«¿Por qué te parece que a mitad de camino siempre hay panteones?», me preguntaron. «Hummm. la verdad no sé», respondí. Y allí nomás vino una frase digna de ser apuntada: «Porque a mitad de camino es cuando uno está más cansado, cuando empieza a distraerse, cuando se impacienta y tienen lugar la mayoría de los accidentes».
¿No es así también con la mayoría de nuestros emprendimientos? Se inicia con la mejor de las predisposiciones, con «tanque lleno», con suficiente provisión para el resto del camino, con la motivación suficiente como para llegar a la meta y mucho más.
Así empieza la travesía. Se recorren los kilómetros, se superan diversos obstáculos, se atraviesan las curvas complicadas, sobreviene alguna que otra tormenta, vuelve el sol, el paisaje por momentos es alentador. Y pasado un tiempo en ruta las fuerzas ya no son las mismas, el paisaje es monótono y la motivación empieza a desvanecerse.
Miramos el mapa, no porque estemos perdidos, sino porque empezamos a preguntarnos si realmente los kilómetros recorridos valieron la pena. Te refregás los ojos. Allí empieza. Estás en la mitad del camino. En esa encrucijada de continuar o paralizarte.
Los pensamientos: «Esto no termina nunca». «¿Por qué es tan difícil?». «Falta tanto para llegar». «Me cansé». «Todos ya llegaron, menos yo». «¿Y si dejo nomás?».
Es un momento sumamente vulnerable, donde la decisión que tomes lo determinará todo. Es que cualquier otro inconveniente se supera: una llanta pinchada, la falta de combustible, los recursos, etc. PERO, el síndrome de la mitad del camino es la prueba más difícil para llegar a la meta.
Requiere de una convicción personal profunda. Aquí no hay atajos. No hay pedido de pausa. No hay un parador. No se pueden cerrar los ojos. No está permitido dormirse frente al volante. Porque todo ello implicaría engrosar aún más la lista del panteón de los que abandonan a mitad de camino.
Así, encontramos estudiantes que dejan sus carreras, padres que abandonan a sus hijos, deportistas que «cuelgan los botines» debido a una lesión, matrimonios que se divorcian, líderes cuya integridad se hace trizas, empresas que cierran antes de cumplir un año en el mercado. En fin, sueños que tienen una muerte prematura.
Sin embargo, quienes se sacuden del letargo y de la impaciencia, quienes le ponen garra a las adversidades, quienes saben que lo mejor está adelante… pisan el acelerador y continúan. En Filipenses 3:13-14, Pablo escribió:
Olvidándome ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta…
Para adelante. Hay que recorrer la carrera todita entera y de paso, ¿por qué no disfrutar y registrar unos cuantos aprendizajes en postales de viajero?
«… a mitad de camino es cuando uno está más cansado, cuando empieza a distraerse, cuando se impacienta y tienen lugar la mayoría de los accidentes».
Así que… no te me duermas. No te me distraigas. No te me bajonees. No te me quedes a mitad de camino.VAS A LLEGAR.
Prepárense para un largo relato cronológico de mi estadía por Posadas este fin de semana. Si bien los detalles a veces resultan aburridos, espero que puedan leerlo como una historia aleccionadora, espero que me acompañen hasta la «última estación del tren». En medio del relato encontrarán héroes anónimos, historias de mujeres ejemplares, homenaje a los valores familiares, la belleza de la unidad, la hospitalidad, la fuerza de un legado, el génesis de amistades, la felicidad de ganar, la entereza al perder y el valor de consejos sabios.
El pasado viernes a las 00.30, en medio de una molestosa llovizna y una sensación térmica de 7ºC, me subí al ómnibus de La Encarnacena™ rumbo a Posadas, Argentina. Estaba acompañada de Adri y Vero, mis compañeras de equipo de basket del Club Olimpia.
Este viaje no resultaba novedad para nosotras, ya habíamos ido varias veces a la capital de la provincia de Misiones para disputar torneos deportivos con Olimpia. La diferencia era que esta vez jugaríamos en categoría de refuerzo para el Club Atlético Bartolomé Mitre, un equipo posadeño. Parecía buena oportunidad, pero debido a otros compromisos y a la sobrecarga de trabajo, casi-casi no fui. Aún así, algo dentro de mí me impulsaba a intentarlo más; presentía que ésta sería una linda experiencia y que POR UNA VEZ dejara el peso de las responsabilidades a un lado.
No pensé defender otros colores que no sean el blanco y negro, pero me encantó pertenecer por un fin de semana a este equipo
Mi amigo José «Coco» Agüero me dijo una vez que en el blog escribo sobre la profundidad de lo cotidiano. Esta no es la excepción. Sin buscarlo intencionalmente, los aprendizajes empezaron a venir a mí y no los dejé pasar desapercibidos. «Tomé fotografías» durante toda mi estadía y este post es un álbum de esos momentos. Los detalles en las personas y las historias del lugar me dejaron fascinada.
Sigamos con la crónica. Después de 6 horas de viaje, al llegar a la terminal de Encarnación nos tomamos un café con leche caliente y tostadas en un restaurant aledaño para combatir el frío, mientras amanecía y llegaban nuestros anfitriones. Así fue que, conocimos al Profe Juan [nuestro DT] y a Claudia [la capitana del equipo]. Desde el primer instante sentimos la calidez de la bienvenida. Fuimos puestas al tanto de la situación del equipo y cuál sería nuestra función: la complementariedad. No veníamos a «robar» un puesto o a quitar la titularidad de alguien con más trayectoria, veníamos a sumar, a ayudar, a sudar la camiseta con el resto del plantel.
Mientras cruzábamos el puente San Roque González de Santa Cruz -tendido sobre el río Paraná- y llegábamos a la hermosa Posadas, pensé «Espero que podamos cumplir con las expectativas y cuando crucemos este puente de vuelta vayamos con la ‘misión cumplida‘ a nuestros hogares».
Luego de un breve traslado, llegamos a la casa que nos cobijaría como huéspedes: la casa de la mamá de Claudia y de Lorena [hermana de Claudia]. La señora vivía sola en un departamento. Su esposo había fallecido recientemente y había bastante espacio libre para usar. Realmente se percibía todavía en el ambiente una tristeza y un luto por la partida del señor Luis «Japonés» Martin, aunque fusionados con gratos recuerdos narrados cada tanto por sus hijas y su esposa.
Lo primero que hizo la señora fue entregarnos la llave del depto y darnos la libre potestad de entrar y salir a piacere. Eso me impresionó, tratándose de completas desconocidas hasta ese momento. Su voto de confianza me habló muy bien de ella. ¿Conocen esa clase de personas que encarnan «Mi casa es tu casa»? Bueno, he aquí una de ellas.
A las primeras integrantes del equipo que conocimos fueron a las hermanas Claudia y Lorena, como ya les había mencionado. Ambas mujeres trabajadoras [de sol a sol], madres devotas [una de cuatro, la otra de dos], esposas dedicadas, apasionadas en todo, simpatiquísimas y dignas herederas del legado deportivo del padre. Cada gesto que tuvieron hacia nosotras fue loable. Nos abrieron las puertas de sus casas y de sus corazones, nos contaron sus historias [mate amargo y facturas de por medio], nos llevaron a almorzar un exquisito bife de lomito [un must do en Argentina], nos cocinaron pizza casera con mucho cariño y a pesar del cansancio del día. En otras palabras, nos malcriaron, jaja. 😉
Luego está el Profe Juan. No es muy c0mún, al menos en Paraguay, que tu entrenador se acerque a saludarte/felicitarte/alentarte de una manera tan personal. Al terminar el torneo, y tras perder la final, él nos buscó a mis dos compañeras y a mí y nos expresó palabras que se notaron que fueron muy sinceras. A mí me dijo algo que me caló hondo y creo que es uno de los aprendizajes más valiosos que traje en el equipaje de vuelta: «Ser excelente jugadora es importante, pero ser una excelente persona es lo más importante, eso es lo que cuenta, Japo» [apodo por mi ascendencia japonesa 🙂 ], me dijo agarrando mis cachetes y acercando su cara a escasos centímetros de la mía. Y es así:
El deporte termina tarde o temprano, el carácter perdura para siempre.
Un contra-ejemplo en ese sentido es Sol Dorado, el club archirrival de Mitre, que es portador de algunas jugadoras mala leche que empañan su buen juego por su intención de lesionar y de hablar con guarangadas. Mis compañeras y yo tenemos unos cuantos chichoncitos que lo atestiguan 😦
Volviendo a los lindos gestos, aquí va una de mis historias favoritas. La de un héroe anónimo del Club Mitre: Pedro o más conocido como Pedrito. ¡Un señor taaaaan bueno y atento! Él era el ayudante del profe, el que nos hidrataba durante el partido, el que nos secaba el sudor de la cara con su toalla de una forma tan atenta, el que nos daba el abrigo para no enfriarnos [tuvimos bajas temperaturas todo el tiempo allá], el que limpiaba la cancha después de que todos los equipos, árbitros y espectadores se retirasen.
«¿Cómo amaneciste, Pedrito», le pregunté una mañana. «Bien, bien. Estuve limpiando anoche hasta las dos de la madrugada para que hoy esté todo en orden. Repasé la cancha. Ordené las sillas y tiré toda la basura que quedó en las graderías. Luego fui a casa caminando, acá a unas 10 cuadras, pero estaba fresquito y lindo el tiempo para caminar», me respondió.
Me quedé mirándole y pensé «quizá nadie se da cuenta de que la cancha hoy amaneció impecable y de que Pedrito tuvo pocas horas de descanso. Nadie se percata de que en los vestuarios los equipos siempre están listos y ordenados por números, de que el agua está disponible, de que tras todos esos detalles hay un hombre [cerca de los setenta y algo] que silenciosamente hace su labor MUCHO MÁS ALLÁ de las retribuciones… y que lo hace con la mejor actitud. Héroe anónimo. Se cumple el versículo bíblico «Lo que se siembra, se cosecha», porque ahora Pedrito emprenderá la aventura de una nueva y mejor etapa laboral y seguro que cumplirá su trabajo con la mejor predisposición.
Por una cuestión de tiempo -del lector- y de espacio, no podré dedicar un reconocimiento a cada una de las compañeras de Mitre. Pero créanme que de todas me llevo un lindo recuerdo y un rasgo destacable de su personalidad. Desde la más extrovertida hasta la de pocas palabras. Desde la que más minutos tenía en cancha hasta la que quizá no tenía oportunidad de ingresar a jugar pero alentaba desde el banco. Observé actitudes y reacciones muy buenas.
Argentinas y paraguayas unidas y jugando juntas. Lo lindo del deporte
¡Y aprendí a tomar MATE! Quienes me conocen bien saben que JAMÁS tomo mate, pero me intrigaba que el 100% del equipo sí o sí lo hacía, entonces por una cuestión de influencia grupal yo también quise, jaja. Me resultó amaaaargo y lentísimo tomaba porque me quemaba la lengua, pero después le agarré la onda 🙂 ¿Tomaría un mate de vuelta? Eeeeeeh, sólo en Posadas, jaja.
Bueno, todo viaje tiene su tiempo de relax. El Posadas Plaza Shopping, ubicado en una esquina céntrica, fue una opción. Recorrer cada cuadra del centro también fue catársico. La arquitectura de las plazas y las iglesias es muy interesante, la zona de la costanera es como la más moderna, y los cafecitos son de lo más coqueto [ideales para una pausa en el día]. No tuve tiempo para leer, lo cual es rarísimo, pero haciendo honor al post «¿Leer personas?», estuve leyendo bastaaaaaaaante, if you know what I mean.
En lo que respecta a la tradición basquetbolística de Posadas, diría que es bastante fuerte y la gente recurre a la cancha. A Mitre le fue bien en el torneo. Creo que, para no haber jugado antes con ellas, pudimos entendernos en la cancha y ganar así los partidos. Llegamos hasta la final, donde lastimosamente perdimos. Los minutos finales dejamos hasta la última gota de sudor en la cancha y marcamos presionando cada centímetro. Logramos acortar distancia, pero el tiempo nos jugó en contra. De todas maneras, les hago una confesión: siendo una olimpista ité, sentí la camiseta de Mitre. La quise honrar, quise respetar su historia y a su gente. Si les mostrase todos los moretones que me quedaron como secuelas, se asustarían, jaja. Pero, valió la pena esforzarse por un club así.
Última anécdota: cuando llegó la premiación, hubo un momento donde se homenajeó al fallecido Sr. Luis Martin [el del comienzo de esta crónica, el papá de Lore y Clau, el esposo de la señora en cuya casa nos hospedamos, el hermano de nuestro entrenador]. Fue muy emotivo y las lágrimas resultaron simplemente… incontenibles. Nunca conocí al señor, pero vi en familiares y amigos, el legado positivo de su vida. Y en el largo aplauso de la gente se notó lo mismo.
Un momento muy emocionante
Espero que esto no suene arrogante, pero he viajado a lugares más «interesantes», y Posadas parecería que no puede competir frente a esto. Entonces, ¿por qué el protagonismo y el espacio aquí en el blog? Justamente porque no se trata de la demografía ni de los paisajes idílicos, no se trata de las actividades en sí, ni de la cantidad de cosas que se compran a posteriori; para mí se trata siempre de las relaciones interpersonales, de la gente a la que una conoce, de la riqueza humana que una encuentra.
Simplemente me resta decir que, si algunos de los protagonistas lee esto, sepan que les agradezco por un fin de semana «aparentemente» simple, pero que resultó, para mi sorpresa, en días inolvidables.
¿Quién no forma parte de esa circulación diaria de personas y vehículos por las calles y principales arterias de la ciudad? ¿Quién no experimentó inhalación de humo de colectivos chatarras, el paso de un motoqueiro escurridizo y veloz, las idas y venidas de peatones distraídos, de conductores de auto que bocinean al nanosegundo de haberse puesto verde el semáforo, de choferes que te pasan de largo justo cuando no ves la hora de estar en casa?
Llámese auto, moto, bici u ómnibus, todos usufructuamos un medio de transporte para llegar a nuestros lugares de rutina. Mi pregunta es: ¿qué hacemos durante ese periodo de traslación?
Hay quienes pegan su cara por el vidrio y contemplan la caótica hora pico, musicalizando ese momento gracias a sus MP3’s o celulares. Otros se echan a dormir porque su trayecto es más largo que ver «Lo que el viento se llevó»; otros nunca encuentran asiento libre en el ómnibus y se la pasan colgados, con varios vaivenes. Los que conducen auto reflexionan sobre la vida durante el rojo de los semáforos y se desestresan escuchando música o, por el contrario, se sulfuran con el tráfico y gritan de vez en tanto: «Mujeeeeeeeer tenía que seeeer» [admito que ya utilicé esa frase varias veces también, jaja]. Otros aprovechan para sintonizar una estación de AM o FM y mantenerse al día con las noticias y novedades. ¿No te suena famosa la frase: «escuché por la radio cuando me iba manejando»?
Los motoqueiros, por su parte, no pueden darse el lujo de filosofar porque siempre están maquinando por dónde inmiscuirse para quitar ventaja, pendientes de que nadie les choque y con el cerebro congelado en días de frío [casco mediante y todo]. Y afirmo esto con conocimiento de causa, como ex motoqueira, jaja.
Y ni hablar de ser peatón, es todo un desafío en estos días. Cruzar la calle implica mirar a los cuatro costados y estar listos -por las dudas- para dar un salto de gato sobre el capot de alguien.
Interesada por saber en qué piensa la gente «durante el tránsito», hice una pequeña encuesta entre amigos y me llevé gratas sorpresas. El testimonio que más me llamó la atención fue el de Alf, quien por motivos laborales debe conducir constantemente al Chaco paraguayo. Me comentó que son prácticamente 8 horas al volante. A él le da tiempo para hacer una maratón filosófica de la vida [ida y vuelta], jajaja.
La conclusión a la que llegué luego de recoger estos testimonios, es que:
Si bien puede haber una atmósfera con ciertas condiciones, cada uno puede crear su propio microclima.
¿A qué me refiero? Pese a lo que experimentemos día a día en nuestro recorrido por las calles, somos capaces de dar características distintas a las de la zona donde nos encontramos. Podemos elegir reflexionar en medio del ruido, cantar nuestro playlist favorito durante la hora pico, no bocinear todo el tiempo o proferir insultos ante cada error de conducción, no dejar que se consuman los minutos/horas como si fuesen tiempo MUERTO.
Esta sección de nuestro día debería convertirse en tiempo bien aprovechado, bien invertido. Quizá sea esa pausa cotidiana que necesitás para ordenar tus ideas, o el pequeño oasis para relajarte; o quizá sea un espacio diario para orar y ser agradecidos con Dios, de entablar una conversación con un extraño o con tu copiloto, una oportunidad para escuchar informaciones útiles o música que edifica, o un momento propicio para la evaluación.
En medio de todo, depende de nosotros crear nuestro microclima. En Arquitectura lo definen como «tener tu propio clima, distinto del clima de la zona». Así que aunque toda la zona confabule para que la «temperatura-humedad-precipitación-nubosidad-viento-presión atmosférica-vegetación-topografía» sean nocivos… siempre podemos generar «condiciones atmosféricas» muy diferentes 🙂
Se encontraban en plena escena del crimen [a lo C.S.I.], cuando Sherlock Holmes miró al Dr. Watson y le dijo «Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de la camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado. Que semejantes elementos, puestos en conjunto, no iluminen al inquisidor competente sobre el caso más difícil, resulta sin más, inconcebible».
Parecía una cátedra no premeditada sobre la ciencia de la deducción. A medida que revisaron la habitación, más consejos salieron de la boca de nuestro investigador: «Cuando un hombre escribe sobre una pared, alarga la mano, por instinto, a la altura de sus ojos», dando a entender que esta es una estrategia para deducir la altura de una persona.
Luego de varias horas, los policías se sentían impotentes ya que todavía no lograban siquiera bosquejar un perfil físico y psicológico del asesino, puesto que el mismo fue aparentemente impecable en su crimen. No dejó evidencias ni huellas tras sí. Pero, para la sorpresa de los agentes del orden y del mismo Dr. Watson, Sherlock Holmes terminó hallando numerosas pistas.
«¿Cómo hace para ver lo que nadie más ve?», se preguntaban. Sencillo: él desarrolló con el tiempo una «infinita sensibilidad para el detalle».
Entre paréntesis, les recomiendo el libro «Estudio en Escarlata», de Sir Conan Doyle, para enterarse todo sobre la historia en mención.
Bueno, continuemos con lo nuestro. Esa frase «infinita sensibilidad para el detalle» me dio vueltas la cabeza. Tantas evidencias y pistas se pasean frente a nuestras narices a diario y simplemente no las percibimos. La mirada, las manos, el contacto físico, los gestos, el silencio, la elección de la vestimenta, el tono de voz… todos son canales para conocer qué pasa dentro de alguien. Augusto Roa Bastos dijo en una entrevista:
“Todos somos libros, solamente que nos faltan lectores.”
Necesitamos prestar atención a las personas que nos rodean. Hay que ser lectores de humanos, hojear cada página. Dios nos libre del desinterés. No hay peor trato para el ser humano que pasarlos por alto, como si fuesen invisibles e intocables. El psicólogo W. James escribió:
Si quisiéramos castigar muy severamente a alguien no podríamos pensar nada peor que, si fuera físicamente posible, dejarle frecuentar libremente la sociedad sin que nadie le hiciese caso. Si al entrar en cualquier parte nadie jamás volviera la cabeza, si nadie contestara nunca a sus preguntas, si nadie prestara atención a su conducta, si todo el mundo lo tratara como si sólo fuese aire y se condujeran con él o ella como si no existiese. Enseguida se levantaría rápidamente en su alma una cólera y una desesperación impotentes, ante las que quedarían pálidos los más crueles martirios corporales.
Quizá este ejemplo sea extremo, pero ocurre. Hay personas que pasan desapercibidas, nadie les presta atención, nadie las lee. Y eso les duele. Hay que contrarrestar este pesar considerándolas, dándoles tu tiempo, aplaudiéndolas, respetándolas, reconociéndolas en los pasillos, invitándolas a ser parte. Deberíamos comportarnos más sherlockholmesmente. Ya saben, con «infinita sensibilidad para el detalle».
Llega el 30 de julio y las compañías de telefonía celular por poco no colapsan por el tráfico de comunicación, las redes sociales revientan de mensajes, los peluches están más en auge que nunca, las estanterías de tarjetas de Village People™ se vacían, el humo de los asados serpentea por doquier y cuesta conseguir mesa grupal en un café. ¿La razón? EL DÍA DE LA AMISTAD.
Dentro de esas 24 horas, a todos los que se cruzan por nuestro camino les decimos «¡Felicidades!». Por una parte, como signo de cortesía, por otra, por las ganas de esparcir la alegría de la fecha. Pero, si lo pensamos bien, sólo podemos decir realmente «Feliz día» no a una masa de gente, sino a una pequeña manada, a un selecto grupo cercano al corazón. Y les demostraré por qué.
Los verdaderos amigos hieren con la verdad, para no destruirse con las mentiras.
Los verdaderos amigos no evaden los funerales, aunque eso les genere incomodidad y nerviosismo [¿a quién le gusta ver un ataúd y gente llorando por una pérdida irreparable, oler formol durante el velatorio, quedarse en blanco a la hora de dar las condolencias o seguir a la carroza fúnebre? Pese a todo, ellos están].
Los verdaderos amigos no andan ventilando por ahí lo que se contó en confianza. Son un cofre con candado.
Los verdaderos amigos pueden encontrarse a 1000 kilómetros de distancia pero permanecer tan cerca, cuando que hay otras personas literalmente al lado de nosotros, pero increíblemente distantes.
Los verdaderos amigos te aprecian, incluso en esos días de pire vai donde ni vos mismo/a te aguantás.
Los verdaderos amigos son tus primeros fans. Antes que nadie crea en tu talento, ellos lo hacen.
Los verdaderos amigos no te usan para sus fines personales, ni se acercan por interés. Ellos te aceptan completito/a como sos.
Los verdaderos amigos tienen un detector de estados de ánimo, ellos saben cómo te sentís tan sólo observando tus gestos. Disimular funciona con todos, menos con ellos.
Los verdaderos amigos generan que le digas a menudo a Dios «Gracias por esta amistad».
Los verdaderos amigos no se sienten amenazados por tus logros; al contrario, desechan toda envidia y hacen que tu alegría se potencie al máximo.
Los verdaderos amigos te estrechan una mano, incluso en momentos en los que no te lo merecés.
Los verdaderos amigos perdonan y piden perdón.
Los verdaderos amigos no apañan tus errores, pero te ayudan a enmendarlos.
Los verdaderos amigos son un blindaje de protección [al +puro estilo PROSEGUR] cuando la gente habla mal de vos sin fundamento.
Los verdaderos amigos no piden nada a cambio de su amistad, sólo mantenimiento [eso significa que te extrañan y quieren hablar contigo]
Los verdaderos amigos saben de memoria dónde se encuentran los tenedores y los platos en tu cocina, jajaja. Y saben usar tu microondas.
Los verdaderos amigos no ganan concursos de popularidad contigo, no tienen miedo de contradecirte con respeto, no suprimen su personalidad por temor a que no te «caiga bien» lo que dirán. Son genuinos, por eso los amamos.
Los verdaderos amigos son accesibles. Sabés que podés llamarlos en caso de urgencia y a cualquier hora.
Los verdaderos amigos te arriman el hombro, así de sencillo.
Los verdaderos amigos saben quitarte una carcajada mejor que nadie.
Los verdaderos amigos saben exactamente qué decirte para que se te humedezcan los ojos.
Los verdaderos amigos perduran en el tiempo.
Los verdaderos amigos son aquellos hermanos -sin parentezco ni sangre- que elegimos tener en la vida.
Pensándolo bien, en la frase: «Los verdaderos amigos», verdaderos redunda. Pero adrede hice hincapié en la veracidad ya que últimamente cualquiera ya es «nuestro amigo». Si no me lo creen, tan sólo miren la cantidad de «amigos» que tienen en Facebook, Orkut y derivados. Piénsenlo bien: ¿son todos tus amigos?
El escritor argentino José Narosky le da «en el clavo» cuando expresa:
Tengo pocos amigos, ¡pero cuánta amistad tengo!
Que esta semana aprovechemos para esparcir la felicidad a todos, pero en especial honremos a esos verdaderos amigos, a esos hermanos por elección.
«Nadie te recordará por tus pensamientos secretos», escribió una vez Gabriel García Márquez. Y continúa «si supieras que estos son los últimos minutos que te veo diría ‘te quiero’ y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes». Parecen palabras clichés, ¿no?
Aunque analizándolo un poco más, son ciertas. Todos somos dueños de conversaciones pendientes, cuidadosamente reservadas por dentro. Son pendientes porque siempre están «por resolverse o terminarse», sin éxito alguno. Nos acostumbramos a archivarlas con la etiqueta de «Mañana» o «Algún día».
Son como olas que vuelven y vuelven, son pequeños noc’s noc’s en la puerta de la conciencia. Son huéspedes «tercos» que se rehúsan a hacer su check out. Conversaciones pendientes, las hemos recreado en la cabeza, con cientos de matices; hasta les hemos designado una banda sonora al escuchar una canción que calza al dedillo.
Las conversaciones pendientes se gestan cuando nos mordemos la lengua, cuando dejamos pasar la oportunidad. Son en microexpresiones: El «gracias» nunca verbalizado. El «te amo» puesto en mute. El «perdoname» guardado por la vergüenza. El «te extraño» reprimido.
Las conversaciones pendientes seguirán adentro, camuflajeadas en la superficie con sonrisas de fachada, desvíos de miradas o aparente frialdad [cuando adentro un volcán pareciera estar al borde de la erupción]. Piden a gritos salir, hasta los ojos las delatan. Pero se callan. Se guardan. Se archivan. Por temor a exponerse, por vergüenza, por miedo a la vulnerabilidad, por timidez, por falta de tiempo, por desatención, por eternas postergaciones.
John Mayer las hizo música en «Say» [Resumen: decí lo que tengas que decir] y Lady Antebellum en «All We’d Ever Need» [Resumen: nadie lo sabe, a excepción de mí].
Mi consejo: no cargues con tantos pronunciamientos y palabras calladas. No esperes a que una crisis sobrevenga, no esperes hasta que esa persona viaje al otro lado del mundo, no esperes a que de la vereda de enfrente se tome la iniciativa, no esperes a estar en el pasillo de un sanatorio.
A las conversaciones pendientes hay que ventilarlas, hay que dejarlas salir, hay que tenerlas de una vez por todas. Porque cuando son finalmente liberadas, también nos liberan a nosotros. Y aunque los resultados pudieran no ser los que esperábamos, hay que arriesgarse. Conozco casos de padres reconciliados con sus hijos, el mejor amigo que se le declaró a la mejor amiga y terminaron casados, hermanos que se han perdonado años de hostilidad y amistades que se han restaurado.
Así que, convirtamos a las conversaciones pendientes en conversaciones pendientes.
El otro día vi la película Decisiones extremas, protagonizada por Brendan Fraser, Harrison Ford y Keri Russell. Es un drama basado en una historia real (de mis preferidos), que narra el calvario de un padre y una madre en busca de una cura a la enfermedad de Pompe, que sufren sus dos hijos menores. Se trata de una enfermedad incurable y que permite vivir máximo hasta los 9 años, no sin antes dejar totalmente paralítico a quien la padece.
El padre, un ejecutivo exitoso a punto de llegar a la cúspide del organigrama en su empresa, abandona su carrera profesional y se aboca a la única esperanza que ve para sanar a sus pequeños: un estudio vanguardista donde un científico asegura haber descubierto las enzimas que permitirán la cura a los enfermos de Pompe.
Parece fácil la solución, pero aparte del carácter tosco y casi intratable del científico el otro impedimento que se presenta es que el precio de fabricación para bajar «la teoría a la realidad» cuesta 10 millones de dólares. Allí la película plantea la encrucijada: ¿podrán los padres juntar (en una carrera contra el tiempo) los fondos que se requieren, convencer al científico y lograr así dar esperanza a sus hijos, sabiendo que el fracaso representa nada más y nada menos que la muerte de ellos? Les dejo con la duda. Vean la película.
Mi planteamiento es: ¿con qué actitud enfrentar lo inevitable? ¿Cómo aceptar lo que científicamente ya te confirmaron que ocurrirá?, ¿cómo bajar la cabeza frente a un pronóstico tan desalentador? ¿Cómo se combate la impotencia de ver a tu ser querido sufrir frente a tus ojos? ¿Cuál es la reacción? ¿Luchar hasta lo último, sin tregua? ¿Resignarse, bajar los brazos para abrazar hasta que llegue el último suspiro? ¿Qué se hace? ¿Hay algo escrito al respecto? ¿Alguien te da una cátedra sobre cómo aceptar «sabiamente» enfermedades terminales en tus familiares?
Si hay una palabra que describe el proceso es… DIFÍCIL. Y nadie lo entiende hasta que pasa por lo mismo. «Fuerza», te dicen. Y, es con buena intención, pero no alcanza. Porque lo único que puede quitarte la tristeza es esa medicina milagrosa. Pero no existe. Porque «lo que tiene su pariente es irreversible», te dice el médico.
Hace unos años tuve la oportunidad de viajar becada a Bariloche para un curso de periodismo científico. Una de las tareas asignadas fue redactar una nota sobre algún emprendimiento/descubrimiento en el área de la ciencia que pudiese repercutir para bien en la sociedad. Rodeada de prestigiosos periodistas con amplia trayectoria, ahí estaba yo, la más joven del grupo (por ende la menos ducha en el tema), mordiendo mi lápiz y «carburando a leña» para escribir sobre algo relevante.
No se me ocurría nada. Así que me acerqué a uno de los tutores del curso y le pregunté sobre qué podía escribir. Me citó una serie de cosas interesantes, pero una en especial se llevó toda mi atención y fue como un chasquido de dedos: un grupo de científicos estaba trabajando en la cura para el Alzheimer y aparentemente habían logrado avances. Para los que no lo sepan, el Alzheimer, más conocido como demencia senil, se caracteriza por la pérdida de la memoria y el deterioro cognitivo. En otras palabras, las neuronas se mueren y distintas zonas del cerebro se atrofian. Desde el diagnóstico, te estiman 10 años de vida. Y aunque hay fármacos que ayudan a paliar los efectos, tarde o temprano, sólo retrasan lo inevitable: llegará un día donde tu familiar ya no te reconocerá (eso es muy duro), ya no hablará e incluso ya no podrá levantarse de la cama.
Así que, casi sin poder contener la felicidad le dije al tutor «Tanto que se dijo que el Alzheimer era incurable, ahora ya no lo es y sobre eso voy a escribir». Él me interrumpió, pinchando el globo de mi ingenuidad, y me dijo «Esperá, no, nooo. La cura no existe, sólo avances en investigaciones. Sigue siendo una enfermedad que…». Y no escuché lo que terminó por decirme, sólo vi que sus labios se movían. Me quedé pensando en la frase detonadora de tristeza: «La cura no existe».
¿Por qué estaba tan motivada a escribir sobre el Alzheimer y su cura? Porque desde hace 7 años, al igual que esa familia de la película, vivimos un calvario con el deterioro de la salud de mi abuela, quien ha sido transformada prácticamente en otra persona por padecer este mal.
Odio esa enfermedad con todo mi ser. Y lo peor es que cada diagnóstico apuntaba a lo mismo: esto pasará de aquí a un tiempo, luego esto, luego lo otro y finalmente…
Y fue así. Nada milagroso detuvo los síntomas. Hemos sido testigos de cosas indescriptibles, que cualquier corazón a veces no soportaría sentir ni ojos, presenciar. Como su nieta, me siento tan impotente. Pero, con mi familia rescatamos varios aprendizajes en este proceso:
Aprendimos a que mucha gente enterró a mi abuela en vida. Lo cual es injusto. Ella está viva.
Aprendimos que donde termina el esfuerzo humano, empieza el poder de Dios. Y hemos visto su intervención en cada detalle.
Aprendimos a que es mejor dar, que recibir.
Aprendimos que hay doctores y enfermeros maravillosos, que cumplen su vocación y cuyos pacientes tienen nombre, apellido y una historia, y que no son tan sólo un número en una planilla de ronda de visitas.
Aprendimos que cuando estamos desgastados por todo el peso, la responsabilidad y el desánimo… Dios te da fuerzas hasta diría sobrenaturales.
Aprendimos que los hijos deben honrar a sus padres hasta su último día.
Aprendimos que aunque tu ser querido no te reconozca, no por ello pierde su identidad. Ahí es cuando hay que amarle más que nunca, porque será cuando más lo necesite.
Aprendimos a llorar en familia, a pasar Navidad y Año Nuevo en un sanatorio, y llegada las 12 sostener la mano de la abuela con el deseo de transmitirle: estamos aquí y no nos vamos a ningún lado.
Aprendimos a jamás escatimar dinero por el bienestar de tu ser querido (aunque nadie te lo devuelva después y estés en crisis económica)
Aprendimos a estar presentes en toda ocasión, no sólo cuando hay interés de «herencia» de por medio.
Aprendimos a amar como Jesús lo haría, incondicionalmente.
Aprendimos a dar besos y abrazos, sin respuesta.
Finalmente, aprendimos a aceptar lo irreversible y lo incurable, pero con la actitud de desgastarte por tu familiar hasta que llegue el día en que tengas que verlo/verla partir. Nosotros, continuaremos dándole lo mejor a la abuela. La rodearemos de amor y atención, esperando que esta frase no se cumpla en nosotros: «Las lágrimas más amargas en un funeral son por las cosas que no se dijeron ni se hicieron… en vida».
Es el primer post explícito que hago sobre la Iglesia y el cristianismo. Antes de que los ateos, agnósticos o no-simpatizantes de este tipo de tópicos huyan con un rápido clic, les pido una oportunidad.
Me basé en esta pregunta, como columna vertebral:
Si hablas, ¿el mundo escucha?
Hay gente puro bla-blá. Hay gente carismática. Y hay gente influyente. Este tercer grupo es el que produce verdaderos efectos sobre otros, así como el imán con la aguja y la luz sobre la vegetación.
Los charlatanes dicen algo todo el tiempo, cuando los influyentes tienen algo que decir. Hay una gran diferencia allí. Los carismáticos, por su parte, tienen como ventaja la elocuencia, pero los buenos discursos y charlas motivacionales -carentes de un mensaje profundo- sólo funcionan para entretenernos… y luego irnos a casa iguales. La verdadera influencia está en que nuestro mensaje tenga la suficiente fuerza moral y espiritual para producir cambios en los destinatarios.
¿Dónde se halla ese poder, ese valimiento, esa autoridad para que otros nos presten atención? Está en nuestro ejemplo, que repercute en nuestra credibilidad, que a la vez nos permite comunicarnos con sabiduría y verdad para influenciar en otros. Soy enfática: en nuestro ejemplo.
En su libro La iglesia emergente, Dan Kimball dice que predicar en la cultura actual “…tiene que ver con nuestros corazones, matrimonios, soltería, familias, amigos, creatividad, discurso, actitudes, cuerpos, acciones, bromas, susurros, gritos, miradas, secretos, pensamientos y sí, nuestros sermones también”. En otras palabras, nuestra vida en sí es una predicación y nuestro cristianismo es transversal [atraviesa cada área].
Me duele escuchar que la gente no quiere ser parte de la Iglesia por culpa de la hipocresía que ven en los miembros de la misma. “No viven lo que predican”, es el reclamo, por ende no nos quieren escuchar. No obstante, tomémoslo como un dato revelador: el mundo pide a gritos AUTENTICIDAD y COHERENCIA. Pide que encarnemos lo que predicamos.
Jesús vino a la Tierra a enseñarnos, apoyado en sus acciones concretas. En ningún momento él suavizó su mensaje ni quiso ganar un concurso de popularidad con las doctrinas de turno. Él fue auténtico, confrontó la mentira y defendió la verdad. A sus discípulos desafió a que continuasen el proceso: “Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo…” [Juan 13:15, NVI].
En la Modernidad bastaba con hablar bien y fuerte para que la gente “pare el oído”, pero el paradigma cambió. Tu influencia será impactante sólo en la medida en que ejemplifiques tu mensaje y seas genuino. Me fascina lo que Brian McLaren escribe en su libro Más preparado de lo que te imaginas. Él dice que la influencia vigente ya no proviene de los discursos amenazantes o de los largos monólogos, sino de hacer discípulos a través de la conversación, de la amistad, de la influencia, de la invitación, de la compañía.
La gente quiere saber qué hay detrás de tus lindas palabras, busca dar un vistazo a los entretelones de tu vida. Busca experiencia, busca aval, busca empatía, busca “tu carne y hueso”, busca antecedentes, busca autoridad. Y si encuentran este respaldo, te oirán, te leerán, y por ende, te seguirán.
Por supuesto, no en todos surtirá el mismo efecto. La parábola del Sembrador en Lucas 8, dice que hay palabras que caen junto al camino, sobre la piedra y sobre espinos. Pero, aquí está la gran victoria: “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia” [Lucas 8:15]. Podemos ser canalizadores de la Palabra de Dios, que inspire a otros mejorar, cambiar, perseverar.
Eclesiastés 12:11 dice algo muy interesante: “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones…” Esto significa que nuestro mensaje tiene doble propósito: ser aguijones para movilizar, para despertar de un letargo, para motivar a que se siga adelante, para estimular el progreso moral y espiritual. Y en otros momentos su propósito es ser como clavos, para sostener, para fijar algo, para plantar y echar raíces de convicción.
Finalmente, mi pregunta para la autoevaluación es: ¿el mundo, nos está escuchando?
* Publicado en la sección «La arena del liderazgo» de la revista Somosuno, edición julio-agosto.