú, trotes en el Parque de la Salud, los intermitentes, las postas, los ejercicios de velocidad, [que a veces nos dejaban jadeando], las dos pre-temporadas a lo largo del año… en fin, hasta me canso al recordarlo.

Él tenía razón. No se puede forzar el crecimiento de algo en un tiempo corto. Vuelvo a la tesis del inicio: hay que quemar etapas. Y nosotras definitivamente «sembramos con lágrimas» y esta noche misma sabremos si recogeremos con regocijo, porque disputaremos la final del torneo.

Pero ¿quién no quiere tomar una pastilla mágica y ver fortalecidos sus músculos al instante? ¿O tener el pulmón suficiente para aguantar 40 minutos intensos? ¿O desarrollar la potencia para correr ida y vuelta, ida y vuelta? ¿Quién no quiere entrenar tan sólo 1 SEMANA y lograr resultados fabulosos?

Lo mismo ocurre con otras áreas de la vida. Algunos quieren que el cerebro digiera el contenido de un libraco un día antes del examen; que la dieta de 5 días haga bajar 5 kilos, que la lucha contra una adicción desaparezca con sólo una oración de arrepentimiento; que el regar la planta una vez a la semana funcione para tener un jardín verde.

Si hay que terminar un trabajo para el viernes y se holgazanea de lunes a jueves… no esperemos buenos resultados. Sin embargo, si la diligencia está presente y se «queman etapas» durante la semana, vendrá un: L̸u̸n̸e̸s̸ M̸a̸r̸t̸e̸s̸ M̸i̸ér̸c̸o̸l̸e̸s̸ J̸u̸e̸v̸e̸s̸ ¡Viernes de victoria!

Este avance progresivo del que hablamos no puede ser visto por el público, pero los resultados sí trascienden y están expuestos. Ya lo dijo brillantemente Joe Frasier:

Si hace trampas cuando está oscura la mañana, se le descubrirá bajo el brillo de la luz.

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¿Qué estamos dejando?


Vi un documental de la BBC acerca de la bomba atómica que Estados Unidos arrojó en 1945 sobre la ciudad japonesa Hiroshima, durante la II Guerra Mundial. Hubo una parte que me erizó la piel: cuando el presidente norteamericano Harry Truman dio luz verde para que las compuertas del avión se abrieran y “little boy” (como irónicamente apodaron a la bomba) descendiera a su objetivo. Sólo bastaron segundos para que una ciudad entera de civiles desapareciera calcinada. El resto es historia.

Tuvo sus defensores y tuvo sus detractores, sólo algo es certero: la decisión de Harry Truman cambió el curso de la humanidad [y Dios lo juzgará algún día por ello] Aunque ninguno de nosotros lanzaría bombas atómicas [eso espero], sí compartimos algo en común con Truman: todos dejamos un legado –bueno o malo- y nuestras decisiones tienen alcance generacional.

Somos responsables de ponerle fin a las maldiciones que se quieran perpetuar y, a la vez, debemos honrar el buen legado de los que ya no están. Habremos de enriquecer nosotros mismos dicho legado y prepararlo para el traspaso a aquellos que todavía no nacieron. Dicho en términos sencillos, nos corresponde prolongar la bendición en nuestras familias y grupos. Ocasionar un efecto multiplicador.

Digamos adiós a la mirada cortoplacista. No se trata sólo de nosotros, sino también de los que vienen tras nosotros. ¿Y qué les estamos dejando?

Hay una biblioteca pública en San Pedro del Paraná que se llama “José Giménez”. Nunca conocí a este señor, pero según me contaron, fue un profesor admirado y un escritor profuso. Si bien no tengo punto de comparación con el talento de José Giménez, hoy siento que de alguna manera estoy parada sobre los hombros de su legado. Fue mi biseabuelo materno. Conocer la biblioteca en su honor, fue algo que marcó mi vida y le dio un impulso a mi sueño.

¿Quién no quiere inspirar a las generaciones que le siguen?

Pongámonos los anteojos de lo eterno. Demos algo de qué hablar, pero nunca olvidemos el fundamento de todo legado y lo que mantendrá en pie a nuestra casa a través del tiempo y las circunstancias:  “Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó porque estaba cimentada sobre la roca” (Mateo 7:25). ¿Y quién es la roca?

Pongamos en pausa la vida un ratito y preguntémonos: ¿Qué es lo mejor de mí que quiero traspasar? Lo dijo Albert Einstein:

Nuestra muerte no será el final si podemos vivir en nuestros hijos y la generación joven. Ya que ellos son nosotros.

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La fogata de la tribu


Por casualidad escuché en la radio la canción titulada “Me dediqué a perderte”. Obviamente estaba dirigida de un hombre a una mujer, pero no pude evitar relacionarla a la dinámica de la relación padres-hijos. Desde hace un tiempo preocupa a nivel sociedad el descuido que muchos hijos sufren.

Algunas de las frases de la canción decían: “me ausenté en momentos que se han ido para siempre”, “cómo es que nunca me fijé que ya no sonreías”, “me alejé mil veces y cuando regresé te había perdido para siempre”, “te dejé para luego”, “por qué no pude comprender lo que ahora entiendo”, “me encerré en mi mundo y no pudiste detenerme”, “entonces descubrí que ya mirabas diferente”, “que había llegado el día en que ya no me sentías, que ya ni te dolía”, “me dediqué a perderte”.

Palabras fuertes, ¿no? Bernardo Toro, un pensador colombiano, dice que “cuando se ama, se cuida. Cuando se cuida, se ama”. Y a los hijos, ¿se los está cuidando? Y me refiero mucho más allá de proveer para ellos. Algunos padres aman a sus hijos pero en el momento en que deben demostrarlo, priorizan el trabajo y compromisos con extraños. Y después se preguntan “¿qué le pasa a mi hijo/a que está diferente conmigo?”

Si hay algo que lastima el corazón de un hijo es ver reiterativamente un asiento vacío en el auditorio, en la cancha, en el cumpleaños, en el restaurant, en las ferias del colegio, e incluso en la mesa de la cocina. Esos momentos ya no vuelven… nunca más. Recuerdo haberle dicho a mi propio padre una vez que en sus últimos días él no solicitaría un extracto de su cuenta bancaria, no pediría para que le traigan sus títulos universitarios ni las fotos de sus mejores trabajos de arquitectura, sino que preguntaría con ansias “¿Dónde está mi familia… dónde están mis hijos?”.

Hurgando en el diccionario encontré algo interesante. La palabra CASA significa “edificio para habitar” y eso lo compra cualquiera; lo difícil es hacer de la casa un HOGAR. Analizando más, la etimología de hogar proviene del latín “focus”, que significa “fuego”. Ahora entiendo por qué se dice siempre “el calor del hogar”. Nuestra familia debería ser ese brasero que nos enciende, esa fuente de energía, ese calor que nos abriga y que nos reúna a todos como si fuera la fogata de la tribu. Un lugar de terapia, un espacio de autenticidad, de desarrollo, de confesión, de educación, de afecto, de ánimo, de correcciones y de contención. Debería ser UNA PRIORIDAD. Pero para ello se necesita echar leña al fuego, de lo contrario, sólo tenemos cuatro frías paredes para habitar, o peor aún: una casa que parece un hotel, usada sólo para dormir y desayunar.

La ley divina de la “siembra y la cosecha” es muy visible en este sentido. Hay padres cuyos corazones se regocijan al ver a sus hijos crecer. Son padres cuyos legados seguirán y seguirán influyendo positivamente. La canción que ellos cantan no es el “Me dediqué a perderte”, por el contrario, es el «Me dediqué a encontrarte».

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Insatisfechos y rebeldes


Tuve el privilegio de escuchar a Javier Darío Restrepo, un tro-esma total. Es periodista colombiano, experto en ética, catedrático y conferencista. Fue en el marco de la muestra «La ciudad que cuidamos», donde 60 iniciativas de la sociedad civil y del empresariado demostraron que la sociedad paraguaya tiene en sí misma la capacidad de responder a los desafíos que enfrenta.

La idea era mostrar una Ciudad «saludable, segura, educada, próspera, eficiente, inclusiva, gobernable y sostenible, con una ciudadanía co-responsable». Uy, parece utopía, ¿cierto?

Ahí entramos en el tema. Muy linda la idea, pero aparentemente inalcanzable. ¿Será que lo es? ¿Y por qué soñamos entonces con un futuro mejor? Aquí van mis apuntes de aprendiz:

UTOPÍA. Del griego οὐ, no, y τόπος, lugar: «lugar que no existe». Es la invitación a crear lo que no es. Es la fuerza que convoca al hombre al máximo de sus posibilidades, lo que le lleva a la excelencia. Es la vocación ética que anida en todo ser humano. Debemos estar conscientes de que el ser humano es un híbrido entre lo posible y lo imposible, lo que es y lo que puede ser. Hay una tensión entre lo actual y lo potencial. Nuestro sueño  siempre es «hacer real lo posible». Eso que tanto la gente llama irrealizable, a eso aspiramos. Y esa es la actitud que cambia la historia.

Los seres humanos nunca podemos darnos por terminados. Siempre tendremos realidades por concretar. Somos un motor en continuo funcionamiento.

Nacemos desnudos e incompletos y así morimos: desnudos e incompletos.

Esta frase aparentemente es pesimista, pero si nos ponemos a pensar profundamente en ella es cierta: no nos llevamos nada y vivimos hasta el último día procurando sueños, cambiando defectos de carácter, tratando de ser mejores, de dejar una huella en el mundo. Todo ser humano es una obra en construcción que no termina.

INSATISFECHOS Y REBELDES. Se viene mi parte preferida. Todo proyecto o aspiración es una crítica de lo existente y se declara en rebelión del ahora. ¿Qué significa rebelarse? Es poner resistencia, es mostrar indignación, y promover un sentimiento de protesta.

Verán, detrás de cada iniciativa de cambio hay una insatisfacción de lo actual. ¡Y eso es bueno! Decir que queremos una ciudad «saludable, segura, educada, próspera, eficiente, inclusiva, gobernable y sostenible, con una ciudadanía co-responsable», surge de la cruda realidad de que en parte nuestra ciudad está con enfermedades, es insegura, la educación es deficiente, hay inequidad, la inclusión es una ausente, falta gobernabilidad, la mirada es cortoplacista y la ciudadanía no asume su rol de responsabilidad.

Por eso nos rebelamos. Por eso preparamos proyectos. Por eso soñamos. Estamos insatisfechos. Esta fotografía de la realidad no nos gusta y debe ser cambiada. Piénsenlo un segundo: los llamados «realistas» nunca cambian nada, sólo los soñadores, los insafisfechos, los utópicos, los creadores de futuro. Es que siempre estamos programando el futuro, estamos centrados en «la agenda del mañana».

Escuché esta frase durante la charla de Restrepo: «LOS ÚNICOS QUE QUIEREN CAMBIAR LAS COSAS SON LOS POBRES Y LOS JÓVENES, PORQUE VIVEN INSATISFECHOS». Los satisfechos no quieren cambiar nada. Fuertísimo, ¿verdad?

Todos tenemos proyectos, esos ejercicios intelectuales plasmados en papel, que cuando se concretan cambian la historia y corrigen el presente. En cada idea que tengamos, está el poder de crear algo nuevo, de acercarnos a lo «irrealizable».

Si ser rebelde -en este contexto- es protestar contra la injusticia, contra el deplorable estado de las cosas, contra los antivalores, entonces quiero ser REBELDE.

Si estar insatisfecha -en este contexto- es vivir buscando lo mejor, seguir poniendo ladrillos a la construcción, no conformarme jamás con la triste realidad, entonces quiero estar INSATISFECHA.

Si ser utópica -en este contexto- es vivir tras la perfección y la excelencia, tras los valores absolutos, desgastarme por los sueños nobles por una mejor ciudad|país|mundo, entonces quiero ser UTÓPICA.

«¡Dejá de soñar! Las cosas siempre se hicieron así, desde antaño. Esta es la realidad a la que tenemos que acostumbrarnos», dirían algunos. Pero es tiempo de que las nuevas generaciones -como a lo largo de la historia- se levanten y digan:

NO. NO TIENE POR QUÉ SER IGUAL QUE CON LOS TATARABUELOS, BISABUELOS Y LOS ABUELOS. NO ME QUIERO ACOSTUMBRAR A ESTA REALIDAD, YO QUIERO CAMBIARLA.

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Panteones a mitad de camino


«¿Por qué te parece que a mitad de camino siempre hay panteones?», me preguntaron. «Hummm. la verdad no sé», respondí. Y allí nomás vino una frase digna de ser apuntada: «Porque a mitad de camino es cuando uno está más cansado, cuando empieza a distraerse, cuando se impacienta y tienen lugar la mayoría de los accidentes».

¿No es así también con la mayoría de nuestros emprendimientos? Se inicia con la mejor de las predisposiciones, con «tanque lleno», con suficiente provisión para el resto del camino, con la motivación suficiente como para llegar a la meta y mucho más.

Así empieza la travesía. Se recorren los kilómetros, se superan diversos obstáculos, se atraviesan las curvas complicadas, sobreviene alguna que otra tormenta, vuelve el sol, el paisaje por momentos es alentador. Y pasado un tiempo en ruta las fuerzas ya no son las mismas, el paisaje es monótono y la motivación empieza a desvanecerse.

Miramos el mapa, no porque estemos perdidos, sino porque empezamos a preguntarnos si realmente los kilómetros recorridos valieron la pena. Te refregás los ojos. Allí empieza. Estás en la mitad del camino. En esa encrucijada de continuar o paralizarte.

Los pensamientos: «Esto no termina nunca». «¿Por qué es tan difícil?». «Falta tanto para llegar». «Me cansé». «Todos ya llegaron, menos yo». «¿Y si dejo nomás?».

Es un momento sumamente vulnerable, donde la decisión que tomes lo determinará todo. Es que cualquier otro inconveniente se supera: una llanta pinchada, la falta de combustible, los recursos, etc. PERO, el síndrome de la mitad del camino es la prueba más difícil para llegar a la meta.

Requiere de una convicción personal profunda. Aquí no hay atajos. No hay pedido de pausa. No hay un parador. No se pueden cerrar los ojos. No está permitido dormirse frente al volante. Porque todo ello implicaría engrosar aún más la lista del panteón de los que abandonan a mitad de camino.

Así, encontramos estudiantes que dejan sus carreras, padres que abandonan a sus hijos, deportistas que «cuelgan los botines» debido a una lesión, matrimonios que se divorcian, líderes cuya integridad se hace trizas, empresas que cierran antes de cumplir un año en el mercado. En fin, sueños que tienen una muerte prematura.

Sin embargo, quienes se sacuden del letargo y de la impaciencia, quienes le ponen garra a las adversidades, quienes saben que lo mejor está adelante… pisan el acelerador y continúan. En Filipenses 3:13-14, Pablo escribió:

Olvidándome ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta…

Para adelante. Hay que recorrer la carrera todita entera y de paso, ¿por qué no disfrutar y registrar unos cuantos aprendizajes en postales de viajero?

«… a mitad de camino es cuando uno está más cansado, cuando empieza a distraerse, cuando se impacienta y tienen lugar la mayoría de los accidentes».

Así que… no te me duermas. No te me distraigas. No te me bajonees. No te me quedes a mitad de camino.VAS A LLEGAR.

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A los verdaderos amigos


Llega el 30 de julio y las compañías de telefonía celular por poco no colapsan por el tráfico de comunicación, las redes sociales revientan de mensajes, los peluches están más en auge que nunca, las estanterías de tarjetas de Village People™ se vacían, el humo de los asados serpentea por doquier y cuesta conseguir mesa grupal en un café. ¿La razón? EL DÍA DE LA AMISTAD.

Dentro de esas 24 horas, a todos los que se cruzan por nuestro camino les decimos «¡Felicidades!». Por una parte, como signo de cortesía, por otra, por las ganas de esparcir la alegría de la fecha. Pero, si lo pensamos bien, sólo podemos decir realmente  «Feliz día» no a una masa de gente, sino a una pequeña manada, a un selecto grupo cercano al corazón. Y les demostraré por qué.

  • Los verdaderos amigos hieren con la verdad, para no destruirse con las mentiras.
  • Los verdaderos amigos no evaden los funerales, aunque eso les genere incomodidad y nerviosismo [¿a quién le gusta ver un ataúd y gente llorando por una pérdida irreparable, oler formol durante el velatorio, quedarse en blanco a la hora de dar las condolencias o seguir a la carroza fúnebre? Pese a todo, ellos están].
  • Los verdaderos amigos no andan ventilando por ahí lo que se contó en confianza. Son un cofre con candado.
  • Los verdaderos amigos pueden encontrarse a 1000 kilómetros de distancia pero permanecer tan cerca, cuando que hay otras personas literalmente al lado de nosotros, pero increíblemente distantes.
  • Los verdaderos amigos te aprecian, incluso en esos días de pire vai donde ni vos mismo/a te aguantás.
  • Los verdaderos amigos son tus primeros fans. Antes que nadie crea en tu talento, ellos lo hacen.
  • Los verdaderos amigos no te usan para sus fines personales, ni se acercan por interés. Ellos te aceptan completito/a como sos.
  • Los verdaderos amigos tienen un detector de estados de ánimo, ellos saben cómo te sentís  tan sólo observando tus gestos. Disimular funciona con todos, menos con ellos.
  • Los verdaderos amigos generan que le digas a menudo a Dios «Gracias por esta amistad».
  • Los verdaderos amigos no se sienten amenazados por tus logros; al contrario, desechan toda envidia y hacen que tu alegría se potencie al máximo.
  • Los verdaderos amigos te estrechan una mano, incluso en momentos en los que no te lo merecés.
  • Los verdaderos amigos perdonan y piden perdón.
  • Los verdaderos amigos no apañan tus errores, pero te ayudan a enmendarlos.
  • Los verdaderos amigos son un blindaje de protección [al +puro estilo PROSEGUR] cuando la gente habla mal de vos sin fundamento.
  • Los verdaderos amigos no piden nada a cambio de su amistad, sólo mantenimiento [eso significa que te extrañan y quieren hablar contigo]
  • Los verdaderos amigos saben de memoria dónde se encuentran los tenedores y los platos en tu cocina, jajaja. Y saben usar tu microondas.
  • Los verdaderos amigos no ganan concursos de popularidad contigo, no tienen miedo de contradecirte con respeto, no suprimen su personalidad por temor a que no te «caiga bien» lo que dirán. Son genuinos, por eso los amamos.
  • Los verdaderos amigos son accesibles. Sabés que podés llamarlos en caso de urgencia y a cualquier hora.
  • Los verdaderos amigos te arriman el hombro, así de sencillo.
  • Los verdaderos amigos saben quitarte una carcajada mejor que nadie.
  • Los verdaderos amigos saben exactamente qué decirte para que se te humedezcan los ojos.
  • Los verdaderos amigos perduran en el tiempo.
  • Los verdaderos amigos son aquellos hermanos -sin parentezco ni sangre-  que elegimos tener en la vida.

Pensándolo bien, en la frase: «Los verdaderos amigos», verdaderos redunda. Pero adrede hice hincapié en la veracidad ya que últimamente cualquiera ya es «nuestro amigo». Si no me lo creen, tan sólo miren la cantidad de «amigos» que tienen en Facebook, Orkut y derivados. Piénsenlo bien: ¿son todos tus amigos?

El escritor argentino José Narosky le da «en el clavo» cuando expresa:

Tengo pocos amigos, ¡pero cuánta amistad tengo!

Que esta semana aprovechemos para esparcir la felicidad a todos, pero en especial honremos a esos verdaderos amigos, a esos hermanos por elección.

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Conversaciones pendientes


«Nadie te recordará por tus pensamientos secretos», escribió una vez Gabriel García Márquez. Y continúa «si supieras que estos son los últimos minutos que te veo diría ‘te quiero’ y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes». Parecen palabras clichés, ¿no?

Aunque analizándolo un poco más, son ciertas. Todos somos dueños de conversaciones pendientes, cuidadosamente reservadas por dentro. Son pendientes porque siempre están «por resolverse o terminarse», sin éxito alguno. Nos acostumbramos a archivarlas con la etiqueta de «Mañana» o «Algún día».

Son como olas que vuelven y vuelven, son pequeños noc’s noc’s en la puerta de la conciencia. Son huéspedes «tercos» que se rehúsan a hacer su check out. Conversaciones pendientes, las hemos recreado en la cabeza, con cientos de matices; hasta les hemos designado una banda sonora al escuchar una canción que calza al dedillo.

Las conversaciones pendientes se gestan cuando nos mordemos la lengua, cuando dejamos pasar la oportunidad. Son en microexpresiones: El «gracias» nunca verbalizado. El «te amo» puesto en mute. El «perdoname» guardado por la vergüenza. El «te extraño» reprimido.

Las conversaciones pendientes seguirán adentro, camuflajeadas en la superficie con sonrisas de fachada, desvíos de miradas o aparente frialdad [cuando adentro un volcán pareciera estar al borde de la erupción]. Piden a gritos salir, hasta los ojos las delatan. Pero se callan. Se guardan. Se archivan. Por temor a exponerse, por vergüenza, por miedo a la vulnerabilidad, por timidez, por falta de tiempo, por desatención, por eternas postergaciones.

John Mayer las hizo música en «Say» [Resumen: decí lo que tengas que decir] y Lady Antebellum en «All We’d Ever Need» [Resumen: nadie lo sabe, a excepción de mí].

Mi consejo: no cargues con tantos pronunciamientos y palabras calladas. No esperes a que una crisis sobrevenga, no esperes hasta que esa persona viaje al otro lado del mundo, no esperes a que de la vereda de enfrente se tome la iniciativa, no esperes a estar en el pasillo de un sanatorio.

A las conversaciones pendientes hay que ventilarlas, hay que dejarlas salir, hay que tenerlas de una vez por todas. Porque cuando son finalmente liberadas, también nos liberan a nosotros. Y aunque los resultados pudieran no ser los que esperábamos, hay que arriesgarse. Conozco casos de padres reconciliados con sus hijos, el mejor amigo que se le declaró a la mejor amiga y terminaron casados, hermanos que se han perdonado años de hostilidad y amistades que se han restaurado.

Así que, convirtamos a las conversaciones pendientes en conversaciones pendientes.