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Pelota jara


Dada mi reciente participación [con mucha caradurez] en un torneo de fútbol de campo, comparto con ustedes un apunte más para mi diario de aprendiz de la vida. La idea me vino en medio de un partido, parada a mitad de la cancha. ¿A mí nomás me pasan esas cosas?, jaja.

Comprobé que el fútbol de campo es un deporte sumamente colectivo y de equipo. Ya sé: chocolate por la noticia. Pero déjenme decirles que me impresionó esta verdad. Quien quiera hacerse del pelota jara termina chocando contra una muralla llamada defensa; termina con la lengua afuera por el cansancio, frustrado, recriminado por sus compañeros de equipo con el «¡¡Pasaaaaaaa pueeeeeeeees!!» o con una dulce lección de humildad por parte del rival al robársele el balón. Valga una aclaración: ese chuleí magistral de Maradona en el Mundial de México ’86 fue muy, muy excepcional, jaja. Para el resto de los casos, prima el juego colectivo.

Es que en las dimensiones de la cancha de fútbol -que son entre 120 metros de largo y 90 de ancho como máximo- NADIE soportaría correr continuado durante 90 minutos; NADIE estaría omnipresente en el arco, en la defensa, el mediocampo o la delantera. En síntesis, es un juego grupal. Depende de que cada uno rinda en su puesto.


La clave es avanzar en bloque, es tocar el balón escalonadamente, es hacer relevos, es que cada quien «aporte su grano de arena» y deje su estrellato de lado. El fútbol de campo es como un engranaje donde sus partes se ensamblan en perfecta sincronía.

Los que anotan los goles son la cara visible de la victoria, son los que acaparan las tapas de los suplementos deportivos o los que normalmente se llevan los elogios. Pero, detrás hay un trabajo de equipo enorme. En el tenis, por ejemplo, el mérito pertenece a una sola persona y en el fútbol son numerosos factores los que convergen: desde el planteamiento táctico hasta el rendimiento de todas las filas, sean defensivas u ofensivas. Los unos necesitan de los otros.

Esa misma dinámica se traslada a la vida que llevamos fuera del campo de juego. Todos necesitamos de todos. Si conseguimos una victoria o un logro, fijémonos bien en los antecedentes  si quién o quiénes colaboraron. Quizá fuimos ese delantero que metió la cabeza en el momento oportuno, pero beneficiados por el centro perfecto de otro. Quizá el golazo de tiro libre que clavamos en el ángulo fue fruto de la falta que consiguió otro compañero. Quizá la excelente habilitación que nos dejó «mano a mano» con la oportunidad de gol provino de una gran defensa en el medio campo. Es decir, nuestros logros son una cadena de clips que otros pudieron haber iniciado. Algo similar al recorrido de la antorcha en las Olimpiadas.

Los pelota jara terminan o festejando solos, o llorando solos. Los solidarios, sin embargo, multiplican su alegría con otros y dividen sus penas. Saben que toda su fuerza provino de una cooperación, de una auténtica sinergia. Y así como uno recibe cooperación para la victoria, uno también debe colaborar para la agenda de otros. Y aunque «ese otro» se lleve los laureles y salga en la foto, dentro nuestro reside la satisfacción de  haber sudado la camiseta para ayudar en la causa.

¿O no?

«Pasaaaaaa pueeeeeeees!»

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Abrazar más


Durante casi 4 meses compartimos la vuelta a nuestras casas en bus. Ambas estábamos en segundo curso de la secundaria y teníamos 14 años. Compartíamos también el haber nacido en la misma fecha y el amor por el básquetbol, ya que era mi compañera de la selección nacional en categoría sub 16. La veía todos los días pues nos estábamos preparando para un sudamericano a disputarse en Lima, Perú.

A veces nos tomábamos las lecciones [era fecha de exámenes finales]; a veces charlábamos sobre Dios, sobre nuestros problemas [pseudoproblemas a esa edad, jaja] y sobre la vida.  Hablar de todo un poco es la especialidad de las mujeres 🙂

Llegó la fecha del viaje y, si bien salimos últimas en el torneo y basquetbolísticamente fue un fiasco, nos hicimos buenas amigas entre todas. Terminado el Sudamericano no nos volvimos a ver en semanas hasta que coincidimos en un partido del torneo local. Ella se acercó a mí y me abrazó con efusividad. No le correspondí el abrazo con la misma intensidad, porque ella sabía que  yo era tímida de naturaleza. Entonces me enseñó una lección que nunca olvidaré por el resto de mi vida:

Naru, ¡¡¡tenés que abrazar más!!!, me dijo.

Y me zarandeó y me volvió a abrazar. Entre risas le dije «oook, te prometo».

Fue la última vez que la vi.

Un par de meses más tarde recuerdo que estaba en la Iglesia cuando mi tía -con un rostro entristecido- me entregó una bolsa con ropa y me dijo «te acompaño al baño para que te cambies». «¿Para qué me voy a cambiar?», le respondí a medida que entrábamos. Y ahí, sin anestesia, me dio la noticia de que mi amiga había sufrido un grave accidente en cuaciclón y que murió al instante.

No podía creer. Una se acostumbra a despedir abuelos, tíos, parientes de otros, pero no a amigos  y ¡menos tan jóvenes! Me cambié y fui al velatorio. No podía parar de llorar, creo que hasta fiebre y todo me dio. Fue un shock para todos los que la conocían. Era una persona especial y no lo digo porque ya no esté, de verdad lo era.

Pasaron los días y vinieron a mi mente cada conversación, cada anécdota, cada tiempo compartido en el bus a la vuelta de la práctica y me acordé de lo último que me dijo: «Tenés que abrazar más».

Desde entonces, cambié. Tomé sus palabras como una misión. Pulí mi introversión y abracé más. De hecho, siempre en un mensaje de texto o en un e-mail te ponen como despedida «Besos». Bueno, yo escribo «Un abrazo» y lo digo en serio. Estrecho entre los brazos en señal de cariño. Creo que muchos de mis amigos ya lo percibieron: a veces abrazo como si fuera la última vez. Para mí abrazar es rodear, contener, comprender… es significativo.

Los paraguayos saludamos protocolarmente con dos besos o con el handshake. Lo hacemos todo el tiempo. Pero abrazar es distinto. Hay gente -y lo digo sin exagerar- que nunca recibió un abrazo en toda su vida.

Y es tan lindo darlo y recibirlo. Por eso la mejor expresión natural para despedir, para dar una bienvenida, para felicitar, para consolar, y para amar… es el abrazo.

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Hacer nuevos amigos


Cada 31 de diciembre a las 22.30 me siento en el escritorio durante 15 minutos para plasmar en una hoja de papel una evaluación sobre lo que fue y mis expectativas sobre lo que vendrá. Parecería que ese momento específico «tiene un algo» que me pone las cosas en perspectiva. [¿será el sonido del 3×3 en la calle?] Es la misma rutina: muerdo mi lápiz, me sueno los dedos y empiezo a escribir.

Hay una constante cada año en esa listita de metas y es la frase: «hacer nuevos amigos». Es raro establecerte eso como objetivo puesto que es algo que nos pasa y no algo que buscamos. Pero aprendí con el tiempo que Proverbios 18:24 encierra una verdad impresionante:  «el hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo…»

Interesante. Esto no se trata de dejar las amistades de siempre, sino de extender nuestra zona un poco más de su radar y mostrarnos afables con las personas. ¿Afables? Sí. Según la RAE: «Agradable, dulce, suave en la conversación y el trato». Porque, ¿quién no quiere estar con una persona así? Es más, ¿quién no quiere ser amiga de una persona así? Bueno, convengamos que no somos afables las 24 horas del día, a veces hay mucho de «argeles» en el medio, pero entienden mi punto, jaja.

Extender el alcance de nuestro radar habitual

Este 2010 todavía no termina pero puedo asegurarles que fue el año donde más nuevos amigos he cosechado en las distintas áreas en las que me desenvuelvo. ¿Pero por qué? No salí con cartelitos diciendo «Quiero ser tu amiga» con cara de puchero. Lo que hice fue practicar la afabilidad y empecé a hacer por otros lo que me gustaría que hagan por mí. Dejé de esperar pasivamente que me traten bien para devolverles la misma actitud. Fui proactiva, busqué ser afable primero, me arriesgué e inicié conversaciones,  a pesar de mi introversión domesticada y mi pirevaísmo del día.

¿El resultado? Conocí muy buena gente y compartí experiencias inolvidables.

Durante el rescate de los 33 mineros escuché decir a una psicóloga vía CNN que las tres claves para la felicidad son 1) hacer cosas que te den placer 2) establecer conexiones significativas con otros y 3) tener un propósito en la vida. Eso de establecer conexiones significativas con otros es muy, muy cierto. Fuimos creados con un fuerte sentido de la «sociabilidad», si cabe el término. Conectarnos con otros nos hace felices.

Hay quienes buscan arreglos transitorios y parches, o incluso aspirinas sociales para solucionar sus problemas agudos. Se aíslan. Pero en realidad, aparte de Dios, son las personas las que pueden ayudarnos y sostenernos a sobrellevar los malos momentos. A veces vemos el mundo no como es, sino como somos nosotros. Y los amigos nos ayudan a ver la realidad. «El ungüento y el perfume alegran el corazón, y el cordial consejo del amigo, al hombre», dice Proverbios 27:9.

Sencillamente «mejores son dos que uno […] Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante» Eclesiastés 4:9-10. Da guuuuuusto tener amigos y en todas las formas, tamaños y variedades 😉

Ahora entiendo por qué año tras año seguía estableciéndome la misma meta: el papel lo aguanta todo. Es fácil escribirlo, pero hacer algo para que ocurra es el desafío. La afabilidad fue una estrategia en ese sentido. Si me permiten, creo que agregaría algo a Proverbios 18:24:

el hombre que tiene [y quiere] amigos ha de mostrarse amigo [primero]«

 

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Sembrar con lágrimas


Dicen que no importa tanto cómo se empieza, sino cómo se termina. Hay una reflexión que quiero compartir con ustedes. Se trata del crecimiento progresivo, frente al express. Eso de «quemar etapas» es una ley de la vida que se quiere ignorar, pero pasa la factura tarde o temprano. Es que todo se quiere muy rápido…  y fácil.

Esta mañana temprano, recorriendo el jardín de mi casa, mi mamá me llamó para mostrarme orgullosa su planta de acerola y los pequeños frutos rojos que brotaron.

– ¿Y hace cuánto tiempo que está esta planta aquí? No me di cuenta- le dije.

– Desde hace 9 meses. Estuvo creciendo y ya empiezan a aparecer sus frutos- me respondió con una clara expresión de felicidad en su rostro.

Aparentemente no hay resultados visibles mientras uno se prepara; hay como una lentitud que desespera, ¡hasta en las mismas plantas! Pero esos son los momentos de siembra -los difíciles- pero necesarios. Lean atentamente lo que dice Salmos 126:5-6:

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.

Admitamos, no toda preparación es placentera. Nos tienta comer el postre antes que los vegetales. De niña yo sufría cuando mi abuela colocaba frente a mí la suculenta sopa de verduras [ponía cara de Mafalda]. Pero al presente no sólo veo los resultados de esa alimentación, sino que me encantan las verduras [ok, admito, menos la remolacha]. Hoy, la abuela ya no me puede exhortar a alimentarme bien. Es una mayordomía personal, soy responsable de mi propio bienestar. Es que el estar prestos, preparados, listos, capacitados depende de nuestra autodisciplina, depende de si queremos tirar la semilla y cuidar de que crezca.

Comparto una anécdota más. El otro día el preparador físico de nuestro equipo de básquetbol nos dijo en referencia a un rival en el torneo: «Ellos no van a lograr estado físico en una semana. Nuestro equipo le lleva ventaja de meses». Me vinieron a la mente todos los sacrificios, entrenamientos diarios en el club, descuereos casi-casi madrugadores en el Parque Ñu Guazú, trotes en el Parque de la Salud, los intermitentes, las postas, los ejercicios de velocidad, [que a veces nos dejaban jadeando], las dos pre-temporadas a lo largo del año… en fin, hasta me canso al recordarlo.

Él tenía razón. No se puede forzar el crecimiento de algo en un tiempo corto. Vuelvo a la tesis del inicio: hay que quemar etapas. Y nosotras definitivamente «sembramos con lágrimas» y esta noche misma sabremos si recogeremos con regocijo, porque disputaremos la final del torneo.

Pero ¿quién no quiere tomar una pastilla mágica y ver fortalecidos sus músculos al instante? ¿O tener el pulmón suficiente para aguantar 40 minutos intensos? ¿O desarrollar la potencia para correr ida y vuelta, ida y vuelta? ¿Quién no quiere entrenar tan sólo 1 SEMANA y lograr resultados fabulosos?

Lo mismo ocurre con otras áreas de la vida. Algunos quieren que el cerebro digiera el contenido de un libraco un día antes del examen; que la dieta de 5 días haga bajar 5 kilos, que la lucha contra una adicción desaparezca con sólo una oración de arrepentimiento; que el regar la planta una vez a la semana funcione para tener un jardín verde.

Si hay que terminar un trabajo para el viernes y se holgazanea de lunes a jueves… no esperemos buenos resultados. Sin embargo, si la diligencia está presente y se «queman etapas» durante la semana, vendrá un: L̸u̸n̸e̸s̸ M̸a̸r̸t̸e̸s̸ M̸i̸ér̸c̸o̸l̸e̸s̸ J̸u̸e̸v̸e̸s̸ ¡Viernes de victoria!

Este avance progresivo del que hablamos no puede ser visto por el público, pero los resultados sí trascienden y están expuestos. Ya lo dijo brillantemente Joe Frasier:

Si hace trampas cuando está oscura la mañana, se le descubrirá bajo el brillo de la luz.

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¿Qué estamos dejando?


Vi un documental de la BBC acerca de la bomba atómica que Estados Unidos arrojó en 1945 sobre la ciudad japonesa Hiroshima, durante la II Guerra Mundial. Hubo una parte que me erizó la piel: cuando el presidente norteamericano Harry Truman dio luz verde para que las compuertas del avión se abrieran y “little boy” (como irónicamente apodaron a la bomba) descendiera a su objetivo. Sólo bastaron segundos para que una ciudad entera de civiles desapareciera calcinada. El resto es historia.

Tuvo sus defensores y tuvo sus detractores, sólo algo es certero: la decisión de Harry Truman cambió el curso de la humanidad [y Dios lo juzgará algún día por ello] Aunque ninguno de nosotros lanzaría bombas atómicas [eso espero], sí compartimos algo en común con Truman: todos dejamos un legado –bueno o malo- y nuestras decisiones tienen alcance generacional.

Somos responsables de ponerle fin a las maldiciones que se quieran perpetuar y, a la vez, debemos honrar el buen legado de los que ya no están. Habremos de enriquecer nosotros mismos dicho legado y prepararlo para el traspaso a aquellos que todavía no nacieron. Dicho en términos sencillos, nos corresponde prolongar la bendición en nuestras familias y grupos. Ocasionar un efecto multiplicador.

Digamos adiós a la mirada cortoplacista. No se trata sólo de nosotros, sino también de los que vienen tras nosotros. ¿Y qué les estamos dejando?

Hay una biblioteca pública en San Pedro del Paraná que se llama “José Giménez”. Nunca conocí a este señor, pero según me contaron, fue un profesor admirado y un escritor profuso. Si bien no tengo punto de comparación con el talento de José Giménez, hoy siento que de alguna manera estoy parada sobre los hombros de su legado. Fue mi biseabuelo materno. Conocer la biblioteca en su honor, fue algo que marcó mi vida y le dio un impulso a mi sueño.

¿Quién no quiere inspirar a las generaciones que le siguen?

Pongámonos los anteojos de lo eterno. Demos algo de qué hablar, pero nunca olvidemos el fundamento de todo legado y lo que mantendrá en pie a nuestra casa a través del tiempo y las circunstancias:  “Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó porque estaba cimentada sobre la roca” (Mateo 7:25). ¿Y quién es la roca?

Pongamos en pausa la vida un ratito y preguntémonos: ¿Qué es lo mejor de mí que quiero traspasar? Lo dijo Albert Einstein:

Nuestra muerte no será el final si podemos vivir en nuestros hijos y la generación joven. Ya que ellos son nosotros.

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Amé ese día


Ni siquiera lo planeamos mucho. Nos subimos al auto y manejamos hasta la ciudad de Areguá para desconectarnos de todo y de todos [aunque admito que actualicé mi status de Facebook varias veces, jeje].

Experiencia fantástica: numerosas tiendas de cerámica, artesanía, sitios históricos, museos, exposición de pinturas, iglesias antiguas, bibliotecas, Cerro Koi, Estación Terrena, asado al tatakuá con sopa paraguaya y ñoquis, caminata, lago Ypacaraí, fresquito, verde por todos lados, convento de Carlota Palmerola, estación de tren, y por supuesto: FRUTILLAS.

En 6 horas hablé con varias personas y miré fascinada cada rincón de Areguá. Era miércoles 29 de setiembre. Un feriado. Me parecía raro que mi celular no sonaba, que no tenía en la mente un pendiente que entregar, un lugar al que asistir, un compromiso que cumplir. Nada de eso. No había deadlines, ni exigencias, ni tareas. Hermosa sensación de tekoreísmo.

Últimamente los fines de semana ya no son tanto sinónimo de descanso o tiempo familiar. Para mí al menos. Nos llenan y nos llenamos de actividades. Y si decidimos faltar a algunas de ellas nos sentimos culpables por la irresponsabilidad y terminamos no disfrutando plenamente lo que decidimos hacer a cambio. Hasta Dios descansó el séptimo día, valga la aclaración. Quizás nos dejó un ejemplo importante al hacerlo.

Amé ese día en Areguá. Porque pude disfrutar tranquilamente con mi familia, sin presiones. Todo podía esperar. Vivimos el momento y nos alegramos por las pequeñas cosas.

Esta ciudad es hermosa, pero más hermosa fue la actitud nuestra. Ya lo dice la frase de Marcel Proust: «El verdadero viaje consiste no en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos».

Mi felicidad a 29 Km de Asunción

Quiero volver…

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La fogata de la tribu


Por casualidad escuché en la radio la canción titulada “Me dediqué a perderte”. Obviamente estaba dirigida de un hombre a una mujer, pero no pude evitar relacionarla a la dinámica de la relación padres-hijos. Desde hace un tiempo preocupa a nivel sociedad el descuido que muchos hijos sufren.

Algunas de las frases de la canción decían: “me ausenté en momentos que se han ido para siempre”, “cómo es que nunca me fijé que ya no sonreías”, “me alejé mil veces y cuando regresé te había perdido para siempre”, “te dejé para luego”, “por qué no pude comprender lo que ahora entiendo”, “me encerré en mi mundo y no pudiste detenerme”, “entonces descubrí que ya mirabas diferente”, “que había llegado el día en que ya no me sentías, que ya ni te dolía”, “me dediqué a perderte”.

Palabras fuertes, ¿no? Bernardo Toro, un pensador colombiano, dice que “cuando se ama, se cuida. Cuando se cuida, se ama”. Y a los hijos, ¿se los está cuidando? Y me refiero mucho más allá de proveer para ellos. Algunos padres aman a sus hijos pero en el momento en que deben demostrarlo, priorizan el trabajo y compromisos con extraños. Y después se preguntan “¿qué le pasa a mi hijo/a que está diferente conmigo?”

Si hay algo que lastima el corazón de un hijo es ver reiterativamente un asiento vacío en el auditorio, en la cancha, en el cumpleaños, en el restaurant, en las ferias del colegio, e incluso en la mesa de la cocina. Esos momentos ya no vuelven… nunca más. Recuerdo haberle dicho a mi propio padre una vez que en sus últimos días él no solicitaría un extracto de su cuenta bancaria, no pediría para que le traigan sus títulos universitarios ni las fotos de sus mejores trabajos de arquitectura, sino que preguntaría con ansias “¿Dónde está mi familia… dónde están mis hijos?”.

Hurgando en el diccionario encontré algo interesante. La palabra CASA significa “edificio para habitar” y eso lo compra cualquiera; lo difícil es hacer de la casa un HOGAR. Analizando más, la etimología de hogar proviene del latín “focus”, que significa “fuego”. Ahora entiendo por qué se dice siempre “el calor del hogar”. Nuestra familia debería ser ese brasero que nos enciende, esa fuente de energía, ese calor que nos abriga y que nos reúna a todos como si fuera la fogata de la tribu. Un lugar de terapia, un espacio de autenticidad, de desarrollo, de confesión, de educación, de afecto, de ánimo, de correcciones y de contención. Debería ser UNA PRIORIDAD. Pero para ello se necesita echar leña al fuego, de lo contrario, sólo tenemos cuatro frías paredes para habitar, o peor aún: una casa que parece un hotel, usada sólo para dormir y desayunar.

La ley divina de la “siembra y la cosecha” es muy visible en este sentido. Hay padres cuyos corazones se regocijan al ver a sus hijos crecer. Son padres cuyos legados seguirán y seguirán influyendo positivamente. La canción que ellos cantan no es el “Me dediqué a perderte”, por el contrario, es el «Me dediqué a encontrarte».

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Insatisfechos y rebeldes


Tuve el privilegio de escuchar a Javier Darío Restrepo, un tro-esma total. Es periodista colombiano, experto en ética, catedrático y conferencista. Fue en el marco de la muestra «La ciudad que cuidamos», donde 60 iniciativas de la sociedad civil y del empresariado demostraron que la sociedad paraguaya tiene en sí misma la capacidad de responder a los desafíos que enfrenta.

La idea era mostrar una Ciudad «saludable, segura, educada, próspera, eficiente, inclusiva, gobernable y sostenible, con una ciudadanía co-responsable». Uy, parece utopía, ¿cierto?

Ahí entramos en el tema. Muy linda la idea, pero aparentemente inalcanzable. ¿Será que lo es? ¿Y por qué soñamos entonces con un futuro mejor? Aquí van mis apuntes de aprendiz:

UTOPÍA. Del griego οὐ, no, y τόπος, lugar: «lugar que no existe». Es la invitación a crear lo que no es. Es la fuerza que convoca al hombre al máximo de sus posibilidades, lo que le lleva a la excelencia. Es la vocación ética que anida en todo ser humano. Debemos estar conscientes de que el ser humano es un híbrido entre lo posible y lo imposible, lo que es y lo que puede ser. Hay una tensión entre lo actual y lo potencial. Nuestro sueño  siempre es «hacer real lo posible». Eso que tanto la gente llama irrealizable, a eso aspiramos. Y esa es la actitud que cambia la historia.

Los seres humanos nunca podemos darnos por terminados. Siempre tendremos realidades por concretar. Somos un motor en continuo funcionamiento.

Nacemos desnudos e incompletos y así morimos: desnudos e incompletos.

Esta frase aparentemente es pesimista, pero si nos ponemos a pensar profundamente en ella es cierta: no nos llevamos nada y vivimos hasta el último día procurando sueños, cambiando defectos de carácter, tratando de ser mejores, de dejar una huella en el mundo. Todo ser humano es una obra en construcción que no termina.

INSATISFECHOS Y REBELDES. Se viene mi parte preferida. Todo proyecto o aspiración es una crítica de lo existente y se declara en rebelión del ahora. ¿Qué significa rebelarse? Es poner resistencia, es mostrar indignación, y promover un sentimiento de protesta.

Verán, detrás de cada iniciativa de cambio hay una insatisfacción de lo actual. ¡Y eso es bueno! Decir que queremos una ciudad «saludable, segura, educada, próspera, eficiente, inclusiva, gobernable y sostenible, con una ciudadanía co-responsable», surge de la cruda realidad de que en parte nuestra ciudad está con enfermedades, es insegura, la educación es deficiente, hay inequidad, la inclusión es una ausente, falta gobernabilidad, la mirada es cortoplacista y la ciudadanía no asume su rol de responsabilidad.

Por eso nos rebelamos. Por eso preparamos proyectos. Por eso soñamos. Estamos insatisfechos. Esta fotografía de la realidad no nos gusta y debe ser cambiada. Piénsenlo un segundo: los llamados «realistas» nunca cambian nada, sólo los soñadores, los insafisfechos, los utópicos, los creadores de futuro. Es que siempre estamos programando el futuro, estamos centrados en «la agenda del mañana».

Escuché esta frase durante la charla de Restrepo: «LOS ÚNICOS QUE QUIEREN CAMBIAR LAS COSAS SON LOS POBRES Y LOS JÓVENES, PORQUE VIVEN INSATISFECHOS». Los satisfechos no quieren cambiar nada. Fuertísimo, ¿verdad?

Todos tenemos proyectos, esos ejercicios intelectuales plasmados en papel, que cuando se concretan cambian la historia y corrigen el presente. En cada idea que tengamos, está el poder de crear algo nuevo, de acercarnos a lo «irrealizable».

Si ser rebelde -en este contexto- es protestar contra la injusticia, contra el deplorable estado de las cosas, contra los antivalores, entonces quiero ser REBELDE.

Si estar insatisfecha -en este contexto- es vivir buscando lo mejor, seguir poniendo ladrillos a la construcción, no conformarme jamás con la triste realidad, entonces quiero estar INSATISFECHA.

Si ser utópica -en este contexto- es vivir tras la perfección y la excelencia, tras los valores absolutos, desgastarme por los sueños nobles por una mejor ciudad|país|mundo, entonces quiero ser UTÓPICA.

«¡Dejá de soñar! Las cosas siempre se hicieron así, desde antaño. Esta es la realidad a la que tenemos que acostumbrarnos», dirían algunos. Pero es tiempo de que las nuevas generaciones -como a lo largo de la historia- se levanten y digan:

NO. NO TIENE POR QUÉ SER IGUAL QUE CON LOS TATARABUELOS, BISABUELOS Y LOS ABUELOS. NO ME QUIERO ACOSTUMBRAR A ESTA REALIDAD, YO QUIERO CAMBIARLA.