Publicado en Apuntes de aprendiz

No quiero mi cachete en la ventana


Qué semanas más intensas e históricas viví en mayo y lo que va de junio. Primero estar en la organización del Encuentro Paraguay Joven, que marcó un hito tras reunir a 500 jóvenes agentes de cambio de lo largo y ancho del país:

Luego otro hito, esta vez deportivo: lograr campeonato invicto con el Club Olimpia en el torneo Top 5 femenino de básquetbol de Primera División [16 partidos sin perder].

En ambos casos, hubo MESES de trabajo arduo, hubo pequeñas y grandes victorias así como circunstancias desalentadoras, pero que no impidieron el avance a la meta. Hubo riesgos, sí. ¿Dolor? Sí. ¿Lágrimas?, sí. ¿Temor? Sí. ¿Críticas?, al orden del día. Pero también hubo pasión, hubo impacto, hubo resiliencia, hubo valentía, hubo excelencia, hubo récords, hubo historia.

Pienso en voz alta: cada día quiero ver una necesidad e inquietarme para accionar. Quiero plantar una semilla. Quiero correr la carrera. Quiero ser leona y no cordero, quiero pelear por aquello que vale la pena. Quiero invertir mis horas en el bienestar de mi país y de mi gente. Quiero desgastarme por una buena causa. Quiero sumar ladrillos a la arquitectura de ese imaginario|país que anhelamos.

Lo que no quiero es encontrarme con el cachete pegado a la ventana, mirando como afuera suceden las cosas. No quiero estar en la gradería criticando, dando órdenes, silbando, quejándome, tirando tomates, rezongando o incluso, bostezando. DE ESOS, SOBRAN.

Hasta parece romántico e idealista plantearlo de esta manera [y el papel lo aguanta todo], pero sepan que sé lo que cuesta pagar el precio por un sueño. Estos tiempos difíciles inducen a que nuestra audacia primigenia se apague. Pero es ahora, más que nunca, cuando necesitamos estar henchidos de ella.

La verdad es ésta: Nos urge cruzar la línea.

Y reciban de mi parte un estruendoso redoooooooble de tambores todos aquellos que dan un paso más allá de la línea trazada. De ellos se acuerda la historia. No de los neutros ni de los criticones.

Un abrazo fuerte,

Naru

 

Publicado en Viajes aleccionadores

Olfatear gente


Algunos me suelen preguntar, ¿de dónde te vienen las ideas para un post? Respondo: de todos lados, hasta de la toalla de un hotel. Sí, leyeron bien. Atájense.

Viajé este fin de semana a Encarnación para el casamiento de mi prima. Aunque a veces resulta cansador, viajar en ruta tiene su encanto y su desestrés. Para quienes estamos encerrados entre cuatro paredes gran parte de nuestro tiempo, resulta catársico que el sol te encandile, ver cerros, verde, vacas, jaguas, tajamares y tener sobre la mesa la milanesa de surubi de Villa Florida [con una ensalada mixta y un limoncito al lado]. Por motivos laborales, ya en febrero había recorrido 1000 kilómetros por el interior del país y fue una experiencia única. Ahora volvía a repetir una parte de ese trayecto en la Ruta I, pero con el pelotón familiar. Nos hospedamos en un coqueto hotel con vista a la nueva costanera de Encarnación.

Ya acomodada en la habitación, entré al baño [a cepillarme los dientes, aclaro] y al secarme la cara me llevé la grata sorpresa de que la toalla tenía un aroma fantástico, de los que te insta a olfatear [oler con ahínco y persistentemente]. No sé si era perfume, colonia o suavizante, pero de una cosa estaba segura, su aroma era casi adictivo.

Y allí nomás me vino la idea para un apunte de aprendiz: cada uno de nosotros tiene dos capacidades, una es la de emanar un olor personal característico, la otra es la de detectar el olor de otros.

A esa ecuación hay que sumarle el hecho de que el olfato es el que mejor evoca los recuerdos. Es decir, difícilmente se olvide un olor. Las partículas aromáticas quedan registradas en el disco duro de nuestro cerebro asociada a alguna característica: buena o mala.

Verán, esto de detectar olores se da en las relaciones interpersonales también. Hay personas que son como los buenos perfumes: desprenden olores agradables, belleza, personalidad, originalidad y te dejan con un grato recuerdo [y queriendo más]. Otros, sin embargo, transmiten olores desagradables, dan rinitis alérgica [y querés estornudarles], son una mala imitación y te repelen.

Pensemos por un rato: todos nos ponemos perfume|colonia|desodorante diariamente, y estos son como una marca registrada ® que dejamos a la gente al pasar. ¿Y qué sensación les generamos con nuestras conversaciones y con nuestra interacción? ¿Les hacemos huir o les fascinamos? ¿Les dejamos intoxicados o embelesados? ¿Qué aroma transmitimos como personas?

Más vale el buen nombre que un buen perfume, Eclesiastés 7:1

Finalmente este versículo bíblico me hizo reflexionar en que no importa cuánta fragancia [de las más caras] nos apliquemos. La que más relevancia tiene es la que llevamos por dentro, la de nuestro nombre, nuestra reputación y personalidad. Esa es la que trasciende, y esa es la que todos recuerdan… o quieren olvidar.

Publicado en Apuntes de aprendiz

Lo que somos


Fue un ejercicio muy revelador, lo hicimos como parte de un curso de liderazgo. Formamos dos grupos: los A y los B. Primero los A caminarían lo más normal y natural posible entre ellos, mientras los B observaríamos para luego imitar a los A exactamente en su manera de caminar. Una suerte de «soy tu espejo».

Al llegar el turno de verme reflejada yo también por mi dupla A, me percaté de que había sido camino lento, soy muy absorta en mis pensamientos y a diferencia de otros, no hago tanto contacto visual. Cuando preguntaron «¿Cómo te sentiste siendo el espejo de la otra persona?», me apresuré en responder «La verdad que quisiera caminar como lo hizo mi dupla A, porque camina más rápido y sonríe más a la gente. Por lo visto yo me concentro bastante en mis propios pensamientos y camino despacio».

La respuesta del coordinador del ejercicio me dejó boquiabierta: «Vos sos vos. ¿Por qué tenés que caminar más rápido? Vos caminás así. ¿Por qué renegar de tu personalidad? No andes deseando complacer siempre a los demás».

Glup! [tragué profundo].Honestamente no esperaba una respuesta así. Me descolocó, y me dejó con un aprendizaje que puede ser transversal a otras áreas. La frase magistral de John Eldredge lo dice todo:

Permiso para ser lo que somos. Permiso para vivir de corazón, y no de la lista de «debemos» y «tenemos» que a muchos nos ha dejado cansados y aburridos.

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Situaciones límites


Quinto curso de la secundaria, clase densa de filosofía y dos palabras que no se borrarán de mi mente: «Situaciones límites».

Acorde a mi profesor, las situaciones límites [como una enfermedad terminal, un accidente grave, la muerte de un ser querido, una catástrofe, etc.] llevan a la persona a un profundo análisis de su vida, a un replanteamiento de sus prioridades y de sus relaciones, a un sinfin de preguntas existenciales.

Fui a ver la película nominada al Oscar 127 horas. Obviando detalles, la historia es dramática: una feroz roca deja atrapada la mano del montañista Aron Ralston y lo obliga a pasar 5 días en medio de un cañón solitario en Utah [con poquísima agua en su cantimplora]. Pasaban los minutos y la frase seguía siendo la misma en mi mente: «SITUACIÓN LÍMITE. SITUACIÓN LÍMITE». Realmente fue predecible la trama, aunque bastante interesante. Teniendo a la muerte respirándole la nuca y a una pequeña grabadora como única testigo de sus potenciales últimas horas, Aron decide auto-grabarse y dejar un mensaje.

¿A QUIÉN?

A personas. Amadas. Anheladas.

Esa fue su situación límite. Esa fue su reorganización de prioridades. Ese fue su despertador extremo. La verdad que no todos necesitamos pasar por algo dramático para mirar con otros ojos la vida. Algunos ya somos conscientes de que cada día es un regalo. Pero en algún momento eso se tuvo que haber incubado.

No puedo evitar pensar en ¿qué grabaríamos nosotros? Sospecho que la respuesta a esa interrogante nos dará la pista para vivir de ahora en más con un fuerte propósito.

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El celular al agua


Accedí al guión de «The Devil Wears Prada» [El diablo viste a la moda], una de las películas más taquilleras del 2006 y que le valió la nominación al Oscar™ a la genia de Meryl Streep. Sin ánimos de hacer un resumen largo, sólo diré que trata de la historia de Andy, una aspirante a periodista que termina como asistente de la fría y exigente Miranda Priestly, editora de la revista de moda Runway.

Andy está en el puesto «por el cual un millón de chicas matarían». Pero más tarde, al entrar en el frenesí laboral, se da cuenta de que va perdiendo poco a poco todo lo que más vale en la vida. Y quiero transcribir aquí un intercambio de opiniones que tienen Andy y Miranda en una limosina mientras están en la semana de la moda en París.

Miranda: «Mientras más poderosa te conviertas, mayor será el juicio y el escrutinio hacia tu persona. Te perderás de cosas como vacaciones, atardeceres y momentos con tu familia. Algunas personas en tu vida nunca aceptarán tus prioridades. No todos pueden entender esa presión, Andy. Pero ahora sabes que puedes».

Andy le mira a su jefa atónita por lo que está escuchando.

Miranda contnúa: «Entonces ahora tú sabes que puedes tener mi vida. Puedes hacer lo que hago. Porque puedes sacrificar las cosas que necesitan ser sacrificadas».

Andy: «Pero ¿qué pasa si no puedo hacerlo? Es decir, ¿qué pasa si eso no es lo que quiero?

Miranda le sonríe y responde: «No seas tonta, Andy. Por supuesto que eso es lo que quieres. Todos quieren ser como yo».

Allí se interrumpe el diálogo y Miranda baja de la limosina -esperando que Andy también descienda- para enfrentar a un montón de paparazzis afuera. Pero aquí la historia da un giro interesante. Miranda pisa la alfombra roja, los flashes no cesan, y en eso se percata de que Andy ya no está detrás de ella. La cámara enfoca a la aprendiz alejándose del gentío y dirigiéndose hacia una fuente de agua. En eso suena su celular. El nombre MIRANDA aparece en la pantalla. Entonces Andy toma una decisión drástica: tira su celular a la fuente de agua y se va.

Hasta ahí quisiera llegar con la descripción. Qué aprendizaje profundo el del diálogo en la limosina. Por un lado vemos a una ejecutiva exitosa y admirada en el mundo de la moda, cuya vida personal como esposa y madre se cae a pedazos. Por el otro lado, vemos a la aprendiz que casi imita la vida de su jefa, que atiende su celular las 24 horas para temas laborales, que interrumpe una cena familiar para ocuparse de reclamos de su jefa, que pierde a su novio y se aleja de sus amigos, que ya es casi inaccesible, que empieza a destacarse en lo laboral a costas de sus relaciones interpersonales más importantes.

Realmente no hay mucho por analizar, esos diálogos son bastante elocuentes por sí mismos. Sólo me gustaría agregar que esto no significa que renunciemos a nuestras responsabilidades, sólo que tomemos decisiones simbólicas como las de Andy y «tirar el celular al agua». Aunque suene paradójico, tenemos que desconectarnos para conectarnos.

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Lecciones del Narumóvil®


Sí, el Narumóvil®, como cariñosamente le llamo a mi Toyotita Duet, un auto mbarete que ha sido mi transporte por más de 2 años. Entro y salgo de él todo el día, esperando que funcione y que nunca me cree problemas [sobre todo al regresar a la noche a casa]. Cada tanto -cuando cargo combustible- me preguntan en la estación de servicio si quiero revisar el aceite y el agua. Mi respuesta casi automática es «No, gracias. Después nomás». Ocurre que estoy en tránsito, tratando de llegar puntual a algún lugar. Siempre.

Y allí empieza la postergación. Esa revisión importante se deja para «después nomás», HASTA QUE un día nos quedamos en la calle con el auto descompuesto o con el motor «muerto» en el garage. Y en esas condiciones no es grato abrir el capot, por miedo al humo, a que el motor esté hirviendo o simplemente a no saber dónde rayos está el problema [las mujeres sobre todo estamos perdiiiidas en ese mar de tuercas y cables]

Entonces con un ojo abierto le echamos una miradita a lo que hay allí. Y no nos gusta lo que vemos. Sobreviene la pregunta aterradora [de la que habla John Eldredge en su libro «Walking with God»] del ¿cúándo fue la última vez que miramos allí? ¡UFF! Yo no me acuerdo cuándo fue la última vez que miré debajo del capot del Narumóvil®, y me da vergüenza decirlo. Porque soy su dueña, su administradora y la responsable por su correcto funcionamiento. Realmente todavía no me ocasionó ningún inconveniente [¡toco madera! jajaja], pero sé que ese pensamiento lleva a forzar las cosas a su límite. Aunque aparentemente todo esté en orden, siempre conviene un mantenimiento y una previsión.

Así como ocurre con los autos, el mismo descuido y la misma postergación potencialmente podríamos replicar con nosotros mismos, con nuestros cuerpos, con nuestra alma, con nuestro espíritu.  Funcionamos tooooooodo el día, casi mecánicamente, y sobre la marcha corremos el riesgo de quedarnos sin lo fundamental. Pregunto: ¿cuál es tu agua y tu aceite?

Aunque no sea una costumbre, debemos mirar debajo del capot de vez en cuando y renovarnos.

Magistralmente lo dice Bernardo Toro «se cuida lo que se ama, se ama lo que se cuida».

 

Publicado en Apuntes de aprendiz

La mejor aula de clases


Mi amiga Mumi compartió conmigo un video de John Maxwell sobre el crecimiento personal. Entre varios de los puntos mencionados, uno de ellos captó toda mi atención: Si querés desarrollarte como persona, no estés en un aula de clases donde seas el/la mejor. Entrá al aula donde haya gente más inteligente, más rápida, y mejor que vos, porque es así como vas a aprender, vas a salir de tu zona de comodidad y vas a estirarte.

En otras palabras, procurá esos lugares donde sientas desafíos y donde te suden las manos. Un ambiente donde crezcas constantemente. Donde tengas que esforzarte el doble de lo acostumbrado, donde tengas que remarla, donde seas aprendiz, y no mentor/a.

«La adversidad hace que algunos hombres se rompan, otros rompen récords», William Arthur Ward.

Por supuesto que ser llevado/a a tu límite probará si tenés lo que se necesita para «pasar de curso». Pero es allí donde se encuentra la encrucijada de: quebrarte o quebrar tus limitaciones.

Nunca te arrepentirás de unirte con gente que eleve tu nivel de conversación, con gente cuya vida te inspire, gente que ya ha transitado ese camino que querés empezar, gente que sea un manual de instrucciones andante, gente que te impulse, gente que te de un akâpete cariñoso de exhortación, gente que ejerce una mentoría sana sobre tu vida.

Porque así como «las malas compañías corrompen las buenas costumbres», creo que las buenas compañías también dejan su impronta y su huella inconfundible.

No sé ustedes, pero yo me inscribí a varias clases y materias este año. No sé cómo me irá, pero de algo estoy segura: ME QUIERO ESTIRAR.

 

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Conexión || desconexión || reconexión


Esa pareciera ser la dinámica en las relaciones interpersonales. Es como la batería del celular: siempre que la carguemos -cada tanto- tendrá el suministro de energía suficiente para que todo funcione bien. Pero cuando la relación se descuida o sufre un daño grave, la batería chilla por un tiempo y luego se descarga porque nadie ya se interesa por un cargador, y eso repercute en el apagado general. Todo queda resumido a una pantalla negra, a nada. Pero es allí cuando aparecen momentos que permiten la reconexión. Quizá no llenan la batería de una vez, pero permiten que las barritas de energía vayan subiendo de a poco nuevamente. Y eso es un avance.

Conexión|| desconexión ||  reconexión

Gozamos de esos instantes de enlaces, de lazos, de concatenación con otros; pero como «todos somos normales HASTA que nos conocen», muchas veces sobrevienen cortocircuitos e interrupciones [fallamos y nos fallan]. Y nos quedamos sin batería 😦 y sin una persona menos en nuestras vidas. Allí entra la madurez para procurar restablecer la relación nuevamente [si vale la pena]. Se trata de buscar los «momentos enchufes» para resucitar a las barritas de energía de la amistad.

Y paulatinamente, volveremos a reconectarnos. Y empezará de vuelta el círculo: los buenos tiempos… las pruebas… y el chirrido de «batería baja». Pero tranquilos/as, nada que un buen cargador o una buena conversación no puedan solucionar.